Autorretrato

Autorretrato

    Sobre el hiperrealismo he oído decir muchas veces que cae en la mera repetición técnica, en el aburrimiento academicista. No soy de esa opinión. Como tampoco me gusta encasillar al arte no figurativo. Sin embargo, a Juan Francisco Casas hay que reconocerle el mérito de haberle sabido dar una vuelta de tuerca. Hiperrealismo con bolígrafo Bic, que es como decir En busca del tiempo perdido en SMS. Ni más ni menos. La construcción según la técnica más cuidada a través de lo banal. Como dice Víctor Zarza, el uso del bolígrafo azul, precisamente del azul y no de cualquier otro color, remite al joven mundo estudiantil, muy apropiado para la frescura de los temas que trata. Además del reto que supone enfrentarse a un medio que tradicionalmente se asocia a la escritura o a cierto tipo de dibujos, de márgenes y de distracciones ‒¿quién no ha garabateado a bolígrafo en el cuaderno mientras se aburría en clase?‒. Elevar la segunda categoría a primera. Y Casas lo consigue sobradamente, creando escuela, como los grandes. Porque algo hay de Casas en los dibujos de Laura Pintamonadas.

    Su obra, monumento del Bic, exhala lo que el propio autor describe como «hedonismo doméstico». Escenas cotidianas, muchas veces trasnochadas, de barras de bar y alcohol a deshoras. De ojos de mujer gata perdidos en la neblina del tabaco. Lo intrascendente transmutado en arte. El mismo truco que con el Bic. Como volver del revés un jersey y dejar al aire su interior, para cuestionar el arte mismo. Sus protagonistas, en femenino, antes que modelos profesionales son amistades, elegidas cuidadosamente según la estricta norma de la sensualidad. Mejor no puede definirlo Daniel Capó cuando lo describe como «un atlas de la carne que desea volver a la vida».