Un amor en Bangkok de Napoleón Baccino

Un amor en Bangkok de Napoleón Baccino

    La vanidad juvenil me llevó en la temprana adolescencia a dos ejemplares de una colección de obras universales. El primero, La mefamorfosis de Kafka, me deslumbró; el segundo, el Ulises de Joyce, me sobrepasó y se me atragantó haciéndome un nudo en la garganta que me dura hasta hoy. Así, directamente, en vena, sin pasar siquiera por el Retrato del artista adolescente. Cierto es que lo políticamente correcto es venerar la grandísima novela de Joyce, pero yo, que soy más de admirar obras menores, siempre he preferido quedarme con Dublineses. Es quizá por esta antigua rencilla con el Ulises que la lectura de Un amor en Bangkok haya sido tan significativa. No es que la novela del autor de Maluco tenga mucho que ver con la del dublinés, pero sí es el ejemplo perfecto de cómo conseguir una reescritura muy digna del poema homérico, sin pretensiones de obra maestra.

    Con la misma técnica que Unamuno y su Augusto Pérez, Baccino ha combinado en un mismo personaje la grandiosidad del nombre del héroe clásico, Ulises, con la mediocridad de un apellido común, Pérez, para dar, a través del nuevo héroe convertido en antihéroe, la medida del abismo entre la antigua tragedia y el moderno drama. Todo aparece desvirtuado, en clave de humor, un humor que no deja de mirarse en todo momento a un espejo, como riéndose de sí mismo, y que en muchas ocasiones es una carcajada amarga, casi vallinclanesca, de cruel que resulta. Al igual que Ulises es la conexión entre Iliada y Odisea, la novela de Baccino arranca de esa Iliada, convirtiendo la colosal Troya en un viejo baño público, sus muros infranqueables en una endeble puerta que estuvo siempre abierta y los incendios de la ciudad en el fuego de un puñado de colillas. Todo arranca del gesto más absurdo. Sin saber por qué, o peor aún, sabiéndolo, Ulises, convertido en alguacil de un juzgado de paz local, pierde un cartapacio con el inventario de la vieja fábrica inglesa de productos cárnicos. Atormentado por la vergüenza, a la inversa que el Ulises original, escapa cuando la fortaleza cae en manos enemigas emprendiendo un periplo hacia ninguna parte, pero sin poder volver a su hogar porque ha olvidado el camino de vuelta. Las referencias homéricas y mitológicas son constantes: además del propio Ulises aparecen Telémaco ‒su hijo‒, Dédalo y Calipso ‒por supuesto convertida en prostituta‒.

    Pero la historia de Ulises no es sino uno de los tres picos del triángulo que compone la trama de Un amor en Bangkok. Por las páginas de la novela desfilan un hacendado casado y venido a menos que se enamora de una maestra de provincias aficionada a la biología y una telefonista que tiene una tormentosa relación con su madre y que está secretamente enamorada del juez de paz. Y aunque se van desarrollando alternativamente en distintos capítulos, a medida que la novela va avanzando los elementos comunes se multiplican y van convergiendo en un mismo punto. Sobre todo hay cuatro elementos que se van repitiendo en las tres historias aunque con distintas variaciones: la ciudad de Bangkok, la fábrica, un arma y la interrupción del tiempo.

    Bangkok es uno de esos elementos que sin estar presente en ningún momento proyecta una sombra que planea siempre sobre la novela. La caótica ciudad tailandesa, antaño muy relacionada con Montevideo por la industria cárnica, aparece ahora como un exótico e inalcanzable lugar lejano. Allí huyó para no volver jamás el antiguo amante inglés de la maestra. Es el punto de partida de la mentira que la telefonista monta, como si fuera el Gregorio Olías de Juegos de la edad tardía, pero con la seguridad de que no habrá ningún triste Gil que venga a verla desde tan lejos. Por último, Bangkok es la ciudad en la que desemboca el delirio de Ulises. Siguiendo con el juego de relecturas mitológicas, Bangkok bien podría ser ese Olimpo inalcanzable, una especie de más allá, un mundo idealizado poblado por dioses.

