La espuma de los días de Boris Vian

La espuma de los días de Boris Vian

   En 1948 Jean-Paul Sartre publicó su ensayo «¿Qué es la literatura?», donde expone una concepción de la literatura que es reflejo de una opción estética y filosófica personal y al mismo tiempo de unas circunstancias históricas concretas, la ocupación alemana y la reciente Segunda Guerra Mundial. En este texto Sartre se plantea sobre todo tres cuestiones: qué es la literatura, por qué se escribe y para quién se escribe. Sus conclusiones son una de las propuestas más audaces para dotar a la literatura de una función política y social. Sartre, como adalid de la década de los 40 ―y hasta los sesenta― es la representación clave de la llamada literatura comprometida, una corriente en la que se inscriben buena parte de los escritores de esos años. Los escritores que se mantuvieron al margen de esta concepción literaria, como por ejemplo Raymond Queneau o Boris Vian, se vieron condenados a un olvido del que poco a poco se les ha ido desterrando.

   Boris Vian se encuadra, no en un movimiento o en una estética de época, sino en una tendencia individualista. Se trata de un escritor que va por libre, que desconfía del fin social de la literatura. Rehúye de los presupuestos marxistas sartreanos para dedicarse por completo a la fantasía imaginativa y verbal, a la creación de un mundo entre insólito y descabellado, fruto por entero de su creación. La figura de referencia en el panorama español, por su espontaneidad y su originalidad, no puede ser otro sino Ramón Gómez de la Serna. Al igual que del autor madrileño ha sido reducido durante muchos años a un segundo plano por parte de la crítica, que consideraba que sus obras no iban más allá de lo puramente lúdico. Sin embargo, ese derroche de fantasía no es más que la forma de expresión de una visión muy particular del mundo y de una angustia vital que no dista demasiado de la de otros escritores coetáneos.

   Sobre La espuma de los días, su novela más popular, Queneau la describió como «la más desgarradora de todas las historias de amor contemporáneo». Comparada una y otra vez con Rayuela, tanto es así que Cortázar proyecta una interesante luz sobre la obra de Vian. Las similitudes son evidentes: la implantación de un nuevo modelo narrativo, la importancia de la imaginación y del amor, el carácter lúdico, la afición mutua por el jazz, representado en Duke Ellington en el caso de Vian y de Charlie Parker en el de Cortázar ―al que dedica el relato «El perseguidor»―. Aunque desde el punto de vista fantástico quizá, más que con Cortázar, esté emparentado con Kafka, con Roland Topor ―que escribiría El quimérico inquilino un año después de Rayuela―, con el absurdo o con el humor negro. Acaso Cortázar sea más gratuito, y necesario, que el claustrofóbico y angustioso Vian.

   Los temas fundamentales de la novela son el amor y el jazz, que según Vian es lo único por lo que merece la pena vivir. La unión de ambos aspectos de la vida se produce en el personaje de Chloé, que es al mismo tiempo la protagonista femenina y la canción homónima de Duke Ellington que casi podría ser la banda sonora del libro. Chloé es la encarnación viva del melancólico blues de Ellington, lo que anuncia de alguna manera el destino funesto de un amor condenado desde antes de comenzar. Del otro lado está todo lo feo de la vida, aquello que Vian se encarga de denunciar: la enfermedad y la muerte, el trabajo, la religión absurda y vacía y el fanatismo ideológico en cualquiera de sus facetas.

   Una novela, por  tanto, de contrastes, definidos por Vian desde el mismo preámbulo. Y esta contradicción se manifiesta sobre todo en una estructura binaria formada por dos partes antitéticas. La primera parte corresponde a lo hermoso, a la felicidad amorosa, a la construcción de un mundo jovial y descabellado. A partir de la boda entre Colin y Chloé esta felicidad va degradándose en cada capítulo. Esta degradación se manifiesta, entre otros aspectos, en la amistad de los protagonistas, que poco a poco van perdiendo lazos, lo que hace que los capítulos que tienen a Chick como protagonista sean cada vez más abundantes. El único final posible ante este proceso inevitable es la destrucción definitiva, literal o simbólicamente, de todos los personajes del libro. De hecho, lo que manifiesta aún más esta oposición es la repetición de escenas en una y otra parte, la primera vez desde una óptima amable y despreocupada y la segunda desde la amargura. Este paralelismo se hace evidente sobre todo en la ceremonia religiosa, que pasa de ser una boda a ser un funeral ―con un cambio de actitud bastante significativo en todos los personajes―. Por supuesto, en ambas partes se critica la religiosidad, pero en la primera desde una perspectiva absurda y simpática y en la segunda con una virulenta denuncia de la indiferencia y de la crueldad de Dios, personificado en la imagen de Jesucristo.

