Tifón de Joseph Conrad

Tifón de Joseph Conrad

   Al leer Océano mar no es difícil comprobar que Baricco ha leído a Conrad y que ha querido hacer algunos pequeños homenajes. ¿Por qué utiliza sino el italiano el nombre de Almayer para bautizar la famosa posada de Océano mar si no es como guiño a La locura de Almayer de Conrad? Si bien Baricco es muy distinto a Conrad en algunos aspectos ―una prosa menos densa y más insinuante―, en otros tienen importantes puntos en común. El más claro es la concepción ambivalente del mar, su doble interpretación como elemento benigno y maligno, destructor y purificador. En Conrad no podía ser de otra manera: el mar es una constante a lo largo de su obra que no es sino reflejo de una obsesión de raíz puramente biográfica. Sus vivencias como marinero bien pudieron enseñarle esa doble cara del mar. Sin embargo, Baricco alcanza unas cotas de perfección en Océano mar que Conrad, a pesar de intentarlo en Tifón, no logra alcanzar. Y es que el naufragio de Océano mar, ese episodio magistral que da sentido a toda la novela, es por sí solo muy superior a toda esa novelita que es Tifón y que es un intento por describir con pelos y señales el poder destructor del mar.

   Pero que no esté a la altura de no quiere decir ni mucho menos que no sea una obra valiosa. Si a Baricco hay que reconocerle, ante todo, la construcción de Adams, Conrad no se queda atrás en la creación de personajes con alma propia. Un par de años antes de publicar Tifón Conrad había escrito una de sus grandes obras maestras, El corazón de las tinieblas, en donde demostró su habilidad narrativa en el grandioso personaje de Kurtz, equiparable al Jueves chestertoniano. En Tifón el personaje estrella es el capitán MacWhirr. No es extraño que Conrad juegue al gato y al ratón con sus personajes ―ya lo hizo con Kurtz―, lo que MacWhirr dará de sí no se intuye para nada en su presentación: «no presentaba ninguna característica especial de firmeza o estupidez; carecía totalmente de rasgos pronunciados; era sencillamente ordinaria, impasiva e impertérrita». De hecho, el único aspecto que se destaca en su carácter es la timidez, y sin embargo, todos los barcos en los que comandó se caracterizaban por la paz y la armonía. Es un hombre justo, sencillo, que desconoce los desconsuelos de la vida, lo injusta que puede ser en todas sus formas, incluyendo la de mar, a pesar de dedicarle su vida en cuerpo  alma. Capaz de mantener la calma aún en medio de un tifón, la conclusión final a la que llega Jukes es la siguiente: «Yo creo que se salió muy bien parado del asunto, para ser un hombre tan estúpido». Un personaje ambiguo donde los haya, muy conradiano.

   Pero los mejores momentos de la novela de Conrad son, como no podía ser de otra manera, las descripciones que hace del tifón. Por una parte destaca la oscuridad, tanto dentro como fuera del barco, una negrura que también está muy presente en El corazón de las tinieblas, ya desde el título. A pesar de ser de noche y en mitad del mar, con la tenue iluminación de las estrellas, la oscuridad del tifón se impone a la del propio cielo y lo oscurece: «una repentina oscuridad descendió sobre la noche, cayendo ante su vista como algo palpable». Por otra, la violencia colosal del mar: «Fue algo formidable y veloz, como si un frasco lleno de furia se hubiese hecho añicos repentinamente», o como si «todo el mar de China» intentara subir al barco.

   Pero el tifón no sólo es un simple fenómeno atmosférico, también explota dentro de muchos de los hombres que van en el barco. Uno de los objetivos del viaje era trasladar un gigantesco grupo de trabajadores chinos y todas sus posesiones, que son hacinados como animales en las bodegas del barco. Sorprendentemente, cuando el tifón pone en peligro sus desdichadas vidas, se activa lo más miserable de la condición humana. Los continuos vaivenes del barco hacen que sus pertenencias se mezclen y confundan, lo que origina una auténtica batalla campal en la que los marineros no se ven capaces de mediar sin ningún peligro. Desgraciadamente, el comportamiento que Conrad describe es muy habitual en el ser humano: cuando hay grandes desgracias ―terremotos, huracanes, inundaciones, etc.― siempre aparecen desquiciados a los que no les importa poner en peligro sus vidas para aprovecharse de la situación. MacWhirr, a pesar de que se había presentado como un personaje insignificante, demuestra estar por encima de las bajas pasiones e instaura la justicia, primero poniendo fin a los enfrentamientos y más tarde con un reparto equitativo de los bienes entre sus propietarios legítimos.

   Es evidente que Tifón es una obra menor ―sólo hay que ver su reducida extensión― dentro de la producción de Conrad, a la sombra de grandes novelas como El corazón de las tinieblas o El agente secreto. Sin embargo, es un escalón más a tener en cuenta en la construcción de la visión marítima de Conrad, además de ser un estudio ―eso sí, no demasiado profundo― de cómo se activan las pasiones humanas en las situaciones extremas.

   Este es un libro con carácter

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