Escribir es un tic de Francesco Piccolo

Escribir es un tic de Francesco Piccolo

   Dámaso Alonso describió la literatura ―y por extensión el arte― como un abismo ante el cual el crítico sólo puede acercarse al límite lo más posible para asomarse a un fondo que nunca podrá vislumbrar por completo, del que no podrá desentrañar del todo el misterio que esconde. Claro está que el método usado por Dámaso Alonso, la estilística, puramente inmanentista, no es el único camino para desvelar parcialmente, y hasta donde es posible, ese misterio. En el extremo opuesto, bastante superado pero no por ello menos valioso, el método biográfico también tiene algunas luces que aportar para alumbrar ese fondo. La vida de los artistas, de los escritores, dependiendo de cada caso, puede desvelar mucho o poco sobre su obra, y no debe ser una aproximación descartada de antemano.

   Por ejemplo, el camino biográfico emprendido por Francesco Piccolo en su librito Escribir es un tic desvela conclusiones muy acertadas sobre el arte de la escritura. El ensayo parte de la necesidad particular de investigar de primera mano qué entienden y cómo entienden los escritores su oficio, a través de sus propios testimonios, para intentar de esa forma, a partir del método imitativo, llegar a ser un verdadero escritor. Como resultado, una estructura compuesta casi por acumulación: durante años Francesco Piccolo estuvo recopilando materiales sobre los métodos empleados por los escritores que finalmente decidió unificar bajo la unidad de un libro, dotando al conjunto de la coherencia de un hilo conductor, las profundas reflexiones del propio Piccolo en cuanto a la labor del escritor se refiere. Su objetivo principal es desmitificar el oficio de escritor, liberarlo de la dictadura de la inspiración, que presenta a los autores como seres casi divinos, bohemios de vida desordenada que en un arranque de genialidad alcanzan la inmensidad de una obra de arte; antes al contrario, «presenta la escritura como un oficio comprensible, que requiere esfuerzo y constancia, igual que cualquier otro». Pero esta desmitificación es en su justa medida: no se anula la inspiración, se indica que por sí sola no es suficiente, que en todo gran escritor se produce una «combinación original de devoción sagrada y de mentalidad de empleado».

   El resultado es un libro pintoresco y entretenido, lleno de anécdotas que lejos de cansar pueden despertar el interés de lectores, de escritores y de aspirantes a escritor. Con un estilo sencillo y conciso, Piccolo va engarzando unas anécdotas con otras, en una nómina de escritores que sin ser totalizadora está lejos del nacionalismo simplista. Es cierto que los escritores italianos abundan pero no son los únicos. Quizá el fallo de Piccolo, que él mismo llega a reconocer, es la falta de criterio estético, que le lleva a incluir a escritores de un valor muy desigual. Se lamenta, por ejemplo, de haber mencionado a Isabel Allende, cuyos métodos carecen de importancia al ser una escritora que está fuera de su órbita de interés. Con la misma intención de agilizar la lectura y para evitar que la abundancia de fuentes entorpezcan la linealidad del texto, Piccolo incluye al final del libro un pequeño apéndice explicando brevemente quién es cada escritor e incluyendo la fuente de donde ha tomado la cita. Una última aportación a la frescura del libro son las ilustraciones de Anthony Garner, todo un lujo en el que caricaturiza a veintiséis escritores  haciendo que cada uno adopte la forma de la primera letra de su primer apellido ―un maravilloso juego que confirma el sentido lúdico del libro―.

   Piccolo defiende la existencia del oficio de escritor como tal, un trabajo al que se puede llegar de distintas formas ―a veces incluso para conseguir dinero―, pero cuyos comienzos suelen ser de carácter vocacional, como ocurre con Truman Capote, que desde los doce años tiene claro que desea ser escritor, sin importarle sacrificar todo lo demás para conseguirlo. Lo habitual, desde luego, es que la escritura sea un trabajo que no reporte los suficientes beneficios económicos para vivir y que los escritores se ven obligados a buscar otras fuentes de ingresos. Los ejemplos más paradigmáticos son los oficinistas Kafka y Pessoa, aunque es corriente que, seguido por el trabajo editorial, los escritores tengan como oficio secundario la enseñanza ―a pesar de Juan Marsé, que tuvo oficios poco relacionados con las letras―. Piccolo menciona a Umberto Eco y a Antonio Tabucchi, pero la lista podría ser interminable añadiendo a Antonio Machado, a Borges, a muchos miembros del grupo poético del 27, o a novelistas actuales como Luis Landero.

