Adiós a las armas de Ernest Hemingway

Adiós a las armas de Ernest Hemingway

   Podrá cuestionarse si Adiós a las armas es la mejor novela de Hemingway, pese a El viejo y el mar, pero desde luego, no cabe duda de que consolidó la fama de un incipiente escritor que hasta entonces había alcanzado cierta popularidad por su juventud bohemia y parisina ―como miembro, al igual que Fitzgerald, de la «generación perdida»― y por un libro que fue fruto de su profunda admiración hacia España, Fiesta. De hecho, Fiesta ―y algunos de sus primeros cuentos― no era sino una preparación de Adiós a las armas y uno de los primeros pasos de un camino hacia la construcción de un estilo muy personal, que daría como resultado Por quién doblan las campanas, y del gigantesco mito que fue Hemingway.

   Adiós a las armas es precisamente el contrapunto a la imagen clásica de Hemingway: ese fornido y áspero tipo que es al mismo tiempo soldado y periodista. Como dice Javier Reverte, «esa imagen suya de valeroso escritor amante de la guerra ha animado durante generaciones a un buen número de periodistas a emularle». No es difícil hacer la identificación entre el propio Hemingway y Frederick Henry, el protagonista de Adiós a las armas, debido al componente fuertemente autobiográfico de la obra: ambos eran de origen norteamericano, fueron conductores de ambulancias en el ejército italiano, consiguieron la Medalla de Plata al Valor, sufrieron heridas en las piernas y en una rodilla y fueron ingresados en un hospital en Milán donde vivieron una historia de amor con una enfermera. El desenlace trágico también les une, aunque de distinto modo: frente al desenlace de Adiós a las armas, Hemingway fue despechado y finalmente repudió a su enfermera. Hay otro acontecimiento que los separa ligeramente: durante la contienda que les hirió Hemingway transportó a hombros a uno de sus compañeros heridos, mientras que en el caso de Frederick él es el transportado. Este detalle aparentemente insignificante sirve para reforzar la idea de la desconfianza del protagonista en el reconocimiento en hazañas bélicas a través de la condecoración. Baste recordar la frivolidad de Rinaldi, que manifiesta que para conseguir una Medalla de Plata al Valor no es necesario hacer grandes heroicidades.

   Hemingway basa este grito antibelicista en el desarrollo paralelo de la oposición entre el amor y la guerra. La historia se produce en la Italia de la Primera Guerra Mundial. Frederick es un personaje con un acentuado sentido de la justicia y valores sólidos, identificables con los del típico héroe norteamericano, y por supuesto con el propio Hemingway. Sus motivaciones para participar en la guerra en un ejército, el italiano, que no es el suyo no quedan claras, pero parece que se mueve por la necesidad de colaborar a la creación de un mundo mejor. Su situación excepcional, con la que seguramente Hemingway se identificó, llama la atención de los soldados italianos, que no comprenden que un extranjero venga a luchar en una guerra que no es la suya.

   Frederick parte de una concepción del amor que se podría tachar de machista, y es que ya se sabe que la mujer nunca sale bien parada del mundo de Hemingway, tan brusco y violento, lleno de guerras o de enfrentamientos con la naturaleza. Hemingway dice de Frederick a los primeros días de conocer a la que más adelante será su amada Catherine Bartkley: «Empezaba a notar esa dificultad, tan masculina, de permanecer mucho tiempo con una mujer en los brazos». La intención primera de Frederick no es enamorarse sino jugar con Catherine un tiempo, hasta que se cansara de ella. Sin embargo, después de que Frederick conozca el infierno de la guerra, después de que un obús le hiera gravemente en una de las escenas más violentas de Hemingway, parece predispuesto al amor. Al reencontrarse con Catherine en el hospital se produce un auténtico flechazo: «Cuando la vi comprendí que estaba enamorado de ella. Todo mi ser se transformó». Lo cierto es que es difícil saber si la transformación se produce después de enamorarse o si en realidad se enamora porque previamente ya se había transformado en el campo de batalla al conocer de cerca de la muerte. En un contexto de muerte y destrucción Frederick y Catherine levantan un oasis secreto, con mil pequeños modos de amarse a escondidas.

