La corporación, el documental

La corporación, el documental

    Si un consumidor se acerca a una empresa con un problema o una queja lo más posible es que, más allá de la típica hoja de reclamaciones, el empleado de turno pueda hacer poco o nada. Si se recurre a una persona con más autoridad, un encargado, tres cuartos de lo mismo. Él es poco más que un simple trabajador y tampoco tiene potestad para tomar decisiones de calado; en realidad, no hace más que actuar según las órdenes que vienen de arriba, según la política de la empresa. Parece como si no se le pudiera reclamar directamente nada a nadie porque nadie parece tener responsabilidades sobre nada, amparándose siempre en una autoridad superior. A ese consumidor ya no le es posible acceder a alguien por encima en la jerarquía, pero si lo hiciera, la historia se repetiría hasta llegar arriba del todo. ¿Y qué ocurre cuando se llega arriba del todo ‒si es que acaso existe un «arriba del todo»‒? Esta anécdota, que tal vez resultará familiar a algunos, es perfectamente aplicable a todo tipo de desaguisados económicos o políticos en lo que a responsabilidad moral respecta.

    Precisamente sobre ese «arriba del todo», que se supone que debería ser fuente de responsabilidades últimas de todas las decisiones que toma una empresa, trata una buena parte del documental La corporación dirigido por Mark Achbar y Jennifer Abbott, y no es sino para cuestionarlo. Podemos ver a un alto directivo como Sam Gibara, presidente de Goodyear Tire, lamentándose de lo limitado que es en realidad su poder y afirmando que las decisiones que tiene que tomar no están bajo su autoridad sino que dependen de un ente superior y abstracto que es la exigencia del propio sistema. Así, es el sistema el que obliga a Goodyear Tire a despedir a cientos de trabajadores y no Gibara, que toma esa decisión por una mezcla de necesidad y obligación, sin que tenga margen para actuar de otra forma. Según Gibara, él es una pieza más, un simple empleado como pudiera serlo el chico de los cafés; parece atribuir la responsabilidad final a los accionistas, que es para los que él trabaja. Pero alguien podría decir con no poca razón que los accionistas tampoco son responsables de tomar decisiones, simplemente ponen dinero y piden resultados.

    También sobre los de «arriba del todo» o sobre las responsabilidades últimas ha escrito recientemente en El País Gabriel Tortella, profesor de la Universidad de Alcalá, un artículo titulado «Los culpables del desaguisado». El señor Tortella afirma sin miramientos, como si la sangre banquera le corriera por las venas, que «si los banqueros han cometido imprudencias o delitos la responsabilidad será de los supervisores», que es lo mismo que decir que si un ladrón roba ‒y la comparación no está elegida al azar‒ la responsabilidad es de las autoridades que lo permiten. Es como si Tortella diera por hecho que el deber del banquero es cometer imprudencias o delitos y el del supervisor evitarlos. Las palabras de Tortella son de una inmoralidad suprema, desde un punto de vista estrictamente kantiano, porque significan descargar la responsabilidad de sus actos fuera de aquellos que los cometen para cargarlos sobre un otro que debe actuar como autoridad moral. Desde luego que el supervisor tendrá responsabilidad pero vaya por delante el autor de la imprudencia o del delito.

    Si hablamos de responsabilidad moral ‒aunque sea la legal la que preocupa a los que toman decisiones‒ no puede recaer sobre entidades abstractas, sobre corporaciones o sobre el propio sistema, porque todos estos son entes que están vacíos de moralidad y necesariamente asumen la moralidad de aquellos que los constituyen. La responsabilidad debe recaer sobre personas concretas, con nombres y apellidos, que toman las decisiones o que deciden acatar las que les vienen de arriba asumiéndolas como propias. Porque todos aquellos que asumen y participan en las decisiones de otros que están más arriba, todos los que asumen que las reglas del juego son las que son y que no es posible hacer las cosas de otro modo, tienen una parte de responsabilidad. Esas supuestas reglas del juego no surgen por generación espontánea, a ellas se ha llegado por las decisiones de personas que son muy responsables de que el sistema sea el que es hoy en día, con sus errores y sus aciertos.

    Es necesario dar un giro a Kant: no despojemos al individuo de la libertad de tomar sus propias decisiones y de ser el dueño indiscutible de sus consecuencias. Quizá los de «arriba del todo» conozcan todos los entresijos para eludir la responsabilidad legal, pero la moral, esa, les acompañará mientras vivan.

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