La perla de John Steinbeck

La perla de John Steinbeck

   Al hablar de Bartleby, el escribiente de Melville hacía referencia a aquellas pequeñas grandes obras cuya calidad no se ve eclipsada por la existencia en la producción de sus autores de otras obras mayores. Además del caso de Melville es el de Thomas Mann y su Muerte en Venecia, por poner todo el ejemplo significativo. Y por supuesto es el caso de La perla de Steinbeck. Y es que, no en vano, de esta novela corta de apenas cien páginas cabe decir lo mismo que comentaba Borges sobre Fervor de Buenos Aires: en ella está concentrada de alguna manera toda la obra de Steinbeck, lo más característico de su escritura, es decir, su obsesión por la pobreza y la miseria del sur de Norteamérica, su concepción del fatalismo como una fuerza superior que está en contra del ser humano, y su apego hacia la tierra, hacia el medio rural, que bien pudiera recordar a Juan Rulfo.

   Steinbeck arranca su historia en un mundo que bien pudiera representar a un orden social universal, un entorno conflictivo e injusto en el que no hay un reparto equitativo de las riquezas. Existe además un contexto histórico concreto relacionado con el indigenismo y el colonialismo que particulariza la trama en unas circunstancias determinadas. Se trata de una sociedad de castas formada por dos grupos cerrados: los europeos y descendientes de europeos que tienen la riqueza y el poder por una parte, y los indígenas que se ven sometidos a condiciones de semiesclavitud cuando no de esclavitud por otra. La poca permeabilidad de una clase social a otra es el germen que explica la visión maniquea que tiene del mundo Steinbeck y que aparece en la novela. Dice Steinbeck en el breve prólogo: «Como todas las historias que se narran muchas veces y que están en los corazones de las gentes, sólo tiene cosas buenas y malas, y cosas negras y blancas, y cosas virtuosas y malignas, y nada intermedio».

   Para el escritor estadounidense es una sociedad de ricos y pobres, de casas de adobe y de chozas, de malos y buenos, organizada a través de un eje central que es el dinero. Como dice Juan Tomás, el hermano de Kino, «cada uno debe permanecer lealmente en su sitio, y no debe andar corriendo por ahí, porque el castillo está amenazado por los asaltos del infierno». Kino siente una mezcla de miedo y de furia hacia esa «raza que durante casi cuatrocientos años había golpeado y privado de alimentos y robado y despreciado» a su propia raza. En este sentido, la aparición de la perla supone poner en manos del pobre una fuente de riquezas, lo que desestabiliza el sistema y deriva en consecuencias fatales.

   Una de las formas simbólicas que Steinbeck utiliza para plasmar ese maniqueísmo es una especie de música interior ―como si fuera una “música de las ideas”― que se relaciona, de manera telúrica, con el vínculo que ha unido ancestralmente a las tribus primitivas con la tierra, con el valor ritual y mágico que se le ha dado en estas tribus a las canciones. Porque en sociedades en las que no existe la palabra escrita la forma de transmitir conocimientos ―la historia del pueblo, noticias lejanas, relatos fantásticos o mitológicos― es la canción. En La perla la música tiene un valor trascendental: es la materialización interior de los conceptos del Bien y del Mal. La presencia o ausencia de ambos se intuye a través de esa música que no siempre llega a los labios y que en la novela adopta los nombres de «Canción de la Familia» y de «Canción del Mal».

   La otra simbología importante en la novela es quizá la metáfora más antigua para representar la lucha entre el Bien y el Mal: la luz y la oscuridad. La historia comienza con el amanecer, en la seguridad y el bienestar del entorno familiar. Ya desde el principio se produce esa identificación que relaciona luz y calidez: «esto es seguro, esto es cálido, esto es el Todo». Frente a esa luminosidad la habitación del mezquino médico que pertenece a esa raza enemiga, permanece sombría y lóbrega, como también está en penumbras la oficina del comprador de perlas El objeto que mejor expresa el juego de luces y sombras es la propia perla de la discordia. Al principio se la compara con la luna, se dice que «atrapaba la luz y la refinaba y la devolvía con una incandescencia de plata». Finalmente, cuando la perla se revela como un artefacto usado por el Mal para ganarle la batalla al Bien «la perla era fea; era gris, como una excrecencia maligna». Y es que esa separación tajante entre luz y oscuridad se va desdibujando a medida que el Mal arranca a Kino y a su familia de su plácida existencia. Después de que Kino se ve obligado a matar con sus propias manos a otro ser humano se ven obligados a ocultarse en la oscuridad, la luz pasa a convertirse en un elemento peligroso que puede revelar a los enemigos su presencia o su crimen.

