El viaje del elefante de José Saramago

El viaje del elefante de José Saramago

   Saramago opta en El viaje del elefante por dejar a un lado las tramas fantásticas ―cegueras fortuitas, dobles secretos o muertes enamoradas― y pasa a ficcionalizar unos hechos históricos. A medio camino, pues, entre la realidad y la fantasía, el escritor portugués consigue crear una unidad indisoluble tremendamente original en nuestros días. Muchos han sido, son y serán los escritores que manejen en sus novelas material histórico, pero Saramago consigue darle una vuelta de tuerca a una historia que está muy lejos de tener un punto de referencia en un género tan habitual, y ya tan manido, como el de la novela histórica.

   A mediados del siglo XVI Juan II, rey de Portugal, decide obsequiar a su primo, el archiduque Maximiliano III de Austria, con un elefante asiático como plan estratégico absurdo de hermanamiento entre dos países lejanos, en los que difícilmente podría darse una guerra, bien señala Saramago, por no tener nada en común. A partir de ese momento Salomón, que así se llama el elefante, emprenderá un épico viaje acompañado por su cuidador y cornaca Subhro por tierras de Portugal, Castilla, Italia y los Alpes, hasta llegar a su destino final, Viena. El ritmo de la narración se va acelerando a medida que transcurre la novela, o lo que es lo mismo, el viaje de Salomón. En Portugal la historia transcurre más lentamente, el narrador se recrea en detalles y pormenores referentes a todo lo humano y lo divino. El tramo final, el de la entrada a Austria, se resuelve en dos pinceladas que parecen dar por hecho que el elefante ha llegado a su destino.

   El viaje bien podría ser una excusa para describir cómo el universo se organiza en torno al elefante. Si hoy en día un elefante es un animal impresionante, qué duda cabe que lo sería en la Europa del siglo XVI. La descripción que hace Saramago, desde los ojos de los personajes de la época, bien podría ser el pasaje de uno de esos bestiarios medievales que describían monstruos fabulosos: «Grande, enorme, barrigudo, con una voz capaz de asustar a los menos timoratos y una trompa como no la tiene ningún otro animal de la creación, el elefante nunca podría ser producto de una imaginación, por muy fértil y propensa al riesgo que fuese». Se dice que los reyes de Portugal se sentían atraídos, pero que no se atrevieron a acercarse al elefante a menos de veinte pasos. Esa es la sensación que el elefante transmite a su paso, una mezcla de curiosidad y de miedo que no deja indiferente a nadie que lo haya visto. Durante el camino son varios los pueblos por los que la comitiva del elefante pasa, levantando en todos ellos la expectación de sus habitantes, que no pierden la oportunidad de salir a admirar al portentoso animal.

   Saramago, en una lectura algo maliciosa y muy irónica, interpreta al elefante, en boca de Subhro, como un símbolo de la naturaleza humana ―dejándolo definitivamente humanizado―. De Salomón dirá: «Creo que en la cabeza de Salomón el no querer y el no saber se confunden en una gran interrogación sobre el mundo en que lo pusieron a vivir, es más, pienso que en esa interrogación nos encontramos todos, nosotros y los elefantes». Esta visión humana de Salomón se ve reforzada en algunos de sus actos que se interpretan casi como ajenos a un animal, así en la despedida cariñosa de los porteadores del elefante. Es precisamente esta capacidad del elefante lo que permite utilizarlo, no ya como arma política como pretendía Juan II sino como arma religiosa ―aquí Saramago no pierde pie para hacer la crítica anticlerical de rigor, demostrando como de costumbre el cinismo de la iglesia que pretende falsear milagros para captar la fe de más fieles―. Sin embargo, y a pesar de esta humanización, el elefante no deja de ser un protagonista pasivo, un ser que se deja llevar y mover y cuyos caprichos no van más allá de las necesidades más puramente fisiológicas.

