El alquimista de Paulo Coelho

El alquimista de Paulo Coelho

    Las circunstancias ─prefiero no hablar ni de azar ni de destino en este caso─ han propiciado que un libro hacia el que no sentía el más mínimo interés y que nunca hubiera leído por propia iniciativa cayera en mis manos con un compromiso no demasiado férreo de llegar hasta la última página. Pero más que este acontecimiento ha sido la necesidad de liberarme de algunos prejuicios literarios, que hasta ahora me habían mantenido alejado de ciertos libros, el interés por abrir mi perspectiva a obras que no se han calificado necesariamente como alta literatura. El resultado de esta experiencia ha sido confirmador en cuanto a esos prejuicios, en una lectura que tiene mucho de personal, muy poco de objetiva.

   Esos prejuicios se centran en la literatura de autoayuda, una combinación de dos términos que constituyen un concepto tan certero como el de «literatura científica». Y precisamente dentro del género de autoayuda El alquimista de Paulo Coelho es la estrella que brilla con luz propia, ese libro que todo el mundo parece haber leído y del que todos hablan, esa referencia constante que parece haber alumbrado el camino de no pocas personas desorientadas. Parece que por fuerza una obra de la que se dicen tantas y tan admirables palabras debiera ser una especie de panacea bibliófila con respuestas a múltiples incógnitas. Tras su lectura, sin embargo, puro humo. Tras el humo me pareció vislumbrar algo en determinados momentos, para finalmente darme cuenta que detrás del humo había más humo y detrás nada. Palabras bonitas, muchas de ellas con mayúsculas, como si las mayúsculas hicieran que una palabra fuera más importante o más llamativa, algo así como lo que se hace con los nombres propios o como hacen algunas personas con la palabra «Dios». Y detrás de estos mayúsculos humo. Están vacíos. No quieren decir nada. Sólo fachada.

   La historia sigue el esquema de una especie de parábola bíblica, que por supuesto no está a la altura de las originales, porque pronto se malogra al llenarse de un lenguaje farragoso y símbolos burdos que van contra la propia filosofía del género. No es que sea un libro complicado, pero la base de una parábola debería ser transmitir a través de la sencillez material lo profundo trascendental. En El alquimista lo trascendental, lo simbólico, aflora a la primera de cambio, y a medida que la historia va avanzando cada vez se pierde más la conexión con la realidad.

   La estructura narrativa es tan sencilla que recuerda a los cuentos tradicionales, hasta tal punto que es posible aplicar sin ningún tipo de problemas el sistema de funciones de Propp. Los personajes no son entidades creíbles, carecen por completo de psicología ─quizá a excepción del protagonista, en quien sí es evidente una evolución─, ya que su valor les viene más que por su propia existencia por su función dentro de la historia. Se trata de personajes-tipo cuya aparición no es casual o arbitraria, sino completamente medida, con una entidad simbólica y alegórica que habría que interpretar más bien como pulsaciones o tendencias desencadenadas en el interior de cualquier ser humano.

   En este sentido, el protagonista es un joven pastor, cuya figura se intenta conectar con la de Jesucristo. Este pastor, de nombre Santiago ─nueva referencia bíblica─ es una evidente metáfora del «homo viator» de origen medieval. Santiago ha renunciado a la seguridad de una vida eclesiástica para dedicarse a aquello que su corazón le indica: ser pastor. Como tal, no tiene conexiones con el mundo, puede ir de aquí para allá, sin necesidad de establecer lazos afectivos con lugares o personas, aprendiendo del mundo. Su camino, sin embargo, no está aún trazado: es errático, no tiene una finalidad ni un destino. Hasta que un sueño profético ─nueva referencia bíblica─ le revelará la existencia de un tesoro en Egipto reservado para él. A partir de este sueño su vida tiene un camino definido, un destino: llegar hasta Egipto y alcanzar su tesoro.

