El quimérico inquilino de Roland Topor

El quimérico inquilino de Roland Topor

   Roland Topor es uno de esos injustamente desconocidos escritores con una obra grandiosamente desconocida. Para encuadrarlo basta saber que fundó junto con Fernando Arrabal y Alejandro Jorodowsky ―el de la espléndida Fando y Lis― un movimiento de vanguardias denominado «Grupo Pánico», volcado sobre todo en el teatro, con influencias fuertemente surrealistas y del absurdo. Hijos de la patafísica, este polifacético artista francés, ilustrador, pintor, escritor o cineasta, llegó a elaborar los decorados de Ubú rey para el teatro nacional de Chaillot en París. A pesar del interés que pueda tener la obra de Topor, su novelística ha pasado a la historia fundamentalmente por la soberbia adaptación que Roman Polanski hiciera de El quimérico inquilino en 1976.

   El argumento del que parte Topor es en principio de lo más normal: Trelkovsky es un tipo más bien mediocre con un carácter débil y complaciente que se ve obligado por las circunstancias a buscar nuevo apartamento, lo que le lleva a alquilar uno situado en la calle Pyrénées. El único inconveniente es que unos días antes la antigua inquilina, Simone Choule, se ha intentado suicidar arrojándose por la ventana. Trelkovsky irá a visitar a Simone Choule al hospital, protagonizando uno de los episodios claves de la novela, cuando la antigua inquilina, absolutamente destrozada, parece perder por completo la razón cuando grita al oír su nombre. Pocos días después morirá y Trelkovsky se trasladará al nuevo apartamento.

   La degeneración psicológica de Trelkovsky comienza al aceptar las intransigentes normas del propietario del inmueble, el señor Zy, que le prohibe terminantemente hacer cualquier tipo de ruido o subir compañía. En la fiesta de inauguración Trelkovsky violará las dos normas, comenzando así una espiral de obsesiones que desembocará irremediablemente en la locura. Poco a poco las precauciones que va tomando para no hacer ruido van dominando su vida: pronto se sentirá permanentemente vigilado, constantemente sometido a juicio por todos sus vecinos, y reprobado cuando su conducta se desvía un ápice de las normas. Esta obsesión llevará a Trelvosky a plantearse qué pensarán sus vecinos ante cada pequeño gesto y lo confinarán en su apartamento, alejándolo de forma tajante del trato humano. De alguna manera, el asco y el odio que siente hacia sus vecinos se proyectan sobre el conjunto de la raza humana, que llegará a ver a todos los que le rodean como monstruos amenazantes: «Rostros con los grandes ojos desorbitados de los sapos, rostros secos y afilados de hombres agriados, caras anchas y fofas de bebés monstruosos, cuellos de toro, narices de pez, labios leporinos. Si entornaba los ojos podía imaginar que se trataba de un solo rostro que se transformaba poco a poco. Trelkovsky se sorprendió de encontrar caras tan extrañas. Marcianos, todos eran marcianos». Finalmente él mismo se reconoce como un miembro más de ese monstruoso género.

   Se podrá definir El quimérico inquilino en pocas palabras como el camino de un hombre normal hacia el infierno de la locura. Lo sorprendente de esta trayectoria es que el lector acompaña a su protagonista casi paso a paso. Y Trelkovsky va perdiendo la cabeza de una manera tan sutil que casi se siente enloquecer con él. Las reacciones de Trelkovsky no pueden ser más verosímiles: nunca deja de tener los pies en el suelo, nunca deja de mirar a la realidad y a la cordura, trata de racionalizar todo el sinsentido de contemplan sus ojos, tal y como haría cualquiera en su lugar. Pero la lección que Topor pretende transmitir es mucho más devastadora: lo que sostiene al hombre en la cordura es un fino hilo que puede romperse en cualquier momento. El proceso que dará paso a la más absoluta demencia no tiene freno. Trelkovsky pronto empieza a intuir extrañas confabulaciones con el objetivo de destruirle. Con una mezcla de frustración y odio esta es la reacción que tiene cuando un vecino golpea su techo al caérsele un objeto al suelo y formar un pequeño estrépito: «Lleno de amargura, Trelkovsky se echó en la cama, decidido a no hacer el menor movimiento el resto de la noche para no proporcionarles el placer de un pretexto. Llamaron a la puerta. ¡Eran ellos! Trelkovsky maldijo el pánico que le invadía. Escuchaba los latidos de su corazón, que hacían ecos a los golpes que provenían de la puerta. Pero tenía que hacer algo. Una oleada de injurias e imprecaciones brotó de su boca».

