Zombie island de David Wellington

Zombie island de David Wellington

   Uno de los fenómenos a los que cada vez nos va acostumbrando más Internet es la publicación en formato digital, normalmente en bitácoras, de novelas que finalmente alcanzan ese maravilloso status de libro impreso. Este hecho, en la literatura de zombies, lo descubrí por primera vez en Apocalipsis Z, único caso del que tengo constancia en español. Este libro ha supuesto un auténtico hito en el género, generando una considerable multitud de seguidores y de imitadores. El foro que se ha creado en torno al libro ha servido como aglomerante de toda una oleada de seguidores que además de comentar la obra se han dedicado en muchos casos a escribir historias paralelas sobre la propagación del virus por todo el mundo. Algunos de estos relatos han cogido cuerpo y se han independizando en sus propias bitácoras. La calidad que puedan tener la desconozco, pero imagino que habrá de todo, igual que en el cine de zombies.

   En Norteamérica, país de nacimiento del mito moderno del zombie, nos llevan lógicamente varios pasos por delante ―la antología The living dead que publicará próximamente Minotauro por poner un ejemplo―. Por eso, no es de extrañar que, aunque Zombie island haya nacido de la misma forma que Apocalipsis Z ―a partir de una bitácora―, la difusión que ha tenido el libro americano ha sido mucho mayor. En cualquier librería se puede encontrar fácilmente Zombie island, y su segunda parte, Zombie nation, ya está en la sección de novedades. Sin embargo, para conseguir Apocalipsis Z en librerías no especializadas en literatura fantástica normalmente hay que pedirlo de antemano. ¿Es que acaso la editorial Timunmas funciona mejor que Dolmen Editorial? ¿O tal vez sea que nos sigue cegando el dichoso prestigio de lo foráneo, sobre todo cuando proviene del otro lado del charco? Lejos de mi intención está el comparar ambos libros, creo que muy distintos en cuanto a planteamientos, estilo y finalidades.

   Sí entiendo necesaria una reflexión en cuanto a lo que ha hecho que Zombie island alcance tanto éxito como para terminar impreso en papel, cuando otras historias de zombies, quizá mejores o más bien planteadas no van más allá de la pantalla de un ordenador. La historia de Zombie island, como otras tantas, comienza en un mundo postapocalíptico que ya ha sido pasto de los zombies. Nada más comenzar Wellington plantea una paradoja sobre la que va a dar vueltas a lo largo de toda la novela, el enfrentamiento entre el viejo binomio civilización y barbarie. Es evidente que los zombies encarnan la barbarie, pero no queda tan claro que los seres humanos vivos simbolicen la civilización. El mundo para sobrevivir a la barbarie representada por los zombies ha tenido que sacrificar su concepto de la civilización. Se produce un retroceso en la Humanidad que equipara al hombre con animales guiados por la ley del más fuerte, o en palabras de Dekalb, el protagonista del libro, «habíamos vuelto a la naturaleza pura y dura». En este mundo sometido a la barbarie los países civilizados son los primeros y más rápidos en caer. En cambio, «los países inestables, los estados feudales, los remansos arcaicos, sitios en los que no te atreverías a cruzar la puerta sin un arma, donde los guardaespaldas eran los accesorios de moda; al final, esos sitios salieron mucho mejor parados».

   En este contexto decadente se sitúa el Dekalb, símbolo absoluto de la civilización y de los patrióticos valores de moralidad y de justicia norteamericanos. El trabajo que este personaje desempeñaba antes del holocausto no podía ser más simbólicamente civilizado: era un inspector de armamento de la ONU; es decir, se dedicaba a extender la civilización a países bárbaros, a través del desarme. Nada más comenzar el libro Dekalb y todo su civismo aparecen colaborando con aquello contra lo que había luchado en su anterior vida, un pequeño ejército de adolescentes soldados de Somalia. Algunas de ellas no mucho mayores que la hija de Dekalb, el ser que este personaje quiere preservar ante todo de la barbarie del mundo. Sin embargo, en un mundo de zombies es precisamente esa barbarie, el fundamentalismo y la obediencia ciega, lo que permite a Dekalb seguir con vida: «su disciplina era alentadora. En otra vida me hubiera parecido que la forma en que trabajaban juntas estas chicas era espeluznante, pero en ese momento suponía que quizá sobreviviera». La gran trama de la novela, ese paso de la civilización a la barbarie, acaba haciendo mella en Dekalb, que se dará cuenta finalmente de que sus valores han quedado caducos.

