El defensor de Pedro Salinas

El defensor de Pedro Salinas

    Aunque la voz más conocida de Pedro Salinas sea la del poeta amoroso, autor del inmortal ciclo compuesto por La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento, dejando a un lado su faceta menos conocida de novelista ―con La bomba increíble―, no dejan de ser aportaciones interesantes y relevantes en el campo de la crítica literaria sus incursiones en el género ensayístico, una labor que ha dado como resultado los dos libros monumentales Jorge Manrique o tradición y originalidad y La poesía de Rubén Darío. También bajo la forma del ensayo, un cauce que Juan Marichal no dudará en describir hablando de Salinas como «cortada a su medida», el poeta madrileño recoge bajo un mismo título, El defensor, varios temas que quedan reflejados en el subtítulo: Elogio y vindicación de la correspondencia epistolar, de la lectura, las minorías literarias, los viejos analfabetos y el lenguaje. A pesar de que pueda parecer un libro heterogéneo a primera vista un tono muy parecido al de Todo más claro da unidad al conjunto, la preocupación por la progresiva maquinización de la vida, «por el riesgo en que se ven hoy día algunas formas tradicionales de la vida del espíritu», en palabras del propio Salinas.

   Lo que lleva a Salinas a defender la correspondencia es la conciencia de la carta como una especie de espejo que da el reflejo del que la escribe; es decir, un método de introspección, como una forma del ser humano para conocerse mejor a sí mismo a través del lenguaje. Y no sólo por lo que se dice y por cómo se dice, sino incluso por la letra a través de la cual se dice; porque existe en Salinas la seguridad de que la letra es una «forma cristalizada de ademán, un prisma que refleja muchas luces interiores de la persona» ―de ahí la superioridad de la mano a la máquina de escribir―. Partiendo de estos presupuestos, su defensa epistolar comienza con una especie de historia de la correspondencia, cuya aparición, hace cuatro mil años en la antigua Babilonia, es comparada en un alarde de entusiasmo con el descubrimiento de la rueda. Este recorrido va desde el monopolio masculino y eclesiástico de la Edad Media hasta la democratización del correo en el siglo XIX con la disminución del analfabetismo y la creación del sello postal. En este recorrido se pueden distinguir dos tipos de cartas, públicas y privadas, según la intención con que fueron escritas ―y teniendo en cuenta que una carta privada puede acabar convirtiéndose en pública―.

   En ese terreno resbaladizo entre la privacidad y la no privacidad hay que considerar detenidamente las relaciones entre la literatura y el género puramente epistolar. Cuando la carta pierde su carácter privado, cuando tiene una intención claramente literaria, es como si perdiera parte de su esencia para convertirse en un producto distinto. Según Salinas, «literatura, los sentimientos exhibidos indiferentemente, delante de todos. Correspondencia, un sentir íntimo, participado por uno o unos pocos, los que quiera el autor. Aquélla, lo impúdico», ésta, lo pudoroso». Precisamente en este pudor del que habla Salinas demuestra cierto machismo de época, la consideración de que esa tendencia a la intimidad es un «rasgo psicológicamente femenino», una tesis que argumenta aportando conocidos casos de autoras de epistolarios desde la Edad Media.

    Dejando a un lado la correspondencia, un tema en el que Salinas deja entrever unas ideas más tradicionales, las reflexiones que hace sobre la lectura son de lo más brillante del conjunto. Partiendo de una cita de Marginalia de Edgar Allan Poe, en la que el poeta se lamenta de la apabullante multiplicación de los libros en todas las ramas del conocimiento, Salinas se pregunta cómo es posible que un ser humano normal pueda leer tantos libros en el corto tiempo de de que dispone en una vida. No se trata de un pensamiento novedoso, según se confirma con la máxima latina del ars longa vita brevis, pero adquiere nuevas dimensiones para el hombre contemporáneo, inmerso en una sociedad que está saturada de informaciones. Dejando a un lado que hoy en día se escriben más libros que en cualquier época pasada ―gracias a las mejoras en el mundo editorial―, el hombre es más consciente que nunca de la cantidad de libros que se publican. Lo que hay que tener claro, antes que enfrentarse al problema de lleno, es que el hombre que se da por vencido antes de empezar, aquel que afirma no tener tiempo para leer, no es tiempo de lo que no dispone, sino de ganas. Leer es una actividad que una función muy variable, que va desde la tediosa instrucción al mero pasatiempo.

