Caín de José Saramago

Caín de José Saramago

   A veces sucede que la última obra de un escritor se convierte en una especie de testamento vital que condensa lo esencial de su escritura. Ocurre, por ejemplo, con Kafka, que en su lecho de muerte revisó el cuento «Un artista del hambre», cuyo protagonista y cuya trama son arquetípicas kafkianas. Y de alguna manera pasa también con Caín de Saramago. No en el sentido de punto y final, porque está claro que al escritor portugués todavía le quedaba en el tintero mucho por decir ―dicen que ya llevaba escritas treinta páginas de su próxima novela―, pero sí es verdad que mucho de lo que hay en Caín ya estaba recogido en obras anteriores. Y es que la cervantina frase «con la iglesia hemos topado» ha sido una constante que se ha repetido con más o menos fuerza en toda la obra de Saramago. Desde la simbología de las imágenes vendadas en Ensayo sobre la ceguera, pasando por el cinismo eclesiástico de Las intermitencias de la muerte o de El viaje del elefante ―una actitud, por otra parte, muy frecuente en Saramago― hasta la polémica más abierta de El evangelio según Jesucristo, que le valió el autoexilio de Portugal, después de que el gobierno vetara su presentación al Premio Literario Europeo por considerar que podía ofender a los católicos. Curiosamente, tras su muerte, el gobierno portugués ha tratado de reconciliarse con el Nóbel, sabiendo que es uno de los pocos escritores en lengua portuguesa que ha pasado a la Historia de la Literatura, aún después de que su última novela, Caín, fuera aún más dura con la religión que El evangelio según Jesucristo.

   De hecho, esta novela tiene la importancia de cerrar un ciclo abierto hace ya casi veinte años con El evangelio según Jesucristo. Si en la primera Saramago lleva a cabo una lectura personalísima del Nuevo Testamento, en Caín hace lo propio con el Antiguo Testamento, dando lugar a una obra coherente y cerrada que abarca el conjunto del texto bíblico. Aunque planteadas como novelas independientes, los puntos en común entre ambas son más que evidentes, y sus lecturas resultan complementarias para esclarecer el sentido más profundo del insistente ateísmo del escritor portugués. Si bien, hay que situar cada una con respecto a su texto de referencia: si en El evangelio según Jesucristo Saragamo cargaba sus tintas contra el cristianismo, en referencia a Caín el propio Saramago aclararía lo siguiente: «El Dios de los cristianos no es ese Jehová. Es más, los católicos no leen el Antiguo Testamento. Si los judíos reaccionan no me sorprenderé. Ya estoy habituado». Si la apreciación de Saramago podría ser cierta en el plano pragmático, no deja de ser cierto que el Antiguo Testamento se incluye de la Biblia y que por tanto es un texto canónico para católicos, por mucho que no se consulte tanto como el Nuevo Testamento. Es ese el punto que separa a las divinidades de ambos libros. En Caín ese Dios está cargado de connotaciones abiertamente negativas, entre las que destacan la crueldad, la arbitrariedad y la injusticia ―o una justicia que poco tiene que ver con la humana―.

   El planteamiento entre ambos libros ha de ser necesariamente distinto, debido a la naturaleza dispar de las fuentes en los que se basan. El Nuevo Testamento no deja de ser, básicamente, distintas versiones sobre la biografía de un único personaje: Jesucristo. En el Nuevo Testamento se aglutinan un conjunto de textos más heterogéneos, donde el protagonista es el mismo Dios. Para sustentar su tesis sobre una estructura novelística Saramago debe elegir un protagonista que de coherencia y sirva de enlace entre las distintas historias. De entre todos los personajes bíblicos elige a Caín, condenado a vagar eternamente como castigo por haber asesinado a su hermano Abel. Saramago no es enteramente original en la elección y en el enfoque: Lord Byron ya había elegido el personaje para un drama con el título homónimo donde el asesino aparecía como una inocente víctima enfrentada a Dios. Está claro que Saramago no desea la fidelidad exacta para con las fuentes, sino que son simplemente textos en los que inspirar su propia narración. Así se explica que Abel aparezca como un personaje engreído, malicioso y mezquino, frente a Caín, que como se ha dicho es simple víctima. Con la muerte de Abel a manos de Caín Saramago plantea una de las cuestiones más complejas del libro: la omnisciencia de Dios es un atributo que entra en violenta contradicción con el libre albedrío del ser humano. Dicho con otras palabras, Caín fue libre para matar a Abel, pero Dios debía saber de antemano que su preferencia por Abel y su desprecio hacia Caín desencadenaría la muerte del primero. Es por eso que Caín insiste en que dios ha colaborado en la muerte de Abel, en que ha sido el «autor intelectual» del crimen. Al comienzo de la batalla dialéctica que Caín y Dios tendrán varias veces a lo largo del libro Caín reprocha lo siguiente a la divinidad: «Como tú fuiste libre para dejar que matara a abel cuando estaba en tus manos evitarlo, hubiera bastado que durante un momento abandonaras la soberbia de la infalibilidad que compartes con todos los demás dioses, hubiera bastado que por un momento fueses de verdad misericordioso».