   El mismo binomio entre civilización y barbarie se plantea en el otro protagonista del libro, en Gary ―el libro se construye alternando las historias de ambos―. No creo descubrir nada, puesto que se menciona en el segundo capítulo, diciendo que Gary es un zombie. He aquí, acaso, uno de los grandes hallazgos de Wellington para el género: por primera vez se plantea la posibilidad de que exista un zombie con una inteligencia completamente humana. Gary tiene la teoría de que los zombies pierden su capacidad de raciocinio porque en el momento de la muerte, entre la parada de la respiración y la reanimación, no llega oxígeno al cerebro. Completamente acorralado, en la era de lo que él llama Homo mortis, sin opciones de escapar, las únicas vías eran unirte a ellos o servirles de alimento. Quizá Gary pudo haber luchado, como lo hace Dekalb más adelante, pero lo cierto es que opta por convertirse en zombie. Logra conservar su intelecto manteniéndose oxigenado al engancharse a una máquina de diálisis.

   Así Wellington da de lleno con un gran acierto: ofrece por primera vez ―que yo sepa― una descripción completa y detallada del mundo a través de los ojos de un zombie. Ese segundo capítulo es la narración del sorprendente descubrimiento que hace del mundo un zombie: «Apretó dos dedos contra su muñeca y no se encontró el pulso. Cerró los ojos, escuchó y se dio cuenta por primera vez de que no estaba respirando». A partir de ese momento empieza una lucha encarnizada dentro de Gary entre la civilización y la barbarie. Él confía en un primer momento en su fuerza de voluntad, parece ser guiado por las buenas intenciones y por el deseo de ayudar. Pero sus instintos de zombie no parecen ser tan controlables como él pensaba: «El hambre era inabarcable. La necesidad de comer, consumir, era asombrosa y aterradora». La batalla estaba perdida de antemano: Gary no tarda en perder lo poco que le queda de humanidad, en sentir empatía hacia los no muertos, seguramente por miedo a la soledad. Finalmente descubre que lo que hay de moralidad en él es sólo un sentimiento de inercia vacío de contenido, que matar y devorar a seres humanos vivos es lo natural para con su especie. Una degeneración moral que acaba siendo paralela a la degeneración física.

   La información que Gary proporciona sobre los zombies es de un valor incalculable para conocer la naturaleza y el origen de esta amenaza. Parece que el simple origen médico, entender la plaga como un virus o como una enfermedad, es descartable, ya que Gary habla de una especie de fuerza brillante o energía calurosa que se desprende de la carne viva y que ayuda tolerar la propia oscuridad. Además, existe una enorme red que hace que todos los zombies estén interconectados: «La cosa, la Epidemia, el desastre que devolvía los muertos a la vida los unía, los convertía en uno, como un enjambre de langostas tan espeso que tapaba el cielo como si fueran nubes». Una de las hipótesis que se baraja sobre el origen de la epidemia es la explicación mítica, basada en la sentencia de antiguos dioses, pero la verdad es que la novela no acaba explicando nada al respecto.

   Aunque David Wellington hace algunos planteamientos un poco estrafalarios en su novela, y tal vez sea por la escasez de libros que hay en el género, lo cierto es que Zombie island es uno de los (escasos) puntos de referencia que hay en literatura sobre zombies. Sin ser un libro deslumbrante me ha parecido más acertado que Guerra mundial Z, que no es decir poco teniendo en cuenta la importancia que ha adquirido este libro, calificado de best seller y del que pronto se hará una versión cinematográfica.

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