Darío I el Grande

Darío I el Grande

   Alrededor del año 500 a. de C. aparece el primer imperio del mundo: la civilización persa. Un imperio disperso que se extendía miles de kilómetros, desde el Mediterráneo hasta la India. Desde su capital, Parsa ‒más conocida como Persépolis‒, Darío I el Grande gobernaba la vida de millones de personas de más de veinte naciones. Sólo una insignificante parte de ellos vería a lo largo de su vida en carne y hueso al dueño de sus destinos. ¿Pero cómo consiguió imponer su poder en tan vastísimo territorio, formado por tantos súbditos y tan diferentes?

   Darío fue el creador de una estrategia política que jamás antes se había usado: en lugar de guerra y brutalidad ofrecería a sus ciudadanos paz y prosperidad. Con el fin de transmitir este mensaje Darío puso, por primera vez en la Humanidad, el Arte al servicio de la Política. Y para dar cabida a toda su civilización, Darío auspició un arte ecléctico, un arte que combinaba elementos de todo su imperio. Un arte para mostrar al mundo, a los embajadores de todas las naciones, la grandeza y la magnificencia de su rey. No el Darío real, de carne y hueso, sino el Darío estilizado, el icono político.

   La lección de Darío la recogió y perfeccionó Alejandro Magno, que acuñó por todo su imperio miles de monedas con su rostro. Un rostro que quedaría vinculado, aún después de la muerte de Alejandro, durante generaciones, con el poder político y económico. La estrategia propagandística de Alejandro Magno ‒y la de Darío I‒ es tan brillante que ha perdurado hasta nuestros días. En la actualidad, políticos de todo el mundo usan el arte ‒combinado con ciertas dosis de estrategia y de publicidad‒ para transformarse en iconos, que es lo que transmiten a sus ciudadanos. En este sentido no hemos cambiado demasiado en 2500 años, sólo hemos perfeccionado las técnicas.

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