   El tesoro, evidentemente, no es tanto el cofre lleno de maravillas que acaba encontrando como lo que va aprendiendo a lo largo de su camino. La composición del relato sigue una estructura que también tiene mucho de medieval, porque el personaje adopta el papel de aprendiz y va pasando por distintos maestros, lo que en principio podría recordar al Lazarillo pero que en realidad parece estar más emparentado con Don Juan Manuel. En total Santiago pasa por cuatro maestros: el anciano y enigmático rey de Salem, el Mercader de Cristales, el Viajero Inglés y el gran Alquimista. Cada uno de estos maestros representa una vía de acercamiento al mundo interior. De los tres tipos de alquimistas que Coelho anuncia en el prefacio, el Viajero Inglés pertenece a los que «son imprecisos porque no saben de lo que están hablando», el Alquimista a los que «saben de lo que están hablando, pero también saben que el lenguaje de la Alquimia es un lenguaje dirigido al corazón y no a la razón» y por último, el propio Santiago pertenece a los que «jamás oyeron hablar de Alquimia pero que consiguieron, a través de sus vidas, descubrir la Piedra Filosofal»

   Se podría decir que el libro se divide en dos partes bien diferenciadas con un acontecimiento que marca la transición: Santiago es víctima de un robo en Tánger, lo que le obliga a empezar desde cero trabajando con el Mercader de Cristales. La primera parte tiende a lo estático mientras que la segunda a lo dinámico, algo que se comprueba con facilidad en los maestros de Santiago. El Viajero Inglés y el Alquimista efectúan sus enseñanzas a lo largo de viajes, que forman parte y se integran dentro de las propias enseñanzas. El rey de Salem y el Mercader de Cristales, en cambio, son maestros estáticos, que permanecen en el mismo lugar ─el Mercader de Cristales hasta el punto de admitir que nunca viajará a La Meca─, pero que tienen la capacidad de estimular el movimiento, ya que su función es que Santiago inicie o reinicie el viaje. El segundo estancamiento del joven pastor, cuando trabaja para el Mercader de Cristales, tiene diferencias significativas con respecto al primero; aunque duda de su viaje y piensa en regresar a su tierra y volver a dedicarse a ser pastor, hay una evolución en el personaje que le obliga a partir hacia Egipto.

   Hay situaciones en ambas partes que permiten establecer un paralelismo con el que se trata de construir un tiempo cíclico que no se verá completado hasta el epílogo. Así, tanto en Tánger como en el Oasis de al-Fayum Santiago consigue alcanzar la prosperidad y la madurez suficiente como para decidirse a continuar el viaje. El primer maestro y el último tienen elementos sobrenaturales, mientras que el segundo y el tercero son tremendamente humanos, llenos de frustración por no haber completado su Leyenda Personal, el primero viajando a La Meca y el segundo descubriendo los secretos de la alquimia. En el epílogo se completa el tiempo circular, cuando el lector descubre que Santiago ha vuelto al punto de partida, aunque ya no es el mismo, y además le acompaña su amada Fátima.

   El estilo del libro es sentencioso, lleno de aforismos, muchos de ellos de oscuro significado, a veces contradictorios, pero que el joven pastor no tiene el más mínimo problema en descifrar, como cuando piensa que si aprende a descifrar el lenguaje sin palabras con el que se comunica el mundo, aprenderá a descifrar el mundo, a lo que se dice a continuación crípticamente que «todo es una misma cosa» El mensaje del libro es contradictorio porque en ocasiones parece determinista ─«Todo lo que pasa tiene una causa»─ y en ocasiones parece indicar completamente lo contrario, cuando invita a todo hombre a buscar su Leyenda Personal y a tomar las decisiones que le lleven a ella: «En un determinado momento de nuestra existencia, perdemos el control de nuestras vidas, y éstas pasan a ser gobernadas por el destino. Ésta es la mayor mentira del mundo» Además, la única frase verdaderamente brillante del libro,«cuando quieres algo todo el Universo conspira para que realices tu deseo», se repite hasta la saciedad, gastándola y haciéndole perder el valor que pudiera haber tenido.

   En definitiva, un libro de filosofía barata, de autoayuda en el mal sentido de la palabra; un puñado de palabras huecas y, como decía antes, mucho humo. Un humo que seguramente contentará a más de uno ─por algo es un best seller─, pero que, aunque no lo parezca, tiene todos mis respetos. Al fin y al cabo, la literatura es una cuestión de gustos y si El alquimista aporta a alguien un pensamiento positivo entonces habrá merecido la pena, algo con lo que estoy seguro que Coelho estará de acuerdo.

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