Siddharta de Herman Hesse

Siddharta de Herman Hesse

   A veces ocurre en el mundo que aparecen libros llenos de una secreta sabiduría y de un misterio inescrutable. El referente más grandioso es la Biblia, el volumen más interpretado y malinterpretado de la historia de la Humanidad, como suele ocurrir con cualquier texto sacralizado. Hay otros libros, sin embargo, más pequeños y discretos, algo menos misteriosos y poéticos quizá, pero que mantienen un halo seguramente indescifrable que los hará inmortales. En lo profano la referencia serían las grandes tragedias shakesperianas, radiografía de las pasiones humanas escritas por un único hombre. Ocurre también con la filosofía, sobre todo con aquella rayana con la literatura, como con Así habló Zaratustra de Nietzsche. Es aún más extraño que pase con casi la totalidad de un escritor, y Herman Hesse es uno de esos curiosos especímenes, seguramente por ser, como le ocurre a Octavio Paz, un occidental muy próximo al pensamiento oriental. El uso de las alegorías por parte de Hesse hace que sus novelas tengan vínculos con la Biblia, y no olvidemos que Jesús utiliza parábolas para transmitir sus enseñanzas.

   Siddharta no es, ni mucho menos, una excepción a esta regla. La materia de la novela ya de por sí da pie a una obra que mezcla poesía y filosofía a partes iguales. El protagonista, Siddharta, es un joven hindú hijo de un brahmán que vive en la misma época aproximadamente que Buda Gautama, un personaje con el que tiene muchas similitudes. Al igual que el célebre Buda, que antes de serlo se llamó Siddharta, emprende el camino en busca de la sabiduría. Pero a pesar de que el camino sea casi idéntico, no se puede pensar que Siddharta sea una biografía del propio Buda, ya que no son el mismo personaje. De hecho, Buda aparece efectivamente dentro de la novela, como uno de los maestros de Siddharta, quizá no maestro al pie de la letra, pero reconocible a través de un juego de palabras que no trata de ocultar su identidad. Buda Gautama aparece en el libro como Gotama. Sin embargo, su celebridad, su influencia, sus enseñanzas, son fieles a las del auténtico Buda.

   Hesse decidió acaso dejar a un lado la biografía pura para dar rienda suelta a su imaginación. La historia de Siddharta no es una interpretación de la vida del Buda, es sencillamente la vida de un hindú cualquiera, o tal vez no cualquiera, porque Siddharta ―cuyo nombre significa «aquel que alcanzó sus objetivos»―, a pesar de su temprana edad, se había convertido en un gran sabio y sacerdote, un príncipe entre los brahmanes. Sin embargo, y a pesar de ser la envidia de todos, Siddharta acaba sintiendo que su vida no está completa, que su padre, sus profesores, los sabios brahmanes, ya le han enseñado todo aquello que le pueden enseñar, pero él no se siente tranquilo ni satisfecho. Esta insatisfacción tiene su origen en la necesidad de alcanzar el conocimiento definitivo, una idea de perfección que se identifica con la Unidad, el ATMAN, «lo único, lo indivisible». Se produce lo que Juan Villegas denomina en La estructura mítica del héroe como la primera de las etapas en la formación del héroe, consistente en el olvido de todo lo vivido y en el comienzo de una nueva etapa en busca de esa satisfacción perdida. El concepto con el que más se identifica el héroe en esta etapa es la sed.

