Zombie planet de David Wellington

Zombie planet de David Wellington

    En 2009 cuando escribí la reseña de Zombie island el mercado editorial era un territorio aún virgen de literatura zombie. Hoy, en cambio, ese panorama se ha ampliado enormemente, en gran medida gracias a la apuesta de Dolmen, que se ha especializado en esta temática con una línea que agrupa multitud de títulos ‒sin desmerecer el trabajo de otras editoriales como Minotauro o Timunmas‒, y al espaldarazo que ha supuesto el cómic The Walking Dead y su adaptación a la pantalla pequeña. Y parece que la figura del zombie, manida ya en reiteradas y reiterativas visiones cinematográficas, llega a la literatura de vuelta de todo. Junto a la tradicional visión del zombie, como podría ser la de Apocalipsis Z, aparecen otras más novedosas, como la trilogía que Wellington cierra con Zombie planet.

    Desde el comienzo de su trilogía Wellington había sorprendido a los seguidores del fenómeno zombie introduciendo algunos elementos novedosos. Por ejemplo, la interpretación de la plaga no como enfermedad sino como energías, lo que daba pie a desarrollar en su sentido más literal la lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte, encarnados respectivamente en la luz y la oscuridad. Pero su apuesta más fuerte es la indroducción de zombies con inteligencia y conciencia, lo que daba pie a desarrollar esa lucha en el interior del propio zombie. Tanto Zombie island con Gary como Zombie nation con Nilla son en gran medida la historia de unos seres humanos que se debaten entre lo poco que les queda de humanidad y sus instintos más primitivos. Pero este nuevo zombie, el lich, en Zombie planet se usa ya de forma un tanto gratuita y repetitiva.

    Aquel lich que se anunciaba en Zombie island, el chico ruso, el Zarevich, conocido como «Príncipe de los Muertos»,una especie de Mesías, parece haberse convertido en el ser más poderoso del planeta y ha organizado un ejército rocambolesco que une muertos y vivos, bajo las órdenes una serie de liches que actúan como lugartenientes. Y si pensábamos que el lich era simplemente un zombie con inteligencia y conciencia el libro matiza esta idea. Los liches aparecen como aberraciones de la naturaleza, deformidades que van más allá del simple zombie, algunos amorfos, otros cubiertos de pelo como si fueran hombres-lobo o casi esqueletos. Pero además de inteligencia los liches tienen frecuentemente poderes sobrenaturales: son capaces de controlar a los zombies, leer la mente, acelerar o ralentizar cualquier forma de vida, hacer crecer vegetación, sanar, hipnotizar, crear ilusiones ópticas, poseer cuerpos, etc. Y si el concepto de lich fue original y fresco al comienzo, a base de repetir se ha convertido en un recurso en el que todo vale y que se aleja tanto del mundo zombie que se podría decir que aquí los zombies son puramente anecdóticos.

    Estos zombies normales ‒que sólo son marionetas que se alimentan de carne viva cuando sus superiores se lo permiten‒ también aparecen deformados, o más bien preparados para la batalla, con las extremidades amputadas y convertidas en peligrosas puntas de hueso afiladas o con cascos para proteger su único punto débil. A veces desde un punto de vista humorísticamente negro, como cuando aparecen como un desfile de piratas de ultratumba propio de Piratas del Caribe: «En el paseo marítimo, un grupo de monstruos se apresuraron a bajar por una pasarela improvisada y se internaron en los bosques de la ciudad irreal, cosas que se caían o arrastraban, cosas sin piernas, monstruos con cuerpos derrotados por la muerte, monstruos que todavía habían de morir. Reían y cantaban himnos y salmos mientras entraban en la playa. En fila de a uno o de dos en dos se internaron en el follaje y desaparecieron de la vista». Curiosamente, los pocos zombies que están al margen de este ejército han sido domesticados por los humanos supervivientes, convertidos en mansos, y se usan para tareas menores, a veces imprescindibles para la supervivencia de los vivos.

    Ese ejército también lo conforman seres vivos, los creyentes. A ellos se les dedica espacio muy puntualmente, pero son un elemento interesante de la novela porque representan algo así como lo que fueron Gary o Nilla en las entregas anteriores pero en el camino inverso. Ahora encontramos a una humanidad descompuesta, sin valores, condenada a la mera supervivencia, donde impera la ley del más fuerte: las personas útiles son las primeras en comer y las que no resultan útiles pasan hambre. Así, cuando lo básico es tener el estómago lleno, no hay tiempo para debatir qué es lo bueno y lo correcto: «Esta gente enferma y hambrienta se agarraban a la vida a duras penas con las uñas. Sus vidas estaban regidas por el miedo y la muerte constantes». Y en un mundo decadente, destruido por los zombies, el Zarevich, el rey de las aberraciones, es el único capaz de llenar los estómagos. El ser humano se ve obligado a dejar de lado las leyes morales de la civilización para entregarse a la barbarie de aquellos que han destruido el mundo, sin plantearse que tengan que ponerse del lado de sus enemigos para enfrentarse a otros seres humanos. El Zarevich representa de forma ambigua ‒ambigua, porque sus propósitos no llegan a estar del todo claro a lo largo de la novela‒ la esperanza en el futuro de un mundo reconstruido, aunque un mundo, al fin y al cabo, dominado por estas aberraciones. Entre estos seres humanos hay dos personajes que se retoman de Zombie island, Ayaan y Sarah. Ambas son las dos opciones que tiene el ser humano frente a esta situación extrema.

