Little Nemo in Slumberland

Little Nemo in Slumberland

    El 15 de octubre de 1905 nace en el New York Herald de la mano de Winsor McCay Little Nemo in Slumberland. Considerado por muchos el hermano pequeño de Yellow Kid, ese muchacho feíto y amarillento, Little Nemo es oficialmente el primer gran clásico de la historia del cómic. ¡Y qué estreno! El pequeño Nemo es al cómic lo que Méliès al cine. Sólo tres años antes el mago cinematográfico había anonadado a un público todavía inocente en su Viaje a la lunacon la célebre imagen de un cohete impactando sobre un ojo del satélite; un icono sobre el que McCay volvería después. Pensar que la historia del cómic abre su primera página con Little Nemo es como intentar imaginar que la literatura hubiera dicho sus primeros balbuceos con la Alicia de Lewis Carroll, que la pintura hubiera nacido con Dalí ‒y faltaban todavía doce años para que Apollinaire inventara el surrealismo‒ o que la música diera sus primeros pasos con Louis Armstrong, por seguir un poco con el giro cronopiesco-cortaziano.

    A Little Nemo lo conocí hace muchos años, de manera completamente fortuita. No exagero si digo que ver esas inmensas páginas dominicales a todo color me llegaban a sobrecoger. Con su estilo art nouveau era como estar delante de una versión infantil de los paraísos del Bosco, cuando yo todavía no podía ni imaginar que hubiera alguien que tuviese ese nombre. Paraísos que con frecuencia se llenaban de un infierno oscuro y violento, nada infantil, cuando el sueño se convertía en pesadilla. La historia, repetida una y otra vez hasta la saciedad, era lo de menos. El pequeño Nemo, con su pijama de arlequín picassiano, caía una y otra vez en los abismos de Morfeo, para volver de golpe y porrazo en la última viñeta a la cruda realidad. Poco a poco se fueron sumando personajes, incluyendo a Flip, que parece la versión adulta y trasnochada de Yellow Kid, con su sombrero de copa que lleva escrito «Wake up».

    Pero la estética no es lo único sorprendente de Little Nemo. McCay supo exprimir al máximo las posibilidades de un género que apenas nacía. Jugó con la página como nadie, rompiendo la rígida estructura que la división en viñetas imponía. Para McCay todo lo que pudiera soñarse podía dibujarse. Muchos de esos recursos se han usado más modernamente como si fuera un invento de anteayer.

    Casi seis años duró la vida primera del pequeño Nemo. Hasta 1911. El tirón había sido grande. Así que después volvería para publicarse en otros periódicos, en el New York American, o años más tarde de nuevo en el New York Herald; más adelante se intentó resucitar varias veces bajo la mano del propio Nemo, Robert McCay, el hijo de Winsor McCay, que había inspirado al personaje del pequeño soñador. Todo en vano. La frescura del primer Nemo jamás volvería a repetirse.

    Little Nemo se ha convertido a lo largo del siglo XX en un icono que ha inspirado, directa o indirectamente, infinidad de obras. En ella se basan tarjetas postales, creaciones musicales, libros para niños, un par de obras cinematográficas, y, por supuesto, una presencia constante en el mundo del cómic, ya sea en forma de inspiración o de parodia. A la lista hay que añadir ahora el alucinante doodle que Google ha dedicado a Winsor McCay y a su Little Nemo. La revisión del clásico es un homenaje que tiene todo lo mejor del Nemo de toda la vida sin renunciar a la interactividad de los doodles. Vemos al pequeño Nemo cayendo debajo de su cama al surrealista mundo de Slumberland, rebautizado como Googleland, por el que desfilan todas las letras de Google, hasta caer de nuevo sobre su cama.

    Si a alguien le ha picado la curiosidad y quiere saber más sobre Little Nemo no es demasiado difícil de conseguir. En inglés, las obras de McCay, incluyendo esta, son de dominio público desde 2005. En español no existe una edición completa de su obra, pero hay un buen par de antologías de edición coleccionista en Norma Editorial, eso sí, a un precio prohibitivo. Mejor el inglés. Y para muestra un botón.

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