   La espina dorsal de Escribir es un tic es la tesis de que detrás de todo escritor existe un método particular que le permite canalizar y controlar la creatividad. Dentro de esta metodología cada escritor elabora sus horarios de creatividad ―algo muy poco inspirador― en función de responsabilidades laborales, familiares o de gustos personales. Parece ser que lo importante, más que el número de horas que se dedique a la escritura, es la fidelidad con este horario, que debe cumplirse con rigurosidad cada día, como dijo Flaubert, «trabaja pacientemente todos los días el mismo número de horas». Más allá de esto, para gustos los colores: «Dostoievski escribía día y noche, en cambio T. S. Eliot de diez a una», mientras que Paul Valéry de cuatro a siete de la mañana. El ritmo también puede ser muy distinto: de las treinta o cuarenta páginas diarias de Sartre al método de Hemingway, que también seguirá Gabriel García Márquez, de no abandonar la escritura hasta no saber cómo continuar la historia al día siguiente para evitar el pánico al papel en blanco. En lo que sí suelen coincidir los escritores es en el concepto de escritura como reescritura, que diría Flaubert. Para García Márquez «un libro no se termina, se abandona», lo que se demuestra en el hecho de que su agente literario casi tenga que quitarle sus manuscritos a la fuerza; Raymond Carver afirma que puede llegar a hacer hasta treinta redacciones de un relato.

   Dentro de los métodos que suele emplear cada escritor desempeñan un papel fundamental los rituales, que permiten interpretar el proceso de creación como una actividad enteramente personal. A veces tienen mucho de absurdo, como la manía de García Márquez de escribir con un mono de mecánico, la necesidad de Tabucchi de escribir en un tipo de cuaderno que ya no se encuentra en Italia y que le lleva a viajar hasta Lisboa para comprarlo, o el encierro de Balzac día y noche sin probar alcohol ni sexo aunque saturado de café; otras veces son ritos más comprensibles, como por ejemplo, la costumbre de Eliot de leer a su familia lo que había escrito durante el día para pedirles opinión. Desde luego, lo que da valor al rito y lo conforma como tal, es la rutina, la necesidad de repetir una y otra vez las condiciones que en el pasado propiciaron el flujo de la creatividad. Es común, como le ocurre a Marguerite Duras, que los escritores necesiten utilizar y tener presentes siempre los mismos elementos, el mismo cuarto, la misma silla, la misma mesa o la misma ventana.

   Aunque en eso del mismo cuarto hay disparidad de opiniones: hay escritores que se inspiran en el bullicio de un café y otros que necesitan la tranquilidad de su estudio. La cafetería tiene el prestigio de ser un símbolo del mundo bohemio de los años dorados de París, con Hemingway como su gran representante. Muchos son los escritores que están ya ligados para siempre a un café: Tomasi di Lampedusa, Larra, González Ruano, Gómez de la Serna o Sartre (que empezó a frecuentar por la calefacción). De hecho, a Dickens la compañía no sólo no le molesta sino que le ayuda a trabajar. En el polo opuesto Henry James y su necesidad de soledad absoluta para trabajar. También es proverbial la obsesión de Juan Ramón Jiménez, que le llevó a insonorizar las paredes de su estudio. Es posible que algunos de estos escritores caseros conviertan su hogar en verdaderos museos llenos de reliquias y objetos curiosos, como ocurre con Pío Baroja o con la casa de Isla Negra de Neruda ―y por supuesto con Gómez de la Serna―.

   Una manía en la que también se detiene Piccolo es en el instrumento principal de la escritura, ya sea pluma, máquina de escribir u ordenador. Parece que éste último ha desbancado a la máquina de escribir por su practicidad, según Piccolo esencialmente basada en la posibilidad de llevar a cabo algo hasta entonces impensable: el montaje; sin embargo, muchos escritores se resistían o se resisten a abandonar la máquina de escribir a favor del ordenador, como Don DeLillo, para quien el sonido de las teclas de una máquina de escribir tiene un carácter simbólico y mágico. También la pluma tiene su componente mágico, porque parece que conecta al creador y a su creación de forma más directa. En palabras de García Márquez, a pesar de todo gran fanático del ordenador: «Los escritores que escriben a mano, más de los que creemos, defienden su sistema aduciendo que la comunicación entre el pensamiento y la escritura es mucho más íntima, porque el hilo silencioso y continuo de la tinta hace las veces de una arteria inagotable».

   Un magnífico paseo por los entresijos más curiosos de la literatura de la mano de sus creadores. Al fin y al cabo, una lección digna de aprender, porque, como concluye Piccolo, «si quieren escribir han de saber que hace falta método: elijan uno de los que han encontrado aquí, o invéntenlo». Independientemente del método elegido hay que tener en cuenta que, con mayor o menor importancia de la inspiración, «se debe reservar a la escritura un espacio diario».

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