    Ayaan es el humano que se convierte, tanto física como espiritualmente. Desde un primer momento tiene muy claro cuál es su prioridad: mantenerse con vida pase lo que pase, independientemente de los sacrificios que ello conlleve. Cuando muere, su conversión en lich no es necesaria ni directamente el paso a la maldad. La prioridad ahora será más o menos la misma, mantener su cuerpo sin vida intacto, sobrevivir. En un principio sobreviven al cambio su humanidad interior, sus convicciones y creencias. Todo comienza como un enrevesado plan para acabar con el Zarevich. Pero a medida que Ayaan va conociendo en profundidad ese mundo destruido, esa otra opción de sobrevivir aliándose con los zombies, esa posibilidad de reconstruir un mundo nuevo, irá cambiando su forma de pensar: «allí había algo más, una insinuación, una promera de que podrían vivir, que podrían sobrevivir en sus propios cuerpos. Que podrían conocer este nuevo mundo en su propia piel y, aún así, salvarse». El cambio es gradual y sutil: finalmente cuando tiene que posicionarse se pone de parte del Zarevich y le salva. A partir de ese momento se convertirá en una seguidora más y defenderá al Zarevich, única esperanza de un futuro mejor, con su propia no-vida, no dudando en enfrentarse incluso a su querida Sarah.

    Sarah es la otra cara de la moneda. Debido a su juventud ‒y no hay que olvidar que han transcurrido doce años desde que empezó la epidemia‒ su conexión con el mundo antiguo es menos acentuada, ya que se trata de un mundo que ella prácticamente no ha llegado a conocer. Su capacidad para ver las energías, la luz y la oscuridad, indica que no es un ser humano normal. No se mueve por grandes ideales de humanidad ni justicia, es la simple amistad para con Ayaan y la venganza para con el Zarevich lo que le hace cruzarse el mundo entero detrás de ellos. Su misión, siempre controlada por un turbio y oscuro personaje, es un tanto ambigua y desdibujada, y sólo se explica en los capítulos finales. Sus convicciones parecen tambalearse cuando se encuentra con algunos de sus seres queridos, su padre y su amiga y mentora, convertidos en liches. Por una parte no puede olvidarse del vínculo que les unía a ellos, y por otra parte siente repulsión por aquello en lo que se han convertido. No duda ni un segundo en que su deber para con Ayaan es eliminarla, sin embargo, el sentimiento que le produce su padre es mucho más complejo y contradictorio.

    De hecho, Dekalb no parece tener otro cometido más que este en la trama. La aparición de la pareja formada por Dekalb y Gary resulta un tanto gratuita, ya que poco o nada aportan. Parece por una parte, como si Wellington se hubiera empeñado en introducir en la última novela a los personajes más importantes de las anteriores ‒no solo a Dekalb y a Gary, sino también a Nilla‒, conformando una especie de estructura en tesis, antítesis y síntesis; por otra, pone de manifiesto el símbolo más importante de la trilogía: «el bien y el mal enzarzados en una batalla épica» para toda la eternidad. En cualquier caso, Gary aparece como el ser más deforme de todos, un ser que sólo esboza mínimamente su primitiva forma humana: «Era una calavera, una calavera humana sin mandíbula inferior. Unos ojos increíblemente humanos miraban desde sus cuencas oculares. Seis patas articuladas similares a las de un cangrejo sobresalían de la parte inferior y la transportaban con pequeños y rápidos pasos de crustáceo lejos de Sarah». El papel de Nilla también parece bastante secundario, aunque es crucial en el último momento: no es un ser humano el que acaba salvando a la Humanidad sino un zombie.

    Otros personajes que desfilan por la novela son también ajenos al mundo tradicional de los zombies, pero familiares en la historia. Son las momias, un tipo especial de no muertos, ya que no se alimentan de carne humana y mantienen cierto nivel de inteligencia, y el espíritu de Mael Mag Och, alojado en un corazón dentro de un frasco. Mael, al ser el único personaje que tiene cierto protagonismo en las tres novelas, es el que da coherencia a toda la trilogía. De hecho, el mundo de los espíritus y de la magia va cobrando cada vez más importancia a lo largo de la historia.

    La explicación que se ofrece del apocalipsis, sobre todo en Zombie nation, poco tiene de científica. Más que de ciencia, en las pocas ocasiones en las que aparece en el libro, habría que hablar de pseudociencia, con algunos conceptos que provocan más la risa que otra cosa. Pero no es hasta bien avanzada la tercera parte de la trilogía cuando aparece claramente la palabra «magia», cuando aparece un brujo, con cierto sentido de religiosidad, que se alimenta de los muertos para conseguir su inmortalidad. Y esta brujería aparece en su sentido más burdo, como paganismo y amuletos de protección: «Allí había algo malo, algo que necesitaba media docena de signos de brujería para mantenerlo encerrado». En ciertos momentos la novela parece más una fantasía épica con hechiceros negros que una historia de zombies al uso.

    Así, lo que pudo tener de original el planteamiento de Wellington en la primera novela se va echando poco a poco a perder hasta desembocar en un sinsentido que está muy alejado del mundo zombie. Zombie planet no sólo no era necesaria para cerrar la trilogía, porque no aporta nada significativo, sino que además se hace pesada de leer debido a su lentitud y a lo enrevesado de la trama. Eso sí, con esa lentitud en el ritmo contrasta un final apresurado, que se resuelve en unas pocas páginas, cuando todo parece perdido para la Humanidad bastan un par de frases ambiguas para salvar al mundo. A veces da la sensación Zombie planet de película gore de serie B, recreándose gratuitamente en descripciones macabras y en situaciones violentas, como bien lo demuestra el momento final. Como lectura anecdótica del fenómeno zombie puede ser curiosa, pero para eso basta con leer las dos primeras entregas. Este tercer título es completamente prescindible.

 

    Reto 2012: A leerse el mundo

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