Siete maneras de decir manzana de Benjamín Prado

Siete maneras de decir manzana de Benjamín Prado

    Dámaso Alonso entendía la poesía como un abismo insondable y la labor del estudioso de la poesía como un acercamiento al borde del abismo justo antes de la caída, para asomarse y transmitir al resto de los mortales aquello que viera entreverado por la oscuridad y por el misterio. En el fondo, para Dámaso Alonso, a pesar de todas sus idas y venidas críticas, quedaba algo oculto que era intransmitible. La visión de Dámaso Alonso es muy interesante y útil, no sólo porque sea uno de nuestros más insignes filólogos y críticos literarios, sino porque su calidad como poeta está más allá de toda duda con obras de la grandeza de Hijos de la ira. Muchos han sido los poetas, convertidos al mismo tiempo en críticos literarios, que antes y después de Dámaso Alonso se han parado a analizar el proceso que les lleva al poema o la naturaleza de ese artefacto al que llamamos poema. Los resultados no pueden ser más dispares y parecen necesariamente condicionados por el contexto histórico y estético en el que se encuadre el poeta. Dicho de otra forma, cada poeta tiene su método de trabajo y los resultados no tienen por qué ser los mismos, a pesar de que todos ellos puedan ser identificados como poemas. Ante semejante disparidad sólo quedan dos conclusiones: por una parte, la poesía no se encuentra tanto en el poema en sí, que no deja de ser un conjunto de palabras combinadas de una determinada forma, como en el lector, que es el que da lo que se podría llamar el sentido poético a ese conjunto de palabras; por otra, la opinión del autor es parcial, es una de las posibles interpretaciones que se pueden hacer del poema, pero la obra sobrepasa al hombre y amenaza con oscuridades inexplicables. Ya lo dijo Jorge Guillén en «El hombre y la obra»: «Contemplar la obra, olvidar al hombre».

    En Siete maneras de decir manzana Benjamín Prado nos ofrece una de esas visiones particulares de la creación poética, interesante por ser la de un poeta pero no necesariamente la única. El problema quizá de la visión de Prado es que se expresa desde la certeza del poeta es completamente consciente de su trabajo, al hablar de la poesía lo hace como aquel que está en posesión de la verdad absoluta. Al empezar su ensayo define la poesía ‒naturalmente‒ a través de aquello que no considera poesía. Y en su discurso demuestra que para él es poesía lo que hoy en día, desde la visión desengañada de la postmodernidad, se considera poesía, pero su punto de vista excluye, por no ir más lejos, lo que hace cuatro siglos pudiera ser considerado como poesía. Para Prado todo puede tener su espacio en el poema, no hay ni temas ni palabras descartadas a priori, y todo lo que se aleje de esta postura no sólo no es poesía sino que además es un ataque encubierto al verdadero concepto de poesía. Pero si bien hoy en día el concepto de Prado es el que más aceptación tiene entre poetas y lectores de poesía, no hay que olvidar que no siempre ha sido así y que para llegar al punto en que nos encontramos ha sido necesario andar un largo camino que se ha ido construyendo a medida que se construía la Humanidad. Una de las posibles definiciones de poesía, hija de los tiempos que corren, es la que da Prado: «Un gran poema no se limita a describir las cosas, ni tampoco a enumerarlas; más bien las inventa o las reconstruye, las saca de la oscuridad y las transforma. Un gran poema no es el inventario de un tesoro, sino una forma de desenterrarlo».

    El hilo conductor del ensayo es una frase de Rainer María Rilke: atreveos a decir lo que llamáis manzana. Antes de escribir el poema el poeta, de forma más o menos consciente, toma una serie de decisiones que condicionan el resultado final y convierten el poema en un éxito, en un fracaso, o en una entidad indiferente, que no es sino otra forma del fracaso. Prado va deteniéndose en cada una de estas decisiones, de estos elementos que son los pilares que constituyen el poema, las siete maneras distintas de rebautizar una manzana para que deje de significar una simple manzana y aprendamos a verla con otros ojos. Parte de un determinado concepto de poesía, porque si partiera de otro el resultado sería distinto, y se detiene en el tema, el estilo ‒el tono como uno de sus componentes‒, el ritmo, la metáfora y el silencio.