   A pesar de ello Salomón no es sólo el regalo que sirve como moneda de cambio entre dos países. Por sí mismo está incompleto, por eso necesita un alter ego que lo complemente, y es ahí donde entra Subhro. Sólo a través del cornaca Salomón adquiere sus rasgos humanizados, sólo mediante Subhro el elefante adquiere una significación distinta, con trazas de cosmovisión. Andar subido en un elefante hace que el mundo se vea con otros ojos, ofrece un punto de vista privilegiado que incluso puede competir con el de los reyes: «Más algo que él no viajaba nadie, ni siquiera el archiduque de Austria con todo su poder». Porque, al fin y al cabo, «un archiduque, un rey, un emperador no son más que cornacas montados sobre un elefante». Subhro es consciente de que su valor se debe al elefante, a que es el único que sabe cómo conducirlo. Sin el animal no sería nada, «una especie de parásito tuyo, un piojo perdido entre las cerdas de tu lomo». Pero seguramente Salomón tampoco sería nada sin Subhro. El papel de Subhro va más allá del aparente: es mucho más que un guía, es un intermediario entre el elefante y el mundo que lo rodea, en definitiva, entre lo misterioso ―e incluso monstruoso si se quiere― y la cotidianidad de lo real.

   Esa dualidad de protagonistas se repite en múltiples ocasiones a lo largo de la novela. De hecho, la obra está construida de forma evidente sobre binomios. La estructura se establece en dos partes bien diferenciadas. La primera corresponde al viaje a través de Portugal, cuando el elefante todavía pertenece a Juan II, cuando el elefante se llama Salomón y el cornaca Subhro. En la segunda parte, fuera de las tierras portuguesas, una vez que el elefante cambia de dueño, como si el nombre fuera una atadura con Portugal o un lastre para el nuevo dueño, Maximiliano III, consciente de que no posee sino el que posee el nombre, decide rebautizar a elefante y cornaca con los nombres de Solimán y de Frizt respectivamente. Muy distintas ambas partes, no sólo por el nombre de los protagonistas, por el paisaje o por los compañeros de viaje, sino por la visión que tienen y el lugar que ocupan en el mundo.

   El estilo de la novela es el de Saramago en estado puro: largas oraciones sin apenas puntos ni separación de párrafos, uso exclusivo de las mayúsculas tras punto ―no así con los nombres propios―, eliminación de la forma dialogada e inclusión de los diálogos en el discurso narrativo, continuas digresiones e introducciones del autor en la trama e ironía por los cuatro costados. Saramago no tiene el más mínimo pudor de entrar en la historia para justificarse, siempre desde un punto de vista irónico, y en ocasiones incluso hace esbozos de teoría narrativa o de metanarración. La ironía se ve reflejada, por ejemplo, en una especie de captatio benevolentiae, dirigida al lector, para pedirle disculpas sobre su tendencia a rellenar los huecos con fragmentos innecesarios, como la reflexión que hace sobre la anglificación del Algarve a raíz del hecho de que en Italia los nombres de las localidades estuviesen en alemán. Y sobre su incapacidad para describir el paisaje del norte de Italia dirá: «La verdad si queremos aceptarla con toda su crudeza, es que, simplemente, no es posible describir un paisaje con palabras. O mejor, posible sí que es, pero no merece la pena».

   Sin ser un libro memorable ni estar a la altura de las mejores novelas de Saramago, El viaje del elefante es un libro que se deja leer con bastante comodidad. A diferencia de otras obras de Saramago, que tienen una clara lectura simbólica, metafísica y filosófica, las anécdotas de Salomón y de Subhro bien pueden leerse con una lectura superficial y llana que no va más allá de las aventuras de un elefante y de su cuidador viajando por toda la península ibérica y por parte de Europa. Y por debajo de esta es posible encontrar una lectura más profunda, aquella que hace referencia a la condición humana y a cómo se pone a prueba en contacto con un ser que bien podría ser sobrenatural. Quizá es esta duplicidad de lecturas lo que haga de El viaje del elefante una novela que bien merece la pena leer. Saramago en pequeñas dosis.

   Este es un libro con carácter

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