   En este paso a la locura, en este descenso a los infiernos, el surrealismo juega un papel fundamental. Lo extraordinario penetra en lo cotidiano y Trelkovsky comienza a ver pequeñas cosas y sucesos extraños sin aparente importancia a su alrededor: «el inmueble era escenario de extraños fenómenos a los que dedicaba horas de observación. Trataba en vano de comprenderlos. Seguramente concedía demasiada importancia a pequeños sucesos anodinos desprovistos de significado». Pero el elemento que finalmente abre las puertas de la realidad de par en par al surrealismo es el delirio de la fiebre. Este delirio hace que la realidad se transforme, que el espacio se vuelva minúsculo, que los elementos más cotidianos se vuelvan amenazadores. Estas visiones se van acentuando con fuerza, hasta culminar prácticamente en el absurdo y el despropósito. Trelkovsky, llevado ya por la paranoia de la locura, reinterpretará la realidad, siempre desde el punto de vista de su perturbada razón. La imagen que quizá se corresponda más con la situación descrita por Topor en El quimérico inquilino es la de la parte del infierno de El jardín de las delicias del Bosco o con algunos de los cuadros de las tentaciones de San Antonio, manifestaciones del surrealismo más tenebroso.

   Uno de los elementos más importantes en esta contaminación de surrealismo por parte de la realidad es el mundo de lo onírico. La descripción de sueños es un procedimiento recurrente en la novela que contribuye a desdibujar los límites entre sueño y realidad, sobre todo por cuanto la pesadilla, que es la forma de sueño que aparece, repercute y transforma la realidad. Es habitual que cuando Trelkovsky se despierta de una pesadilla el mundo real sea tan amenazador como el del sueño. De hecho, esta importancia del sueño en la novela permite relacionar la novela con un viejo texto recogido por Borges en su Antología de la literatura fantástica, el conocido «Sueño infinito de Pao Yu», de Sueño en el aposento rojo. Este texto señala y dialoga de forma evidente con la novela de Topor.

   Además del sueño, en el «Sueño infinito de Pao Yu» aparece también el doble y el tiempo circular que permite alargar la lectura hasta el infinito. Aunque en El quimérico inquilino el doble es algo que no se plantea hasta el final, a lo largo de toda la novela está presente la reflexión sobre la propia personalidad. A medida que Trelkovsky va cediendo a la locura su carácter va cambiando radicalmente, como una especie de sacrificio para ganarse el respeto de sus vecinos: «En adelante intentó evitar a sus amigos. No quería que su presencia les disparara la imaginación. Si se mantenía a distancia, se calmaría. Ya no salía apenas. Disfrutaba de las veladas que pasaba tranquilamente en casa, sin ruido. Pensaba que serían como pruebas de buena fe para los vecinos». Esa modificación en el carácter de Trelkovsky va acompañada de una progresiva identificación con la personalidad de la antigua inquilina, su gusto por las novelas históricas, por el chocolate en lugar del café, por ir con zapatillas y bata por el apartamento. Después de aparecer una mañana maquillado como una mujer llega a la conclusión de que sus vecinos están tratando de transformarle en Simone Choule, lo que implica también su trágico final al arrojarse ―o ser arrojado― por la ventana del apartamento.

   La transformación en Simone Choule se consuma definitivamente en el último capítulo, con un final que tiene mucho del «Sueño infinito de Pao Yu». El tiempo cíclico ya había sido intuido por Trelkovsky, que llega a preguntarse desde cuándo puede estar produciéndose la misma historia en su apartamento, cuántos inquilinos más han repetido el fatal desenlace de Simone Choule. Esa circularidad del tiempo, como en la historia de Pao Yu, hace que la historia se prolongue hasta el infinito. Trelkovsky, condenado a los infiernos, a vivir una y otra vez su castigo, se relaciona con otros personajes míticos también de destino absurdo e infinito, como Tántalo o Sísifo.

   La única válvula de escape a todo este infierno es también un viejo amigo del surrealismo: el humor en su vertiente más negra. Arrabal había dicho sobre el humor en el prólogo que hace del libro que «es el puente que se tiende entre la realidad cotidiana y el sueño maravilloso, el horror y la risa, y es el lugar, totalmente libre, en el que las cosas adquieren la forma de nuestros deseos». Este humor, que recuerda al propio Arrabal o a Samuel Beckett, tiende a ridiculizar a los personajes, sobre todo al protagonista. Cae con facilidad en lo escatológico, como por ejemplo cuando Trelkovsky desea hablar con Stella tras su primer encuentro pero siente que necesita ir urgentemente al baño, o cuando va por la calle tirándose pedos a cada paso. Su objetivo no es el de suavizar la dureza de la novela sino el de dejar un sabor de boca, más amargo si cabe, en el lector.

   Como decía al principio, una obra grandiosamente desconocida. Es una pena que la obra de Topor no esté más extendida. A Arrabal se le conoce, más por aspectos ajenos a la literatura que por su propia obra, pero Topor continúa en la sombra, a pesar de que tocó todas las artes y en todas ellas supo imprimir su carácter peculiar y su sello personal. Muy recomendable El quimérico inquilino para todos los amantes del buen surrealismo y del terror psicológico. Una obra de lectura obligada, una entrada por la puerta grande a la obra de uno de los grandes genios de la literatura de la segunda mitad del siglo XX.

   Este libro es una carta de póker

Comentarios

comentarios