El arte del lipograma

El arte del lipograma

    Un lipograma es un texto en el que se omite sistemáticamente una o varias letras del alfabeto. En su Histoire du lipogramme Georges Perec afirma que se remonta al siglo VI a.C., cuando Laso de Hermione suprimió la letra sigma en su Oda a los centauros y en su Himno a Démeter, del que sólo se ha conservado el primer verso. Siglos más tardes, en el III d. C., Néstor de Laranda reescribe la Iliada en forma de lipograma, suprimiendo una letra por cada uno de los 24 cantos ‒la alfa del primero, la beta del segundo, y así sucesivamente‒, aunque tampoco nos ha llegado el texto. Su hazaña fue imitada en el siglo V por Trifidoro de Sicilia, o al menos a él se le atribuye, que hizo lo propio con los 24 cantos de la Odisea.

    Se cuenta que Gottlob Burmann tenía tal fobia a la letra R que siempre la evitó en sus poemas. En sus últimos años de vida incluso dejó de pronunciar cualquier palabra que contuviera la letra maldita, lo que por supuesto incluía su propio apellido.

    En castellano también contamos con un ilustre lipogramatista, Alonso de Alcalá y Herrera, que publicó en 1641 bajo el título de Varios effetos de amor en cinco novelas exemplares un volumen con cinco novelas cortesanas donde omite en cada una de ellas una de las cinco vocales. Además del esfuerzo lipogramático, Alonso de Alcalá tenía influencia culterana, lo que convierte a estas novelas en textos singulares, difíciles de leer.

    En nuestra época el gran escritor de lipogramas debe ser considerado Perec. En su novela negra La disparation consigue evitar a lo largo de trescientas páginas la letra E, la más habitual en francés. Su traducción al español, con el nombre de El secuestro, trata de emular semejante prodigio y evita usar la letra más frecuente en español, la A. En 1972 Perec da una vuelta de tuerca más a los lipogramas y escribe Les reverentes, el reverso de su primera novela lipogramática, porque se trata de un texto en el que sólo aparece la letra E y desaparecen el resto de vocales. Algo que ya había practicado, como no podía ser de otra manera, Rubén Darío en su relato «Amar hasta fracasar» con la letra A.

Comentarios

comentarios