Tres metros sobre el cielo de Federico Moccia

Tres metros sobre el cielo de Federico Moccia

   En parte por curiosidad y en parte por sentido del deber y honestidad conmigo mismo afronto la lectura de Tres metros sobre el cielo con el escepticismo que produce saber que ha sido un éxito de ventas entre las adolescentes de medio mundo. Un enorme sello en la portada certifica a modo de garantía las cualidades del libro: Best seller. Y lo cierto es que como best seller funciona a la perfección, pero como novela se cae rápido de las manos: está hecho antes como un producto comercial que como uno artístico. Desde luego, la fórmula para triunfar en el género es sencillísima. Ya lo dije al hilo de Crepúsculo y me reafirmo en ello: «Un chico malo y bueno al mismo tiempo, un demonio que hace de ángel de la guarda, un ser peligroso luchando contra su naturaleza por amor; una joven frágil y delicada a la que proteger, un ser sensible, de baja autoestima, pero único. «De ese modo el león se enamoró de la oveja» Seguramente, el sueño de cualquier adolescente hecho realidad». Pero entre Crepúsculo y Tres metros sobre el cielo hay una diferencia fundamental.

   Más allá de los elementos sobrenaturales, del hecho de que Edward sea un elegante y peligroso vampiro y Step un simple cani de barrio ―y perdonen si no entienden la expresión cani, pero es que es muy de mi tierra―, la diferencia entre ambos protagonistas masculinos es que Edward es infinitamente más complejo que Step. En Edward, al menos, existe una lucha entre su naturaleza vampírica y su sentido moral de la vida, la batalla entre la bestia y el hombre, incluso el mítico encuentro entre el bien y el mal se podría decir si se quiere. La frontera que separa esos dos extremos es muy sutil: Bella está a punto varias veces de traspasarla, Edward teme que lo haga porque pretende protegerla. En Step no existe esa simbólica lucha entre el bien y el mal ni nada por el estilo.

   Sí es verdad que este personaje tiene un pasado relativamente traumático. Se habla en alguna ocasión de una felicidad y de una inocencia perdidas. En este paraíso infantil se pinta a Step como un tierno angelito incapaz de matar a una mosca, con un complejo de Edipo tan grande como una casa, completamente enamorado de su madre e ignorante a la existencia de su padre. Dos conflictos cercanos en el tiempo rompen esa idílica inocencia: una paliza cuyos motivos no se explican lleva a Step a matricularse en un gimnasio donde conoce a su pandilla y descubre que su madre tiene un amante ―al que está a un pelo de matar a golpes―, lo que produce una ruptura tajante de la relación con su madre. Por supuesto, este pasado incluye un intelecto brillante para los estudios y un rechazo total a ellos después de lo ocurrido. Un pasado, al fin y al cabo, que pretende dar al personaje un barniz de tragedia pero que se queda en mero postizo que parece describir más a un niñato con una rabieta de niñato que a un personaje maltratado por las circunstancias.

   Pero además de la simpleza, lo que diferencia a Step de Edward es algo más sustancial. Step encarna todos aquellos valores adolescentes que se querrían erradicar; no es un gamberrete simpático y descarado al estilo de Guillermo Brown, sino que es un auténtico delincuente. Prácticamente no hace nada a derechas en todo el libro: roba cuanto puede, amenaza y golpea a todo el que se pone en su camino, insulta a Babi, usa a las mujeres como objetos, chantajea a su hermano, huye de la policía, etc. En ningún momento muestra esa inteligencia de la que se ha hablado: no le interesa nada aparte de las carreras de motos, de las mujeres o del gimnasio. Es primitivo y primario. Y a pesar de todo es prácticamente un mito: adorado por todas las compañeras de Babi ―por su cuerpo, claro está―, un modelo para todos los jóvenes que quieren ser algo en la vida, alguien popular en las discotecas, conocido en todas partes, que no tiene que pagar para entrar. Una descripción bastante certera de un sector de la juventud que espero y deseo que no sea mayoría. Aunque algo habrá cuando el libro está teniendo tanto éxito.