   Este problema teológico se plantea en numerosas ocasiones a lo largo de la novela. Así ocurre con los padres de Caín, Adán y Eva. Referido al episodio del pecado original Saramago comenta: «si realmente no quería que le comiesen de tal fruto, fácil remedio tendría la cosa, habría bastado con no plantar el árbol, o haberlo puesto en otro sitio, o con rodearlo con una cerca de alambre de espino». La crueldad de Dios se basa en la siguiente premisa: debía saber que Adán y Eva comerían del fruto prohibido, por lo que puso el árbol para que cayeran en pecado y expulsarlos del Paraíso. El interés de Dios de poner a prueba a sus fieles es absurdo desde esta óptica: ordena una crueldad tan desproporcionada como pedir a Abraham que mate a su hijo Isaac cuando sabe de antemano que Abraham será capaz de hacerlo y que lo parará en el último momento. Del mismo modo, no tiene reparos en entregar la vida de Jacob al diablo ―con el que le une una relación muy parecida a la de El evangelio según Jesucristo― en una apuesta que de antemano sabe ganada, porque es conocedor de que nada podrá acabar con la piedad de Jacob. Esta cruel arbitrariedad es precisamente la que denuncia Saramago en boca de Caín, que no es sino un alter ego del escritor Nóbel.

   Tras un encuentro inicial con la bruja Lilith en la tierra de Nod ―similar al de María Magdalena con Jesucristo, por su carácter amatorio y sexual―, Caín va pasando por distintos presentes, cada uno de ellos representativos de un episodio del Antiguo Testamento que Saramago quiere revisar. Además de los mencionados ―destrucción del hijo con claras referencias al Nuevo Testamento y destrucción de un ser humano―, Caín asiste a la destrucción de Sodoma y Gomorra, incluyendo a niños inocentes, a la destrucción de Jericó y a la destrucción de la Humanidad entera con el diluvio universal. Este Dios destructivo despierta las antipatías de Saramago, que llega a decir, en boca de Isaac, que «es capaz de todo, de lo bueno, de lo malo y de lo peor», que «es reconroso» o que «enloquece a las personas».

   Si para Saramago los dioses «deberían cargar con todos los crímenes cometidos en su nombre o por su causa», el Dios del Antiguo Testamento no es sólo responsable de las muertes directas que causa, sino de todas aquellas que producen sus fieles, es decir, los judíos. Tres mil son los muertos producidos a los pies del monte Sinaí a causa del becerro de oro, cientos de miles en la guerra santa de las doce tribus que tratan de construir Israel. Frente a esta barbarie Caín ha sido condenado por una sola muerte, pero quién se encargará de condenar a Dios, como dice Saramago: «yo no hice más que matar a un hermano y el señor me castigó, quiero ver quién va a castigar ahora al señor por estas muertes». Ese fanatismo religioso, que convierte a la divinidad en un «dios de los ejércitos» es lo que Saramago critica, aunque con toda la inexactitud que implica generalizar al conjunto de los judíos, que son descritos como un pueblo quejita y cruel. La supuesta alianza entre el pueblo elegido y la divinidad se limita a un pacto de servidumbre: el Hombre sirve a Dios para que Dios sirva al Hombre.

   Caín se lamenta de que «dios debería ser transparente y límpido como cristal en lugar de este continuo pavor, de este continuo miedo». La única salida que encuentra ante tanta injusticia, la única respuesta ante su barbarie, es su negación en forma de ateísmo. Afirma que mató a Caín por no haber podido matar a Dios, pero en su intención está muerto. Simbólicamente esto se expresa a través de la destrucción definitiva de la Humanidad: Caín destruye a la familia de Noé para que no haya segundas oportunidades. Finalmente Caín y Dios vuelven a discutir, como si la herida aún estuviese abierta, intacta desde su nacimiento hasta nuestros días: «lo lógico es que hayan argumentado el uno contra el otro una vez y muchas más, aunque la única cosa que se sabe a ciencia cierta es que siguieron discutiendo y que discutiendo están todavía».

   Seguramente la única lectura exitosa que puede hacerse de Caín es desde lo ajeno a la religión. Desde el ateísmo se caería en el aplauso fácil y desde la fe en la quema directa. Más que contra Dios, Caín ―del que Saramago diría que no es un «ajuste de cuentas»― es un amarga y desacralizadora lectura del Antiguo Testamento. Hija de cierto desarraigo posmodernista muy de nuestros días, esta obra debería formar parte de la historia de los hombres, que como señala el propio Saramago, «es la historia de sus desencuentros con dios». Una visión casi deconstructivista de la Biblia que más que la destrucción de la torre de Babel hay que entenderlo como el intento de superación de una idea desfasada de divinidad. Que cada cual salve de la quema lo que más le interese.

   Este es un libro con carácter

Comentarios

comentarios