   Las alternativas que Salinas baraja para vencer a ese monstruo gigantesco en que se convierte el libro ―por la vastedad de sus dimensiones ante lo minúsculo de la vida― son en su mayor parte defectuosas por unos u otros motivos. Aumentar la velocidad de lectura, por ejemplo, olvida que el verdadero tiempo de lectura es muy variable dependiendo de un conjunto de circunstancias que no son medibles ―el lector, el autor, el tema, las circunstancias de espacio y tiempo, etc.―. Aunque la solución más peculiar es la de resumir los libros, una idea que parodia Hemingway con el Quijote, olvidando de esa manera que son algo más que meros portadores de argumentos, que la literatura se obtiene a partir de la unión indivisible entre forma y contenido, una unión que no puede verse reducida a mero contenido. Una versión de estos resúmenes, algo que ya no parece tan descabellado, serían las reseñas que aparecen por doquier, sobre todo en revistas especializadas. El problema no está en la reseña en sí sino en como se utilice: no debe sustituir en ningún caso al libro, antes debe ser una invitación a la lectura o al descarte. El problema que se deriva del enjuiciamiento de los libros en las reseñas fue ya señalado por Virgina Woolf, que parte de criterios a veces demasiado personales a veces demasiado comerciales: una misma obra puede ser valorada muy positiva y muy negativamente al mismo tiempo, lo que «confunde al lector y le desmoraliza» según Salinas.

   La solución pasa por cambiar radicalmente la concepción que se tiene de la lectura en la época actual. Lo importante no es tanto la cantidad como la calidad de lo que se lee. Si como dijo Quevedo, han de ser «pocos, pero doctos libros juntos», es preferible recurrir a los clásicos, que han sobrevivido al examen de los siglos, antes que a las últimas novedades, por mucho que descartar este tipo de lecturas suponga no estar al día. Salinas hace un retrato bastante certero de aquellos que se empeñan en leer todas las novedades: «Se ha colado tan sutilmente por todos los resquicios de nuestra sociedad la idea de la moda, y de lo obligatorio de sus mandatos, que lo que quieren leer el mayor número de gentes es el libro de moda, para poder hacer buen papel en sociedad y denotar a las claras que se es moderno». El problema, no podía ser otro, es el de elaborar una lista de clásicos, de libros que merecen ser leídos, que deben pasar a formar parte del canon, en definitiva. Salinas entiende la elaboración de un canon como «el viaje planeado de una vuelta al mundo», con su itinerario y sus señalizaciones ―lo que supone el ahorro de trabajo―. A este ataque contra la noción del canon se une un aspecto del que peca Harold Bloom ―el gran defensor del canon― en su libro El canon occidental: la importancia absoluta de la literatura inglesa por encima de las literaturas de otros países, incluyendo la española, y la ausencia de géneros como la poesía y el ensayo en comparación con la novela. Además de la dificultad para definir el concepto de clásico, una noción que debe ser fluida y viva, Salinas señala la dificultad del canon para cubrir las necesidades de cada lector, atendiendo a tres parámetros: nacionalidad, edad y sexo. De esta manera, el canon tendría que particularizarse tanto que habría que hablar de un canon distinto para cada individuo.

   La única solución que cabe para Salinas parte de admitir la imposibilidad de leerlo todo y la necesidad de seleccionar, de elegir y de dejar a un lado lecturas. El canon, antes que punto de partida, debe convertirse en destino final del viaje. Algunos de los aspectos que se deben tener en cuenta son la educación y la creación de un espacio de lectura personalizado, un ámbito en el que juegan un papel fundamental el silencio, la soledad e incluso la luz. Del triunfo o fracaso de todos estos factores dependerá la división que hace Salinas, citada de forma reiterada, entre leedores ―la inmensa mayoría― y lectores ―los verdaderos―.

