Los hijos de los días de Eduardo Galeano

Los hijos de los días de Eduardo Galeano

    Con los libros de Eduardo Galeano me pasa como con la Biblia: imagino que debo haber leído El libro de los abrazos completo varias veces, a trozos, y en distintos momentos de mi vida, pero no tengo ninguna prueba empírica de que no me haya dejado ningún pasaje en el tintero. Creo que hay algunos autores como Galeano, de escritura fragmentada, que hay que leer fragmentadamente, en pequeñas dosis. Y no hay otra forma de leerlos.

    Algo así pasa también con Los hijos de los días. Que es Galeano en estado puro. Empezando por su hibridismo y pasando por su dificultad para clasificarlo. En él hay algo de ensayo y algo de microrrelato, a ratos es poesía y a ratos se levanta como un grito inconformista. El nexo de unión entre estas 366 historias es tan débil y tan arbitrario como lo es el tiempo en cualquier calendario. Una historia para cada día del año. Un relámpago, habría que decir. Lo normal, lo normal en Galeano, es el fulgor, el resplandor instantáneo, cuanto menos deslumbrante, y a veces hasta perdurable. Una píldora de Galeano al día. A veces efemérides, díasde, y otras tantas, textos que bien podrían corresponder a cualquier día, excusas para hablar de lo que Galeano suele hablar, de historias sorprendentes o curiosas, de medias historias, de detalles insignificantes que se vuelven gigantescos bajo la lupa escrutradora, de personajes engrandecidos por la Historia o de seres anónimos, porque la Historia con mayúsculas se escribe con ambos.

    Y el pegamento que une toda esta masa informe, eso sobre todo, es también Galeano. Es la denuncia de la injusta situación por la que han atravesado casi todos los países Hispanoamericanos, como la dictadura de Videla en Argentina o la cesión del agua que Pinochet hizo a Endesa en Chile. Muchas veces, como en este último caso, estas situaciones injustas se derivan del deseo civilizador tras el que se esconde la hipocresía occidental de toda la vida. Ocurrió con el reparto europeo de África ‒entiéndase de sus diamantes, su marfil, su petróleo, su caucho, su estaño, su cacao, y sus esclavos‒ en nombre de la Civilización y del bienestar moral; con la guerra del opio; o con la inferencia de las grandes empresas petrolíferas ‒la Standard Oil‒ sobre países como Arabia Saudita, que explica las buenas relaciones de este país con occidente. Por supuesto arremete directamente contra EEUU, un país que «ha invadido y sigue invadiendo a casi todo el mundo» y cuyo Ministerio de Guerra cambió el nombre por Ministerio de Defensa. Esa misma hipocresía que lleva a considerar a Mandela o a Gandhi como personajes potencialmente peligrosos.

    La Iglesia, que no pocas veces ha alentado esa injusticia, tampoco queda a salvo de sus críticas. Una iglesia que condenó a la hoguera a Giordano Bruno o a la retractación a Galileo Galilei y a los que siglos después pide perdón al mismo tiempo que nombra santo al cardenal de la Inquisición Roberto Bellarmino. O una iglesia que fomentó la esclavitud de los indios vendiendo la salvación de los pecados a precio de piedras en la construcción de iglesias en el Nuevo Mundo. Tampoco hay que olvidar las palabras del sacerdote francés Jean-Baptiste Labat, que había dejado escrito en 1742 que «los niños africanos de diez a quince años son los mejores esclavos para llevar a América».

    Es también la defensa de lo local, de lo indígena, de sus creencias religiosas y de su modo de vivir; la defensa de la mujer, a través de personajes rompedores como Hedda Sterne, Susan La Flesche o Nellie Bly, o de mujeres guerreras que se negaron al conformismo de un mundo gobernado por hombres, como Juana Ramona la Tigresa, Carmen Vélez la Generala, Ángela Jiménez o Encarnación Mares; y por supuesto, la defensa del progresismo, muchas veces encarnado en personajes tan adelantados a su época que se les consideró dementes, como el cubano Carlos Finlay, conocido por su obsesión por los mosquitos y que llegó a desarrollar una vacuna contra la fiebre amarilla.

    No todas las entradas tienen la misma calidad, pero hay un buen puñado de frases de esas que por sí solas justifican un libro entero. Como cuando Galeano dice que «si la naturaleza fuera banco ya la habrían salvado» o aquello otro de «los primeros libertadores de París fueron españoles que pensaban que después España sería liberada, se equivocaron».

He aquí una muestra al azar de lo que el lector puede encontrar en Los hijos de los días:

   Invisibles

 

   Hace dos mil quinientos años, al alba de un día como hoy, Sócrates paseaba con Glaucón, hermano de Platón, en los alrededores del Pireo.

 

   Glaucón contó la historia de un pastor del reino de Lidia, que una vez encontró un anillo, se lo colocó en un dedo y al rato se dio cuenta de que nadie lo veía. Aquel anillo mágico lo volvía invisible a los ojos de los demás.

 

   Sócrates y Glaucón filosofaron largamente sobre las derivaciones éticas de esta historia. Pero ninguno de los dos se preguntó por qué las mujeres y los esclavos eran invisibles en Grecia, aunque no usaban anillos mágicos.

 

 

   Día de la alfabetización

 

   Sergipe, nordeste del Brasel: Paulo Freire inicia una nueva jornada de trabajo con un grupo de campesinos muy pobres, que se están alfabetizando.

 

   ‒¿Cómo estás, João?

 

   João calla. Estruja su sombrero. Largo silencio y por fin dice:

 

   ‒No pude dormir. Toda la noche sin pegar los ojos.

 

   Más palabras no le salen de la boca, hasta que murmura:

 

   ‒Ayer yo escribí mi nombre por primera vez.

 

 

   Receta para tranquilizar a los lectores

 

   Hoy es el día internacionalmente consagrado al derecho humano a la información. Quizá sea oportuno recordar que un mes y pico después de las bombas atómicas que aniquilaron Hiroshima y Nagasaki, el diario The New Tork Times desmintió los rumores que estaban asustando al mundo.

 

   El 12 de septiembre de 1945, este diario publicó, en primera página, un artículo firado por su redactor de temas científicos, William L. Laurence. El artículo salía al encuentro de las versiones alarmistas y aseguraba que no había ninguna radiactividad en esas ciudades arrasadas, y que la tal radiactividad no era más que una mentira de la propaganda japonesa.

 

   Gracias a esta revelación, Laurence ganó el Premio Pulitzer.

 

   Tiempo después, se supo que él cobraba dos salarios mensuales: The New Tork Times le pagaba uno, y el otro corría por cuenta del presupuesto militar de los Estados Unidos.

    Un calendario muy especial, muy del estilo Galeano, como dice la contraportada del libro, «capaz de revelar todo lo que esconde la sucesión previsible de los días». Aunque sea, incluso, para una lectura esporádica y casual. Tiene la virtud de iluminar los días con una nueva luz.

 

    Reto 2012: A leerse el mundo