   El amor de Babi, por otra parte, es completamente artificial. Lo único que obtiene de los encontronazos que va teniendo con Step es un buen puñado de problemas y de castigos. Ella misma, por encima del resto de compañeras, repite una y otra vez que Step es el tipo de persona que detesta. Más que de amor o de enamoramiento habría que hablar de encaprichamiento. Nada tienen en común, lo único que atrae a Babi de Step es su físico. Más adelante también se sentirá atraída por lo prohibido y lo peligroso. Amén del orgullo que significa salir con un chico como Step. Por todo ello, es un amor condenado al fracaso desde el principio. Más allá de unas cuantas escenitas románticas no tienen nada en común. Están en dos mundos completamente diferentes y ninguno puede influir al otro lo suficiente como para hacerle que cambie.

   La brusquedad con la que se empieza y se corta la relación hace que todo parezca un tanto artificial. Babi está despotricando contra Step después de la carrera de motos, pero al día siguiente siente que necesita verlo con urgencia, que necesita su presencia. Aunque el narrador esté en tercera persona se hace un uso abundante del monólogo interior, por lo que se debería haber profundizado más en el conflicto que suponía para Babi plantearse una relación como esa. En cuanto a la ruptura, todo va viento en popa hasta el último capítulo. En él, en unos pocos párrafos, se plantea de forma imprecisa el desgaste de la relación, como si Moccia hubiera querido pasar de puntillas sobre todo lo que pudiera resultar realista y poco idílico.

   La relación, aunque fallida, supone un proceso de maduración para los dos personajes, a lo que también contribuye la muerte de Pollo, el mejor amigo de Step, en una carrera de motos. En el caso de Babi es más por el hecho de crecer y volverse adulta que por haber salido con Step. Este se mantiene anclado a una especie de adolescencia ―que seguramente mantendrá por muchos años― pero se sugiere que su actitud ya no es tan violenta como al principio: no se siente cómodo con sus antiguos amigos, decide no atacar al nuevo novio de Babi o trata de reestablecer la relación con su hermano.

   Como no podía ser de otra manera en un libro dedicado a adolescentes las figuras paternas salen bastante malparadas. Los únicos padres que tienen cierta presencia en el libro son los de Babi, y no son precisamente un dechado de virtudes. Raffaella, la madre de Babi, se presenta como una especie de dictadora moderna que, incapaz del diálogo, sólo sabe resolver los problemas de sus hijas a golpe de torta ―Babi acaba dándole una lección en cuanto a valores al final del libro―. El padre, por otra parte, es un ser débil, incapaz de imponer autoridad sobre sus hijas, cuyo único deseo es escurrir el bulto de sus problemas y que es un inútil para plantar cara a Step. La solución más habitual es el castigo, pero tienen la poca coherencia de dejar a sus hijas todas las noches solas ―aún después de habérselo saltado varias veces, sobreponiendo la propia diversión al deber de padre―, lo que permite a Babi entrar y salir de casa con total libertad, incumpliendo el castigo a capricho. Los padres de otros personajes son aún peores: los de Step ignoran a su hijo, los de Pallina la dejan hacer lo que le dé la gana.

   Es normal que el libro haya triunfado: las adolescentes que se han lanzado a las librerías a comprarlo pueden sentirse fácilmente identificadas con Babi y soñarse en los brazos de Step. No creo, sin embargo, que ese ensueño, que ese deseo, aunque sea hacia lo prohibido y lo peligroso, tenga que venderse en forma de delincuencia pura y dura. No es sólo la historia del chico malo y de la chica buena que se enamoran; este chico malo encarna los valores más negativos y putrefactos de la sociedad actual. No deja de ser increíble que este libro triunfe en la sociedad actual, cuando los modelos que presenta no están demasiado alejados de la típica imagen del cavernícola arrastrando por los pelos a su hembra.

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