   Otro de los puntos claves de El defensor es el elogio que Salinas hace de las minorías literarias. Su defensa de las minorías comienza con la distinción de Van Wyck Brooks entre literatura primaria ―la superior por volver su cara a la vida― y literatura de minorías ―la que Salinas defiende―. Los términos de esta división, empero, están llenos de ambigüedad y de indeterminación. Van Wyck Brooks utiliza una serie de características enumeradas por Bouvier: «Sus obras van en contra de una santa tradición nacional; son inmorales; son oscuras, bárbaras, ininteligibles; lo que sus autores quieren es llamar la atención con sus excentricidades». A estas características Van Wyck Brooks añade que «no expresan a su época, carecen del sentido de época». La situación del escritor es infinitamente más compleja que la enunciada por Van Wyck Brooks, en él existe la lucha de una dualidad entre la mayoría y la minoría, algo así como el enfrentamiento entre la necesidad de ser entendido por todos y de utilizar un lenguaje alejado del común. Precisamente a la descripción de esa tierra de nadie dedica Luis García Montero su ensayo Los dueños del vacío. La descalificación que Salinas hace de Van Wyck Brooks merece pasar a la historia de las falacias del criterio estético: «Por una extensión del principio político de que todos los hombres son iguales al nacer, se sostiene que todos los hombres son iguales en su capacidad de pronunciar un juicio sobre la Divina Comedia o las novelas de Sherlock Holmes, treinta o cuarenta años después de nacer».

   A raíz de esa defensa de las minorías Salinas se plantea el nacimiento del bestseller ―ya mencionado en mi artículo «Morfología del bestseller»― a partir del siglo XIX, con la mejora en la difusión del libro, en la educación y en el periodismo. Con el bestseller el valor cuantitativo cobra importancia por encima del cualitativo: el libro pasa a entenderse como una mercancía, como un objeto de mercado, llegando a la conclusión de que «el libro que más se vende es el mejor». El procedimiento de valor, descrito por Salinas, es el siguiente: «Se lanza al mercado la novela X. Y se espera. No mucho. A los pocos días empiezan a llegar a la casa editorial las notas de venta de las librerías. Se suman. Y de la relación entre los resultados y el número de días públicos que tenga el libro se alza radiante, con seguridad solar, el juicio sobre el libro». De esta forma se sustituye la labor que antes era acometida por una minoría especializada por la dictadura de una mayoría no especializada. La función de la minoría es la de preservar la cultura, las ideas, los movimientos artísticos, como ocurre en la antigüedad clásica, en la Edad Media, en las cortes provenzales, en el humanismo o en los salones franceses del siglo XVIII. Como reconoce Dewey, las ideas valiosas nacen de las minorías ―aunque sea de uno― para pasar a la mayoría.

   En la última parte de El defensor, en el elogio a los viejos analfabetos y al lenguaje, Salinas ofrece dos puntos de vista distintos sobre la educación. En su defensa de los viejos analfabetos Salinas distingue entre el clásico, el que no sabe leer, y lo que él llama el neoanalfabeto, es decir, un «analfabeto que sabe leer». Como producto de la educación moderna, el neoanalfabeto es un individuo que aparece como hombre de acción, práctico, confiado en el progreso y en la técnica. Aún cabe distinguir a los neoanalfabetos parciales, que son aquellos que, eligiendo el camino de la especialización, se niegan a leer cualquier cosa que esté fuera de su reducido ámbito de conocimiento. Dentro del sistema educativo, la lucha contra el analfabetismo debe ser algo más que la reducción del número de personas que no saben leer y escribir, antes bien, debe cobrar una nueva dimensión al tener en cuenta la existencia de estos neoanalfabetos.

   Por otra parte, en la defensa del lenguaje Salinas, tras una reflexión bastante abstracta y teórica sobre las relaciones entre el lenguaje y el ser humano y entre el lenguaje y el pensamiento, defiende la necesidad de que todo país adopte una política del lenguaje, basada en tres líneas de acción: la aceptación de una norma lingüística, la educación lingüística basada en autores clásicos y la rehabilitación y dignificación del teatro. Porque en definitiva, «no habrá ser humano completo, es decir, que se conozca y se dé a conocer, sin un grado avanzado de posesión de su lengua. Porque el individuo se posee a sí mismo, se conoce, expresando lo que lleva dentro, y esa expresión sólo se cumple por medio del lenguaje».

   Es posible que El defensor tenga fragmentos que no hayan envejecido tan bien como la poesía amorosa de Salinas, pero lo que llama ante todo la atención de este conjunto de ensayos no es su carácter específico y científico sino su amor sincero y apasionado hacia todo lo que defiende, hacia el lenguaje en general, y hacia sus vertientes, ya sea la lectura, la escritura de correspondencia o las minorías literarias. Lo que de verdad hace valiosos estos textos es que Salinas hable más desde el corazón que desde la razón. Y precisamente por eso sorprende cuánta razón puede llegar a tener en sus reflexiones.

   Este libro es una carta de póker

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