    La fábrica tampoco se libra de esa lectura mitológica: qué es la vieja sirena que llama a todos los trabajadores y que reclama la atención aún de todo el pueblo marcando los tiempos. Pero por encima de eso, la fábrica simboliza el eterno enfrentamiento entre Europa y Sudamérica. Son los restos de una época pasada, la del colonialismo inglés. La situación que se plantea no es nueva ni mucho menos: los ingleses abrieron y gestionaron la fábrica con mano de obra local, convirtiendo el pueblo en un próspero centro económico. Para muchos locales lo que ofrecían los ingleses no era un bien únicamente monetario, sino también la oportunidad de enlazar con una cultura ancestral y prestigiosa, de dejar a un lado el pasado puramente gauchesco y convertir Uruguay en «la Suiza de Sudamérica». Pero el dinero manda, y en el momento en que la fábrica deja de ser rentable los ingleses se retiran a zonas con mano de obra más barata ‒como Tailandia‒, abandonando a su suerte a un país que se siente entre traicionado y huérfano. Ese es el punto en el que arranca Un amor en Bangkok, y en gran medida, independientemente de las historias vitales de los personajes, esa es la amargura que hay de trasfondo en toda la novela. Y al haber personajes que defienden ambos puntos de vista, como es lógico se da pie a plantear un interesante debate, en el que Baccino no deja claro por quién toma partido.

    Otro de los elementos comunes a las tres historias es un arma, que no es otra cosa sino la sombra del fatum que planea constantemente sobre los personajes. Este arma aparece en manos de tres personajes que amenazan con el suicidio: el propio Ulises, la mujer del hacendado y la madre de la telefonista. Pero el suicidio aparece cubierto de otros tintes a la vista de la reflexión que hace la maestra sobre el trágico final de Madame Bovary. En su opinión, el suicidio era innecesario y por tanto evitable; un truco de un Flaubert que actuando como un dios sacrifica voluntariamente a uno de sus personajes, como ya hiciera Unamuno en Niebla. Y lo que Baccino parece querer decir a través de la maestra es que si en la historia hay algún suicidio es porque el todopoderoso autor así lo ha querido. Y es aquí donde aparece sobre todo el esperpento de Valle-Inclán, algo que ya se venía intuyendo por el modo en que los personajes se han ido deformando en una caricatura grotesca y trágica de sí mismos.

    El tiempo aparece en la novela casi como un personaje más. Como el Ulises de Joyce, Un amor en Bangkok transcurre también en el corto período de un día, o más bien se podría decir de una noche. Esto exige necesariamente una concentración temporal que se ha llevado a muy buen puerto. En su viaje nocturno Ulises queda transformado en una suerte de Max Estrella, pero poco a poco se va congelando como una de esas estatuas de piedra que ha osado mirar a la Medusa a los ojos. El tiempo ya de por sí era lento, puesto que los dos puntos de referencia, la fábrica y el reloj de la escuela, ya hacía tiempo que habían quedado obsoletos. Sin embargo, en esa noche el tiempo se detiene por completo: todos los relojes parecen pararse al mismo tiempo, marcando la fatídica hora que se venía anunciando casi desde la primera página. Baccino usa con gran maestría este recurso, logrando construir un ambiente de ensueño que reproduce la angustia de los personajes en los lectores.

    En fin, tal vez Un amor en Bangkok no tenga esa chispa de genialidad y no haya hecho los méritos suficientes como para considerarse una obra maestra, pero desde luego, es una novela que se construye acierto tras acierto, que se deja leer muy bien ‒es breve y su estilo no es farragoso‒ y que antes sorprende que decepciona. Merece la pena leerla.

   Reto 2012: A leerse el mundo

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