Tengo ganas de ti de Federico Moccia

Tengo ganas de ti de Federico Moccia

   Desde hace algún tiempo se ha venido extendiendo como plaga bíblica la romántica costumbre de sellar un amor inmortal cerrando un candado sobre un puente y arrojando la llave al agua, incluso virtualmente. Por desgracia, se ha demostrado que una vez roto el amor los candados siguen en su sitio si nadie lo remedia. La polémica está servida: en algunos casos los candados han sido incluso retirados, no porque su masificación ―y es que hasta el más tonto puede ser un romántico de toma pan y moja― sea antiestética sino porque el peso de los centenares de minúsculas estructuras metálicas han llegado a desestabilizar algún puente. Detrás de esta moda, nacido en el romano puente de Milvio, se encuentran un libro y un escritor: Tengo ganas de ti de Federico Moccia. Los editores, que rápidamente han visto el cielo abierto con este negocio, se han apresurado a denominar este atentado contra el buen gusto como «fenómeno Moccia», un término que bien puede describir el impacto que los libros de Moccia han causado en ciertos sectores de la población lectora con tendencias al sentimentalismo pueril.

   Tengo ganas de ti es la segunda parte del también exitoso Tres metros sobre el cielo. Como tal cumple con los viejos rituales de toda buena continuación: repite los elementos y esquemas que hicieron triunfar la primera parte con una pequeña variación, mínima pero sustancial para que el autor no pueda ser acusado de escribir dos veces la misma novela. Step vuelve a Roma después de una pausa de dos años en los que ha viajado a Estados Unidos para darle algún sentido a su vida, estudiar algún curso de diseño gráfico y madurar de paso. Prácticamente se ha reinventado al personaje: al regresar ya no es el Step alocado ―y casi delincuente― de Tres metros sobre el cielo. De él se podría esperar que hubiera sentado la cabeza, como efectivamente hace, pero al mismo tiempo ha adoptado un sentimiento de superioridad que le lleva a situarse por encima de todo el mundo, principalmente de su hermano, un personaje débil y sin ningún fundamento.

   Con el paso del tiempo Step se ha convertido en una auténtica leyenda en las calles de Roma, no se sabe muy bien si por los actos de vandalismo o por aquel graffiti del primer libro que rezaba «a tres metros sobre el cielo». Lo cierto es que poco le falta para tener que firmar autógrafos: le reconocen constantemente, las chicas siguen admirándole y suspirando por sus huesos, todos parecen alegrarse de que haya vuelto. Parece el retorno de un héroe de pies a cabeza antes que la vuelta de un delincuente de tres al cuarto. No deja de ser curioso este reconocimiento, una vez más en la línea Moccia.

   Babi, por otra parte, tiene un papel meramente anecdótico en el libro. También ha madurado, pero en sentido inverso al de Step. Atrás ha quedado aquel famoso discurso que le suelta a su madre al final de Tres metros sobre el cielo acerca de la hipocresía y de la autenticidad en el amor. Babi se ha convertido irremediablemente en una mala copia de su madre, con sus egoísmos y sus defectos. Una buena parte de la novela gravita en torno a la antigua Babi, al recuerdo e incluso a la esperanza; pero cuando se produce el reencuentro Step se da cuenta de que Babi no es ya la persona de la que se enamoró. Y si anecdótica es la presencia de Babi, solo fundamental en el desenlace del libro, postiza y artificial es la trama que protagoniza su familia, con novio despechado, padre burlador, madre burlada y hermana embarazada. Al respecto de esta, parece que, después de todo, el señor Moccia no podía pasar sin la moralina de este tipo de lecturas juveniles, el típico discursito de las drogas en la juventud y de los embarazos indeseados. Una historia que enlazada a modo de entremés sirve para distraer la atención de la verdadera trama central y de paso sirve para añadirle unas cuantas páginas innecesarias más al libro.

   La sustituta de Babi es una joven llamada Gin. En principio parece muchísimo más espabilada que su predecesora. La historia amorosa, más o menos, vuelve a repetirse casi palabra por palabra: comienza con una relación tensa de atracción sexual para acabar en el tradicional enamoramiento de novios formales. Los diálogos, en este caso, se llenan de suspicacias a la altura del más avispado guionista de monólogos cómicos que los convierten en verdaderos duelos de ingenio. Tanta broma ocurrente llega a cargar en muchos momentos, porque es evidente que van en detrimento de la naturalidad y de la verosimilitud. La relación, por su parte, va por los cauces lógicos y normales, como en el primer libro.

   La historia de la madre de Step, aquel despropósito absurdo de la primera parte, por fin se resuelve definitivamente. Hace falta su muerte para que Step reconozca en ella al fin a una persona de carne y hueso antes que a una especie de sacerdotisa vestal. Es necesario que Step caiga en el mismo error que su madre, que tropiece con la infidelidad, para que se dé cuenta de que hasta el ser más perfecto y maravilloso tiene derecho a equivocarse alguna vez y que cuando eso pasa debe afrontar las consecuencias antes que esconder la cabeza bajo la tierra.

   Una de las escasas novedades de este insípido libro es el punto de vista del narrador. Con un atrevimiento inaudito para este tipo de literatura, que tiende sistemáticamente a la tercera persona, Moccia ha optado por un narrador polifónico que entremezcla las voces y los puntos de vista de los personajes principales. Este cambio de narrador, además, no se produce entre capítulos, sino de un párrafo al siguiente, convirtiéndose en la novedad más interesante del libro. La necesidad, sin embargo, de mantener intacta la sorpresa final, lleva a veces al narrador, cuando Gin toma la palabra, a vaguedades e imprecisiones. Esta sorpresa se desvela, cómo no podía ser de otra forma, con el viejo procedimiento del manuscrito hallado, en este caso el diario de la protagonista femenina. Step además tiene el acierto de leer los párrafos exactos y de completar la lectura de lo necesario cuando Gin le arrebata violentamente el diario de las manos.

   Más de lo mismo con cambio de título y de nombre de la protagonista. Por otro lado, es evidente que eso es precisamente lo que demandan los lectores y lo que vende. Un libro que hará las delicias de todos aquellos que se crean lo suficientemente románticos como para cerrar un candado en un puente y arrojar la llave al agua. Y por suerte para ellos, con un final lo suficientemente abierto como para presagiar una tercera parte, porque es evidente que la historia ha nacido con vocación de trilogía o aún de saga. Es muy probable que Moccia no esté dispuesto a abandonar el filón sin haberlo explotado hasta la saciedad, algo así como lo que acaba de hacer con Perdona si te llamo amor. Aunque también es verdad que cada vez es más descarado y le importa menos que lo acusen de autoplagio: la segunda parte de Persona si te llamo amor tiene por título Perdona pero quiero casarme. ¿Cómo llamará a la tercera parte de Tengo ganas de ti? ¿A tres metros sobre el cielo tengo ganas de ti quizá?

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