Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Muñoz Suaz, en casa de Carmen Balcells, en Barcelona (1974)

Gabriel García Márquez, Jorge Edwards, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Muñoz Suaz, en casa de Carmen Balcells, en Barcelona (1974)

    Parece ser que alguien ha decidido ‒curiosamente la Cátedra Vargas Llosa‒ que el boom cumple ahora cincuenta años. Pero esto, por cierto, es tan poco exacto como arbitrario. Es cierto que en 1963 se publicaron grandes obras del boom ‒Rayuela o La ciudad y los perros, por citar las más significativas‒, pero ni mucho menos se ha considerado unánimemente como el inicio. Más o menos hay consenso al considerar sus comienzos en torno a principios de los años 60. Para Fernando Alegría el boom arranca en 1959 con Hijo de hombre de Roa Bastos. Un punto de vista más extremo es el de Donald Shaw, que lo atrasa hasta 1949 con Hombres de maíz de Miguel Ángel Asturias. La confusión puede llegar a extremos insospechados. Radolph D. Pope señala varios antecedentes fundacionales: El señor presidente de Miguel Ángel Asturias (1946), El túnel de Sábato (1948) o El Pozo de Onetti (1939). Ahora bien, la elección que se ha hecho de 1963 como año del comienzo del boom para organizar el congreso «El canon del boom» tiene un único objetivo: señalar a La ciudad y los perros como la obra fundacional. No deja de ser significativo que Mario Vargas Llosa pronuncie la conferencia inaugural mientras que García Márquez ni siquiera participe. No podía ser de otra forma habida cuenta de quién organiza el cotarro.

    No es necesario dedicar siete días a hablar sobre el canon del boom para saber que es un concepto problemático. Tan problemático como podría serlo un canon de escultores renacentistas, de pintores impresionistas o de escritores del 27. Ni más ni menos. Las acusaciones son siempre las mismas. Andrés Neuman ha hecho repaso sobre ellas en sus microrréplicas: se utilizan dudosos criterios cronológicos que parecen ser más fruto del azar que de reflexiones estéticas meditadas; abunda un género determinado mientras el resto queda relegado al olvido; la mujer queda en un escandaloso segundo plano; las obras y los autores que generalmente se incluyen en la lista son demasiado dispares.

    Sobre esto último habría mucho que decir. Los manuales de literatura se empeñan en repetir una y otra vez las características generales del boom. De ellos se ha dicho que es una nueva forma de ver la literatura y el mundo, más internacionalista, que salen de un regionalismo mal entendido y que vuelven sus ojos hacia una literatura más globalizada, con influencia americana de los autores de la generación perdida o con una mayor proyección editorial europea, fundamentalmente a través de Barcelona. Se ha señalado el realismo mágico ‒o lo real maravilloso de Carpentier‒ como característica en algunos de ellos, el conocido movimiento McOndo, con García Márquez a la cabeza. Se ha dicho que con la Revolución Cubana de 1959 muchos de ellos se agruparon en torno a unas ideas políticas afines. Y también se ha hablado de la amistad, recogida en innumerables testimonios, como en la Historia personal del boom de Donoso.

    Pero parece que todas estas características ‒y todas las que no he dicho, que son más‒ no son suficientes para afirmar el boom con rotundidad. Los manuales, como siempre, a base de simplificar la realidad acaban por mentir. El canon del boom, por mucho que le dediquen estudios y congresos, no puede establecerse sencillamente porque el boom como fenómeno literario no existe. El boom es un fenómeno básicamente editorial. Damián Tabarovsky lo tenía claro cuando escribió aquello de «hace falta tener una Carmen Balcells, o alguien como Carmen Balcells, o a muchos como Carmen Balcells». No en vano García Márquez la llegó a llamar la «Mamá grande del boom». Y es que esta «mamá» llegó a gestionar los derechos de autor del propio García Márquez, de Vargas Llosa, de Cortázar, de Carlos Fuentes, de Onetti, de Donoso o de Bryce Echenique.

    ¿Y qué sería del boom sin Barcelona? Por ella pasaron casi todos los escritores durante los años 70. Vargas Llosa y García Márquez vivieron años allí. También Donoso. Carlos Fuentes y Cortázar estuvieron de paso en muchas ocasiones. ¿Qué sería del boom sin Carlos Barral, que hizo grande a Vargas Llosa, a Donoso o a Cabrera Infante? ¿Qué sería de Cortázar sin Francisco Porrúa, que apostó por Las armas secretas? ¿Qué decir del papel de editoriales como Sudamericana, Losada o Seix Barral? Baste recordar que fue Sudamericana quien publicó Rayuela y Cien años de soledad y que Seix Barral hizo lo mismo con La ciudad y los perros. ¿Qué decir del premio Biblioteca Breve? Ahí es nada.

    Y yo me pregunto a estas alturas: ¿qué sentido tiene darle vueltas a un canon que no es literario sino editorial? Cualquier intento de sistematizar la estética de estos escritores es un espejismo condenado al fracaso. Pero eso sí, vende bien de puertas para afuera. Por eso, mi propuesta particular es la siguiente: en lugar de reunir a escritores y críticos de España y América Latina que se reúnan editores, y en lugar de discutir sobre temas tan peregrinos como el poscolonialismo en El sueño del celtao los arquetipos sexuales en la obra de ‒¡cómo no!‒ Vargas Llosa, se hable del boom desde el punto de vista más estrictamente editorial. Ahora ya sólo nos queda decidir qué es eso de hablar del boom desde el punto de vista más estrictamente editorial.