   La perla, como se ha indicado, es ese resorte que desestabiliza la sociedad de castas. No es como el escorpión, un elemento decididamente maligno, sino que más bien es un objeto neutro, quizá permeable a la influencia de quienes la rodean. Para Kino simboliza, antes que la ambición, la posibilidad de una vida mejor ―en ella puede ver literalmente todos sus deseos―, y sobre todo la libertad basada en el conocimiento y en la certeza de que su hijo, Coyotito, podrá algún día aprender a leer. Pero independientemente de la lucha entre razas parece como si Steinbeck quisiera desarrollar la idea hobessiana de que el hombre es un lobo para el hombre. El entorno de Kino pronto envidia al humilde pescador y codicia la perla, de modo que esa ambición ―denominada «esencia de hombre»― se mezcla con la esencia de la perla creando un residuo oscuro, el odio hacia Kino, que es el muro que se interpone entre cada uno de ellos y la perla misma. La descripción que hace Steinbeck de cómo estalla el Mal es magistral: «La noticia removió algo infinitamente negro y maligno en el pueblo; el negro destilado era como un escorpión, o como el hambriento ante el olor a comida, o como el solitario al que se revela el amor. Los sacos de veneno del pueblo empezaron a fabricar ponzoña, y el pueblo se hinchó y soltó presión a bocanadas».

   Esa perla, pura al principio y más tarde contaminada con la maldad humana, empieza a cambiar a Kino. En un primer momento la vecindad, reunida en torno a la casa de Kino, teme que se produzca ese cambio en el pescador, que al convertirse en rico se volviera codicioso y frío, como si la perla destruyese al anterior Kino. Pero la transformación se produce antes que por codicia por el deseo de proteger a su familia. Sea como fuere Kino queda finalmente convertido en un animal salvaje, que se oculta para atacar y defenderse. La oscuridad les ha invadido completamente, y en su regreso al pueblo les preceden, a modo de derrota final, dos largas sombras que son como dos torres.

   Para medir el tiempo, como ocurre en los pueblos primitivos, se utiliza un sistema etiológico, tomando como referencia un hecho que haya marcado a la sociedad y que sea recordado por las generaciones futuras. Si eso supone para el pueblo el descubrimiento de la perla, si habrá un antes y un después tras su hallazgo, no es necesario incidir en la importancia que tiene para Kino y su familia. Tanto que puede realizarse una lectura casi bíblica del relato: la perla es como la manzana del paraíso, ese pecado que arranca la felicidad y la paz previa a la que no es posible volver. En este caso Adán y Eva intercambian sus papeles: el personaje femenino es el primero en vislumbrar la perla como un pecado y en intuir que será el origen de la destrucción familiar. Pero su intento por acabar con la perla se ve frustrado por Kino. Para él, incluso después de haber sufrido las consecuencias de poseer la perla, es un objeto mágico indestructible: «Esta perla ha llegado a ser mi alma […] si me desprendo de ella, perderé mi alma». Sólo al final, cuando ya se ha consumado la destrucción simbólica de la familia y de los personajes, Kino asume su responsabilidad y tira la perla al mar, seguramente llevado por la conciencia de haberlo perdido todo, incluyendo la inocencia.

   En el prólogo Steinbeck esboza una interpretación de la novela en una sola línea: «Si esta historia es una parábola, tal vez cada uno le atribuya un sentido particular y lea en ella su propia vida». Esta idea es la clave fundamental que hay que tener cuenta al leer La perla, porque da a la novela la dimensión simbólica y universal que tiene el relato, y explica así su importancia en la literatura. Si además de esta interpretación se tiene presente el valor del libro dentro de la obra de Steinbeck, la lectura de La perla se hace imprescindible para todos aquellos que quieran conocer al autor norteamericano y, por supuesto, profundizar en el sentido de la existencia humana.

   Este es un libro con carácter

Comentarios

comentarios