Balanza

Balanza

   Después de visitar la Gran Sinagoga de Budapest fuimos a una cafetería cercana para tomarnos un descanso. Era un garito acogedor, tenía un aire vintage con fotografías de Robert Capa, Elliott Erwitt y Henri Cartier-Bresson y música de fondo de Django Reinhardt. ¿Qué más se puede pedir? Mientras esperábamos las bebidas nos llamó mucho la atención un rabino que había en la mesa de al lado, quizá porque no estamos acostumbrados a ver a este tipo de personajes más que en películas. Estaba hablando en inglés con un joven. No podía decirse que fuese una discusión, pero era evidente que el chico estaba nervioso, hacía aspavientos y hablaba con un tono de voz inusualmente alto. Fue lo curioso de la situación lo que, después de una mirada furtiva y cómplice, nos hizo callarnos y poner el oído en la conversación que tenían.

   Parece ser que estaban discutiendo sobre una noticia que había en un periódico que tenían abierto sobre la mesa. En el momento no lo entendí bien, pero parecía ser sobre un tipo que habían condenado a muerte y ejecutado en Estados Unidos por haber envenenado a su bebé. Ya por la tarde estuve buscando información y la historia me dejó sin palabras. Cuando el tipo murió su mujer estaba embarazada de un segundo hijo. Al nacer el niño volvió a caer enfermo como su hermano, y al repetir los análisis quedó demostrado que en lugar de envenenamiento se trataba de una rarísima enfermedad genética. Sin duda fue esa equivocación la que dio más relevancia a la noticia, porque decenas de presos son condenados a muerte y ejecutados todos los años en Estados Unidos y nada se dice sobre ello en la prensa.

   El chico hablaba rápido y entrecortado, haciendo constantes referencias a la ley de Dios, aludiendo a la prohibición de que un hombre quite a otro hombre la vida bajo cualquier circunstancia, y lamentando que en muchos casos la ley y la ética vayan por caminos divergentes. El rabino, que había escuchado toda la perorata casi sin pronunciar una palabra, le dijo al chico que, aun estando en lo cierto, no somos frías máquinas diseñadas para aplicar la palabra de Dios, que somos seres humanos, sometidos a pasiones que sobrepasan el estricto sometimiento a un puñado de leyes morales. El joven insistió en la universalidad de esas mismas leyes y en la obligación que tenemos todos de cumplirlas.

   El rabino permaneció unos instantes callado, como pensativo. Al cabo de unos segundos le preguntó al chico si conocía el problema ético de Jasid Nagar. El joven contestó que no. El rabino le explicó que se trataba de una vieja historia —según dijo era real— que demuestra que en determinadas circunstancias un buen hombre puede llegar a asesinar a otro hombre, o incluso a un inocente, a un bebé. El chico sonrió e hizo una referencia a Abraham y a Isaac, a Job, y a cómo Dios puede ponernos a prueba, a la necesidad de cumplir su palabra, aunque desde nuestra limitada finitud no podamos entender la totalidad del plan divino. El rabino le respondió que no era de eso de lo que hablaba, sino de algo mucho más mundano, algo como lo que le ocurrió a Jasid Nagar.

   Llegado a este punto voy a intentar transcribir lo más fielmente posible las palabras del rabino. No pretendo recoger todos los detalles ni dar una formulación exacta a la historia, simplemente quiero dejar testimonio del contenido.

   —Jasid Nagar era un buen hombre, todo lo bueno que puede ser un hombre hasta que se demuestra que no lo es. Era un buen amigo, un buen vecino, un buen marido, un buen padre, e incluso un buen carpintero, porque este era el oficio que ejercía. Llevaba una vida sencilla, no sin ciertas estrecheces económicas,  con su mujer y sus dos hijos, una niña de cuatro años a la que quería con toda su alma y un niño de diez que era el orgullo de su casa, porque desde pequeño había demostrado dotes para tomarle el relevo en la carpintería. Sin ambiciones, su familia era, al cabo, su consuelo. Jasid Nagar tenía cuarenta y tres años y había vivido toda su vida en una cochambrosa callecita en un humilde barrio de Varsovia.

