Bartleby, el escribiente de Herman Melville

Bartleby, el escribiente de Herman Melville

   A veces ocurre que los escritores se embarcan en magnas tareas que dan como resultados monumentos cuya sombra eclipsa en gran medida la existencia del resto de su producción. Entiéndase que hablo en todo momento en términos de cantidad y no de calidad. Ocurre por ejemplo con Thomas Mann, cuya Montaña mágica no puede dejar a un lado a la no menos profunda Muerte en Venecia; quizá con Steinbeck, con su grandiosa novela Las uvas de la ira frente a la discreta La perla; en menor medida con Herman Hesse.

   Melville se podría catalogar también como uno de estos casos, si se compara la contundencia de Moby Dick con las apenas cien páginas de Bartleby, el escribiente ―denominada a veces novela corta, a veces cuento largo―. Pero en el caso de Melville el abrumador éxito de Moby Dick no impidió que Bartleby se haya convertido en un verdadero clásico y en una referencia ya casi arquetípica al mismo nivel que el don Juan o que el Quijote ―una popularidad, por cierto, que Meville sólo logra alcanzar con Benito Cereno―. De esta pequeña novelita Borges señalaría en uno de sus textos, a medio camino entre la reseña y el prólogo, la influencia de Kafka sobre Melville, en uno de esos giros retóricos tan acostumbrados en la línea de «Kafka y sus precursores». Según Borges, independientemente de la subordinación al modelo de Dickens, «Bartleby define ya un género que hacia 1919 reinventaría y profundizaría Franz Kafka: el de las fantasías de la conducta y del sentimiento o, como ahora malamente se dice, psicológicas».

   Muy poca información se ofrece sobre ese individuo llamado Bartleby que un día se presenta en la oficina de negocios del narrador, alguien que, por otra parte, está acostumbrado a las peculiaridades de sus empleados y las tolera. La descripción de su aspecto es parca pero completa: «pálidamente pulcra, lamentablemente decente, incurablemente desolada». Sin mayores referencias comienza su trabajo, sin descanso ni distracciones, prácticamente como un autómata programado para hacer una función, copiar. Pero es esa la única función que Bartleby está dispuesto a hacer, ya que cuando se le pide que coteje la copia con el original su única respuesta es «preferiría no hacerlo», sin dar más explicaciones, sólo acompañado de la pasividad más absoluta e inquebrantable. Para simbolizar esa actitud se ha buscado una frase completamente neutra y aséptica, ese «preferiría no hacerlo» muestra una negación atenuada, más que por la convención de la cordialidad que por la expresión de un deseo sincero. La falta de pasión en Bartleby llega hasta las últimas consecuencias: tampoco puede demostrar sentimientos negativos, como repugnancia o frustración.

   Esta actitud recuerda no menos a la resignación de Gregorio Samsa, escondido en su cuarto e aislado de su familia, que al artista del hambre. Pero por encima de la posible referencia kafkiana, a lo que recuerda la falta de sangre en las venas, y en definitiva de humanidad, es a El extranjero de Camus. Bartleby, como el señor Meursault, no muestra ningún sentimiento más allá de un escepticismo pueril. Desde luego que en el personaje de Melville falta la profundidad psicológica de Camus, pero es evidente que si se hubiera podido sondear a ese extraño ser en su interior se hubiera encontrado el aburrimiento hacia la vida y la muerte, hacia la existencia. Es por eso que Melville se sitúa con Bartleby claramente en la línea del existencialismo de Camus.

   Cuando finalmente se desvela el origen de esta actitud pasiva no se hace sino confirmar esa adscripción al existencialismo. Bartleby durante muchos años se ha visto obligado a ejercer de verdugo, a destruir mensajes de vida y de esperanza cuando ya sólo queda la muerte y la desesperanza. Es en el transcurso de esta tarea cuando descubre la vacuidad de la existencia.

   Ese «preferiría no hacerlo» que contiene en tres palabras toda una filosofía de vida ―la de Camus― pronto parece extenderse por la oficina como una plaga. Como si lo lingüístico precediera a la concepción individual del mundo, los empleados pronto empiezan a usar el verbo «preferir», antes inusitado, como una muletilla recurrente. Es ese el detonante final que demuestra la necesidad de echar de la oficina y de alejarse definitivamente de ese ser solitario e incomprensible que casi apesta a miseria. Pero la actitud del jefe, que tiene miedo a contagiarse, está más cercana a Bartleby de lo que parece en principio. Aunque la pasividad de su empleado le exaspera, él mismo muestra esa pasividad al contratar a Bartleby sin tener ninguna información de él, y más tarde, al ser incapaz de despedirlo a pesar de su inoperatividad. Pero esa falta de decisión está muy lejos de la frialdad neutra de Bartleby. Más bien se debate entre la pena hacia alguien que carece de un hogar y que está solo en el mundo y entre la repulsión y la frustración, por ser incapaz de apartarlo de su vida.

   Tras un acercamiento superficial a la personalidad de Bartleby el narrador concluye que él nada puede hacer ante una enfermedad que no es del cuerpo sino del alma. Finalmente, cuando se le atribuye un valor trascendental a la concepción vital de Bartleby, se entiende su existencia como un castigo divino y por tanto una verdad inaccesible para los mortales, algo superior y misterioso: «Gradualmente llegué a persuadirme que mis disgustos acerca del amanuense estaban decretados desde la eternidad, y Bartleby me estaba destinado por algún misterioso propósito de la Divina Providencia, que un simple mortal como yo no podía penetrar». La revelación final, llena de frustración, es existir en el mundo sólo para darle cobijo a Bartleby. Como si el absurdo generara absurdo, como si Bartleby hubiese contagiado a cuantos le rodean, el objetivo final que el narrador parece aceptar es dar cobijo a la vacuidad personificada, pasando a formar él mismo parte de ese proceso y de esa vacuidad.

   En algún momento de la novela del amanuense se dice: «había algo en Bartleby que no sólo me desarmaba singularmente, sino que de manera maravillosa me conmovía y me desconcertaba». Es precisamente esa mezcla de misterio y desconcierto lo que ha atraído la atención de un siglo XX profundamente existencialista, cuyos valores se han ido poniendo sistemáticamente en entredicho, como la Historia se encarga de demostrar una y otra vez. Quizá, después de todo, las miradas se centran sobre Bartleby una y otra vez porque en ese deseo de interpretarlo, de conocerlo o incluso comprenderlo, en todo ese proceso, de alguna manera estamos interpretando, conociendo y comprendiendo una parte muy importante de nosotros mismos y de nuestra concepción del mundo.

   Este es un libro con carácter

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