   Al igual que Buda, Siddharta abandona su hogar, aunque siendo algo más joven ―Buda dejó atrás a su mujer y a su hijo―. A partir de ese momento va pasando por distintos maestros, y de cada uno de ellos extrae una enseñanza que le ayudará a construir la sabiduría. Hay que entender que este concepto es el resultado de la unión de todos los conocimientos que Siddharta va aprendiendo poco a poco. La estructura novelística que sigue Hesse para expresar esta construcción del conocimiento sigue la noción hegeliana de tesis, antítesis y síntesis. Esta disposición da pistas muy importantes sobre cómo Siddharta logra alcanzar esa perfección y marca el paralelismo más importante con Buda. Esa tesis y esa antítesis representan los dos extremos: el ascetismo extremo y el placer mundano exacerbado, lo apolíneo y lo báquico. Una de las lecciones más importantes que aprende Siddharta consiste en que los extremos no son el camino para el conocimiento definitivo, sino que éste se encuentra en el justo medio, por usar la expresión de también otro sabio, Aristóteles.

   Así pues, parte sin dinero ni bienes, sólo con una túnica, para unirse a los samanas, unos peregrinos ascetas itinerantes que tratan de alcanzar el conocimiento a través de la meditación y de la austeridad más extrema. En esta etapa el camino es pura introspección: el mundo material es una mentira condenada a la putrefacción, «la belleza, la felicidad, sólo eran ilusiones de los sentidos». Para despertar lo más íntimo, el gran secreto, era necesaria la aniquilación del yo, por eso «deseaba quedarse vacío, sin sed, sin deseos, sin sueños, sin alegría ni penas». Pero cuando los ascetas transmiten todo lo que pueden enseñar a Siddharta, cuando sabe más que todos ellos, se vuelve a repetir el ciclo y Siddharta comprende que éste tampoco es el camino para alcanzar el conocimiento absoluto, algo que no han logrado ni los samanas más ancianos y avanzados. En este momento Siddharta comprende uno de los puntos clave en las tesis de Buda: «realmente no existe eso que nosotros llamamos “aprender”».

   Intuyendo aún esta gran verdad Siddharta se dirige en busca del gran Buda, del gran Gotama, el alter ego de Buda Gautama. Se describe de esta manera: «el majestuoso, el Buda, que en su persona había superado el dolor del mundo y había detenido la rueda de las reencarnaciones». Entre todos, «lo conocieron por la perfección de su alma, por la paz de su porte en el que no había búsqueda, ni voluntad, ni imitación, ni esfuerzo; sólo luz y paz». La doctrina de Gotama es sencilla, sin pretensiones, «la redención de los sufrimientos», poco elevada para las ínfulas de Siddharta, que desea alcanzar ni más ni menos la perfección. Siddharta acaba de materializar el pensamiento antes sólo intuido: a pesar de que Gotama ha alcanzado la perfección, a pesar de ser un santo, su doctrina no consigue contener ese secreto. Porque la vida de Gotama, única e irrepetible, no se puede condensar en una doctrina. Sólo Gotama puede tener experiencia de la vida de Gotama, de la misma forma que Siddharta debe buscar el camino en el propio Siddharta y no en maestros externos.

   Esta revelación abre una nueva etapa en la vida de Siddharta, de un Siddharta que ya no es un joven, que se ha convertido en un hombre. De esta manera se convierte en su propio maestro y en su propio discípulo a un tiempo, en una especie de segundo nacimiento que es una metáfora de la formación del héroe. Lo que Siddharta comprende es que el individuo, el yo, el ATMAN, comparte su naturaleza eterna con el absoluto, el Brahma. Por lo tanto, debía encontrarse a sí mismo, pero ya que la red del pensamiento había fallado en la búsqueda Siddharta decide emprender nuevos caminos.