   »Pero meses después de que Alemania invadiera Polonia, las autoridades alemanas, que eran ahora las que tenían el control de la ciudad, comenzaron a reubicar a la población judía en lo que terminaría siendo conocido como el Gueto de Varsovia. Jasid Nagar, que amaba a su familia más que a nada en el mundo, tuvo que verlos sometidos a penosas condiciones de vida, rodeados de miseria y podredumbre. En la época de las deportaciones al campo de Treblinka, y aun después, cuando el gueto presentó batalla a los nazis, Jasid Nagar hubiera defendido a los suyos con su propia vida. Poco importaba que tuviera un carácter pacífico, que fuera contra sus principios o que estuviera muerto de miedo; no dudó ni un segundo en empuñar su viejo rifle y en disparar contra los alemanes. Hubiera hecho cualquier cosa por su familia.

   »Pero ya sabemos cómo acabó el Gueto de Varsovia: en 1943 los alemanes consiguen entrar en el gueto y lo arrasan a sangre y fuego. Los judíos, agotados, enfermos, desesperados, se ocultan entre los escombros como ratas agonizantes. Previendo lo que estaba por llegar cientos de judíos habían trabajado durante meses construyendo refugios, búnkers, sótanos y todo tipo de escondites camuflados en el subsuelo. Esto, por supuesto, era sabido por las autoridades alemanas, que escudriñaron meticulosamente cada rincón del gueto.

   »He aquí Jasid Nagar y toda su familia en uno de los refugios. Aún no lo sabe, pero ha llegado el momento más difícil de toda su vida. Quiere sobrevivir, pero por encima de todo, quiere que sus hijos sobrevivan. A cualquier precio. Todavía no lo sabe, pero dentro de unos minutos deseará haber muerto en el cerco del gueto, deseará no haber bajado al refugio, no tener que elegir. Jasid Nagar y su familia no son los únicos judíos que hay escondidos en el refugio. Otras familias y la suya misma conforman este retrato grotesco de la desesperación humana. Hay ancianos, hombres, mujeres, adolescentes, niños pequeños, bebés… Uno de esos bebés, en brazos de su madre, está junto a Jasid Nagar y su familia. El pequeño está enfermo, tiene hambre, y seguramente no ha dormido bien en los últimos días. El caso es que empieza a llorar. Y he aquí el dilema ético que se le plantea a Jasid Nagar: si el bebé no se calla no tendrán la más mínima oportunidad de sobrevivir, los soldados acabarán encontrándolos y los matarán a todos. Como un relámpago fulminante la idea atraviesa a Jasid Nagar: la única posibilidad es asfixiar al bebé, quizá matar antes a la madre, que podría ponerse a gritar. Son unos segundos y sin embargo, Jasid Nagar es perfectamente consciente del problema en su conjunto. En uno de los platillos de la balanza están el bebé y su madre, en el otro el resto del refugio, incluyendo a su familia, a sus hijos de cuatro y diez años. Si los alemanes los encuentran todos estarán muertos, incluyendo al bebé y a la madre; si se sacrifican el resto puede tener una posibilidad de sobrevivir. ¿Pero es lícito sacrificar a un inocente en bien de la comunidad? Lo último que tal vez Jasid Nagar pudo pensar antes de tomar la decisión fue que matar al niño y a la madre no era una garantía de supervivencia, que si a pesar de manchar sus manos con sangre inocente los descubrían, lo cual era muy probable, habría tenido que cargar con una culpabilidad demasiado pesada para sus débiles hombros.

   Aquí detuvo el rabino su narración e hizo una pausa solemne. El interlocutor, que había escuchado con gran atención, formuló la pregunta que seguramente todos tenemos ahora mismo en mente:

   —¿Pero qué fue lo que hizo finalmente Jasid Nagar?

   La respuesta del rabino nos dejó atónitos.

   —Lo cierto es que el final de la historia no se conoce, y seguramente es así como debe ser. Se sabe sin embargo que, independientemente de lo que hiciera Jasid Nagar, los alemanes encontraron el refugio, que apresaron a su familia y que los enviaron a Treblinka. Pero la verdadera pregunta que deberías haberte hecho no es qué hizo Jasid Nagar, sino qué hubieras hecho tú en su lugar.

   El joven farfulló que era una situación muy complicada, que era muy difícil dar una respuesta sin vivirla, pero que en todo caso él creía que no hubiera sido capaz de matar al bebé. Sin embargo, al decirlo hubo un cambio en su actitud. Permanecieron en silencio un rato y al volver a hablar cambiaron radicalmente de tema.

   Como nos habíamos terminado el café y la conversación perdió todo interés pagamos la cuenta y nos fuimos. Al salir de la cafetería sólo podía pensar en una cosa: «¿Y tú qué hubieras hecho?».

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