    Aunque la visión de Prado es muy personal, su discurso se construye a la manera borgiana, a través de complejo entramado de citas de los más diversos poetas. Por las páginas de Siete maneras de decir manzana desfilan autores como Ezra Pound, Yorgos Seferis, Octavio Paz, Luis Cernuda, Rilke, Auden, Jorge Guillén, Bécquer, Celan, Eliot, Valéry, José Ángel Valente, Robert Lowell, Gil de Biedma, y muchos más que sería prolijo enumerar. Prado utiliza a estos autores como argumentos de autoridad: «Partir de lo que ellos han dicho en sus libros de crítica literaria me parece un método fiable, porque el valor de sus teorías está avalado por el de sus versos. Cualquier lector sensato atenderá con respeto los juicios sobre poesía de un hombre como Paul Valéry, capaz de crear El cementerio marino». El resultado final es un estilo farragoso por momentos, porque introduce tantas citas que es difícil a veces saber qué dice Prados entre referencia y referencia.

    Y como decía al principio, son todas visiones muy personales de lo que es la poesía, muchas de ellas contradictorias, y por tanto no necesariamente coincidentes con un supuesto concepto absoluto de la poesía. Y es aquí donde Prado trampea su discurso. Él ya tiene una definición de la poesía y una idea del proceso de creación, una idea que seguramente se ha montado leyendo a muchos de estos autores, pero una idea cerrada al cabo, una idea que difícilmente parece abrirse a nuevas posibilidades. Va seleccionando de cada poeta aquello que le interesa, aunque a veces ‒muy a veces‒ tiene la humildad de introducir también lo que no le interesa. Así, cuando Valéry, al que primero a elevado al Parnaso de los poetas, define la metáfora como «lo que sucede cuando se miran las cosas de cierta manera, como un deslumbramiento es lo que ocurre cuando se mira el sol», Prado no duda en afirmar que Valéry conduce a sus lectores a «al matadero de un enorme error y negándose a sí mismo, negando la profunda inteligencia que late en los versos de La joven parca o El cementerio marino». O tras introducir una reflexión de Marina Tsvietáieva, «sólo se puede reflexionar sobre una obra de forma retrospectiva, yendo del último paso que se dio hasta el primero: recorrer con los ojos abiertos el camino recorrido a ciegas», afirma que es preferible «achacarla a un desliz o a un mal pensamiento, olvidarse de ella y centrarnos» en el aspecto que interesa. Finalmente, para descalificar cualquier reflexión que salga de los cauces de su pensamiento utiliza una rotunda frase de Pound: «a veces, conviene calificar parte de la obra de un gran autor con un simple etcétera».

    Pero a pesar de esa cerrazón y del excesivo culturalismo, lo cierto es que leer Siete maneras de decir manzana es una auténtica gozada. La visión poética de Benjamín Prado destila plena conciencia de cuál es la materia de su trabajo. El simple hecho de unir tantos puntos de vista ‒y algunos tan diferentes‒ en un discurso tan personal y coherente es suficiente motivo para que este ensayo sea de lectura obligada para los amantes de la poesía. Si además se entiende ‒y es posible hacerlo‒ como el comienzo de un camino mejor, ya que al final hay un índice onomástico y una completísima bibliografía de todos los autores mencionados. Y hablando de finales, personalmente creo que lo más hermoso del libro es la dedicatoria final, que cómo no, tenía que estar escrita por un poeta: «Este libro está dedicado a Benjamín Prado Rosenvinge, por quien yo rompería, sin dudarlo un instante, todos los poemas del mundo».

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