   La nueva etapa que se inicia es la antítesis, el otro extremo, el del disfrute del mundo material. Aunque Siddharta ha rechazado los maestros necesita el magisterio de la cortesana Kamala para que la inicie en la vía de los placeres sexuales, algo así como el aprendizaje que Caín hizo con Lilith. Un solo beso de Kamala descubre a los ojos de Siddharta una gran abundancia de cosas nuevas por conocer, lo que le lleva a renegar de su anterior vida como samana. Sin embargo, a pesar de pasar largas horas con Kamala, Siddharta no podía renunciar completamente a su antigua naturaleza, todo lo que había vivido le pesaba sobre los hombros, era imposible comportarse como si nada de lo anterior hubiese ocurrido, «durante mucho tiempo permaneció siendo un samana dentro del corazón». Aunque disfruta plenamente del mundo, no consigue integrarse, no sabe amar como los seres comunes, se siente extraño entre ellos y al mismo tiempo los siente como extraños. Como ya hizo por la vía del ascetismo, transita el camino de los placeres mundanos hasta sus últimas consecuencias, quedando transformado en un ser completamente nuevo: «Lo habían capturado el mundo, el placer, las exigencias, las perezas y, por último también, aquel vicio que por ser el más insensato, siempre había despreciado más: la codicia». La consecuencia lógica de tanto vicio desenfrenado es un hastío que despierta en Siddharta la necesidad de empezar una nueva etapa, la de síntesis.

   La última etapa del héroe comienza con el tercer nacimiento. Siddharta siente que todo lo vivido como un sueño y está dispuesto a empezar de nuevo a comprender el mundo como si fuera un niño, aunque lo cierto es que ya tiene un pie puesto en la vejez. Todo lo anterior había sido necesario para la construcción del conocimiento absoluto: no es suficiente con escuchar las enseñanzas sobre lo divino y lo humano, para que Siddharta comprendiera necesitaba antes vivirlo. Todavía necesita Siddharta una enseñanza más, necesita sentirse lo suficientemente unido a otro ser humano como para no importarle sacrificarse por su bien. Y fue así como llegó hasta Siddharta el hijo que había tenido con Kamala. Aunque su hijo le desprecia, el viejo Siddharta ha conseguido de esta forma lo que antes siempre deseó, convertirse en otro ser humano más, con sus grandezas y sus debilidades: «desde que tenía a su hijo, también Siddharta se había convertido en ser humano: sufría por una persona ajena, la amaba, y perdido por su amor, se había convertido en un necio». Finalmente el hijo cumple con la circularidad del tiempo, rechazando al padre y escapándose para buscar su propio camino.

   Esta última etapa está representada por el símbolo del río: «que el agua corría siempre, se deslizaba, y que, sin embargo, siempre se encontraba allí, en todo momento. ¡Y no obstante, siempre era agua nueva!». El río, de alguna manera, se personifica en Vasudeva, un humilde barquero cuyo objetivo es que Siddharta encuentre la ansiada Unidad y que su Yo se funda con ella. ¿Cómo consigue Siddharta alcanzar su meta? En los consejos últimos que le da a su buen amigo Govinda parece estar la clave de su sabiduría: aquel que se empeña en buscar nunca encuentra, sólo quien no tiene un fin concreto y contempla lo que tiene ante los ojos es libre para encontrar. Y lo que es aún más importante, en palabras de Siddharta: «La sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un sabio intenta comunicar suena siempre a simpleza».

   De tener Hesse razón, Siddharta no trata de transmitir ninguna enseñanza más allá de que cada uno debe construir personalmente sus propias enseñanzas. Curiosamente, en una época en la que proliferan los libros de autoayuda, las alegorías reiterativas sobre el poder y la grandeza del individuo con un barniz de mitología oriental, al más puro estilo El alquimista, el libro de Hesse ―escrito en la década de los 20― desmonta de un plumazo el género entero, lo cual no ha impedido paradójicamente que se lea como un libro de autoayuda más. Hesse levanta una doctrina para después refutarla con el argumento de que cualquier doctrina es ridícula por incomunicable. Se trata de un planteamiento complejo que no consigue sin embargo invalidar la doctrina en sí que hay en el libro. Este juego conceptual, unido a la belleza poética y alegórica de la novela, hace de Siddharta una obra imprescindible en la producción de Hesse, y al mismo tiempo ayuda a comprender por qué el escritor alemán e ha consagrado como uno de los grandes clásicos del siglo XX.

   Este es un libro con carácter

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