   Es quizá el amor lo que redime a Frederick. Cuando se produce la retirada del ejército italiano su vida corre peligro en varias ocasiones; todos aquellos que le rodean van poco a poco desapareciendo, sólo él aguanta, sólo es capaz de sobreponerse a todos los peligros, porque el deseo de reencontrarse con Catherine es más grande que cualquier cosa que pueda pasarle y la necesidad de tener una vida en común a salvo les da la fuerza necesaria para huir de Italia. Es una concepción del amor con un fuerte componente platónico al tiempo que cristiano e incluso místico. Hay un deseo de unión tan fuerte que en algún momento recuerda al verso de San Juan de la Cruz «amada en el Amado transformada» y que Guillermo Serés desarrolla en su ensayo La transformación de los amantes. Cuando Catherine expresa «te deseo tanto que me gustaría ser tú mismo», Frederick no duda en contestarle «lo eres. Los dos somos uno». Tan fuerte es ese amor que Frederick acaba odiando al fruto de su unión, a su hijo, por poner en peligro la vida de Catherine. Sin embargo, como se intuía desde un principio debido al carácter autobiográfico, la relación no puede dejar de tener un desenlace con tintes trágicos.

   La derrota contamina el libro en cada una de sus páginas, en cada palabra. Los personajes del libro, no sólo Frederick, sirven a Hemingway para exponer su propia teoría sobre las guerras. El pesimismo es absoluto: la guerra no acabará aunque uno de los adversarios cese de luchar, porque es algo que no termina nunca, porque en definitiva, «la guerra no se gana con la victoria». Y es que derrota o victoria son para Hemingway conceptos relativos: en una balanza el platillo no se inclinaría hacia ninguno de los dos lados porque tienen el mismo peso. El hecho de participar en una guerra implica estar vencido desde el principio, implica dejarse manipular por aquellos que tienen el poder, implica verse obligados a luchar bajo amenazas de represalias. La retirada es lo verdaderamente importante, por encima de la victoria o de la derrota.

   La postura de Hemingway en Adiós a las armas es la diametralmente opuesta a la que César Vallejo expone en su poema «Masa» de España, aparta de mí este cáliz. La fraternidad del género humano es un engaño, la salvación última está en el individualismo. Es cierto que Frederick se va encontrando en su camino con algunas personas que le tienden la mano para ayudarle, pero en general todos le han dado la espalda. En la retirada el ejército en el que luchó se vuelve tan peligroso como el enemigo, todo se vuelve hostil como resultado de la guerra. El único consuelo que encuentra Frederick es Catherine, pero deben mantener en secreto su relación para evitar que el mundo les haga daño. La renuncia final de la guerra se hace a título personal, en boca del propio Frederick: «Tenía un periódico pero no lo leía, pues no quería saber nada más de la guerra. Quería olvidar la guerra. Había hecho una paz aparte».

   En consonancia con el valor testimonial de la obra de Hemingway, Adiós a las armas es una de las descripciones más certeras y descarnadas de la Primera Guerra Mundial, extensible por supuesto a cualquier conflicto bélico. Al mismo tiempo, dentro de la producción de Hemingway es una pieza angular: desde Fiesta, donde también encontramos al soldado periodista que tiene un romance con una enfermera, hasta Por quién doblan las campanas, cuyo protagonista Robert Jordan, tiene muchísimo de Frederick Henry. No hay que olvidar que la intención de Hemingway era ofrecer una visión del siglo XX desde una perspectiva bélica: en Adiós a las armas se refleja la Primera Guerra Mundial, en Por quién doblan las campanas se describe la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial es el objeto de una novela que se vio truncada a causa de su muerte (de su suicidio). Si una buena parte de la historia del siglo XX se ha escrito con sangre porque en él han transcurrido las mayores guerras que ha conocido la Humanidad, Hemingway, como testigo de primera mano de esos acontecimientos, es una lectura imprescindible, tanto en sus novelas como en sus artículos periodísticos, para conocer bien los errores que se han cometido y así poder evitarlos en el futuro.

   Este es un libro con carácter

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