   En cuanto al trabajo, Vian hace una descarnada crítica a la degradación que supone para el hombre. Ya lo dice Colin cuando afirma que es espantoso y que «rebaja al hombre al rango de máquina».La visión que se muestra es deshumanizante y alienante, desde que se introduce por primera vez en la obra, en el viaje de novios de Colin y Chloé, hasta el final, con el brutal trabajo que ejerce Chick o con el macabro cometido final de Colin, como mensajero de la muerte al más puro estilo Saramago. El trabajo que Vian denuncia es el absurdo y mecanizado, no así el creativo, del que Nicolás y apetitosos platos es el más digno representante.

   Para atacar el fanatismo Vian elige la figura de Sartre, aunque se sabe que en un principio pensó en Queneau. La elección de Sartre no puede ser más acertada: este escritor marcará toda la vida intelectual, literaria y filosófica de Francia y aún del mundo entero entre los años 40 y 60. Muy al estilo de Vian, el nombre de Sartre se modifica pasando a llamarse «Jean-Saul Partre». Pero la parodia que Vian hace de Sartre, a quien le unía una relación de amistad, es una caricatura lúdica. La sátira feroz la hace contra ese fanatismo que idolatra y encumbra a otro ser humano. Una costumbre humana que no ha pasado de moda, como puede comprobarse recientemente con subastas en las que, por ejemplo, se ha vendido un vestido o unas radiografías de Marilyn Monroe por más de 300.000 y por 45.000 dólares respectivamente.

   La trama de La espuma de los días recae sobre los hombros de seis personajes que se agrupan por parejas, diferentes pero al mismo tiempo complementarias. Se trata de unos personajes desvinculados del mundo real, cuya existencia remite al propio texto, sin profundidad psicológica pero no por ello planos. Así pues, tanto los personajes masculinos como los femeninos parecen ser tres facetas fragmentadas de un mismo personaje, alguien que recuerda ligeramente al Persse McGarrigle de El mundo es un pañuelo de David Lodge. El elemento que une a todos los personajes masculinos es la pasión. En Colin es pasión por Chloé, en Chick por Partre y en Nicolás es la falta de pasión, que no llega a consolidar su relación con Isis. Tanto la pasión de Colin como la de Chick les lleva finalmente a la destrucción, un aniquilamiento total al que Nicolás sobrevive, como si Vian quisiera interpretar la pasión como una fuerza destructora que acaba con todo. Se puede establecer además un correlato entre las dos parejas principales: Chloé es consumida por el nenúfar ―la tuberculosis― de la misma manera que Chick es consumido por su obsesión hacia Sartre. La frustración y la impotencia de Colin es paralela a la de Alise, porque nada pueden hacer para sacar a flote a sus respectivas parejas.

   Además de estos personajes, a lo largo de toda la novela el espacio se configura como un verdadero personaje más. A través de él puede transmitirse la interioridad psicológica de los personajes, como si lo inmaterial pudiera fácilmente materializarse. Aunque esto ocurre prácticamente con la totalidad de los espacios, donde es más evidente es en el apartamento de Colin, que sufre una degradación paralela a la de Chloé. Aquí la transformación del espacio comienza con el oscurecimiento, para ir progresivamente estrechándose hasta que finalmente deja de existir. Se interpreta como un animal vivo que se está muriendo ―«las lámparas se están muriendo…»― a la par que Chloé. El resultado final es un ambiente estrecho y claustrofóbico, literalmente asfixiante, que no es sino la angustia de los personajes y del propio Vian.

   El estilo es otra de las claves fundamentales que Vian utiliza para la creación de un universo completamente fantástico ajeno a la realidad. Los juegos lingüísticos refuerzan el carácter aparentemente lúdico de la novela. Son abundantes los juegos de palabras, las deformaciones fonéticas ―Partre por Sartre―, los anglicismos, los tecnicismos, y sobre todo, los neologismos. En este aspecto Vian se relaciona antes que con Cortázar con George Orwell o sobre todo con James Joyce. La proliferación de mecanismos lingüísticos desvincula el texto de la realidad y generan una referencia propia de carácter textual. En muchos casos sirve a Vian para crear realidades dentro de la ficción que carecen de correlatos en el mundo real, como ocurre con el pianocóctel, que es una invención ―ya no tan ficticia― que mezcla el placer auditivo del jazz con el gustativo del alcohol, como si la embriaguez de la música y de la bebida fueran una misma.

   La espuma de los días es la construcción de un mundo imaginario basado en la fantasía más puramente lingüística. Es un intento por desdibujar las fronteras entre la realidad y el sueño, es la búsqueda de un mundo totalmente diferente al real, pero con el que no pierde las conexiones. Ante todo es la expresión de un punto de vista amargo de la vida, aparentemente despreocupado, que sin ser la realidad dice más de ella de lo que pudiera parecer. El objetivo final de Vian es la elaboración de una mitología moderna. Y a la vista del culto que se le rinde actualmente ha logrado alcanzar su objetivo: ha pasado a convertirse en un mito moderno que no puede dejar de ser una referencia literaria en las generaciones venideras.

   Este es un libro con carácter

Comentarios

comentarios