La pesadilla de John Henry Fuseli

La pesadilla de John Henry Fuseli

   Dentro de poco se cumpliría un año desde que la había conocido. Aún recuerda prolijos detalles del encuentro fortuito y del café de soslayo. Poco más al principio: un par de choques desamparados, diálogos de metro y ascensor. Con el tiempo se fue escamoteando al intermediario, al amigo de un amigo. Fue entonces cuando empezaron las conversaciones noctívagas, de desahogo canalla entre vasos de tubo. El sexo no llegó hasta el séptimo mes, en un acuerdo mutuo de no llegar a mayores. Pero nunca había sido su fuerte cumplir los acuerdos. Todo comenzó con una vaga inquietud noctámbula, una ensoñación insistente que repetía sus ojos en una galería espejada, y que pasó a un sabor agrio de estómago lleno y cabeza nublada. En poco tiempo el recuerdo de su mirada fue llenándole las entrañas y las horas de un sudor frío y espeso. Definitivamente había pasado a mayores.

   Intentó evitarla, olvidarla, pero durante días no pudo pensar en nada que no fuera aquella mirada cobriza, anaranjada a ratos. Con el pensamiento saturado como estaba decidió que algo debía hacer, a pesar de ese terror abisal que se le agolpaba como un nudo en mitad de la garganta. Tenía pánico porque nunca había hecho nada por el estilo y no sabía si sería capaz. Sin embargo, sentía que tenía que hacerlo, o acabaría consumiéndose como un fósforo gastado. Por momentos pensó en idear un arduo plan para que nada quedara en el aire, pero en el fondo sabía que este tipo de cosas es mejor hacerlas en caliente, no vaya a ser que te entre el pánico y te eches atrás.

   Conocía bien su lugar de trabajo y qué horarios tenía, así que esperó durante horas bajo un portal sucio que olía a meados rancios. Finalmente apareció por la puerta del hotel. No se vieron hasta estar casi frente a frente. Tragó un esputo que se le vino a los labios y que le dejó un sabor amargo. A continuación sacó un cuchillo que solía utilizar para cortar el pan y que traía oculto entre los pliegues de la ropa. Con él le rebanó el cuello en un solo tajo. No tenía sentido huir: los numerosos testigos darían buena cuenta de su identidad.

   Los coches de policía no son tan incómodos como había pensado. Por fin ha aclarado su mente y puede pensar en otra cosa distinta a aquellos ojos. Una vasta serenidad se ha apostado en su pecho: ha conseguido arrancar del mundo el prurito de aquella mirada. Lo que aún no puede entender es cómo es posible que un ser humano haya podido acumular tanto odio hacia otro ser humano y que no se le hayan reventado las entrañas en una baba negra y pestilente.

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