Autorretrato del macaco

Autorretrato del macaco

    En julio de 2011 el fotógrafo David Slater se encontraba trabajando en el Parque Nacional del norte de Sulawesi en Indonesia, fotografiando a un grupo de macacos negros crestados, una especie en peligro de extinción. Aunque quizá era su primer contacto con humanos, los monos, en lugar de mostrarse agresivos, se acercaron al fotógrafo con curiosidad. Seguramente era la primera vez que veían su reflejo, así que especialmente les llamó el extraño aparato que Slater tenía en sus manos.

    En un descuido del fotógrafo uno de los monos le robó la cámara de fotos y huyó con ella. El macaco accionó la cámara sin querer y se tomó un autorretrato. Otros simios junto a él se espantaron por el sonido del aparato y huyeron, para volver poco después movidos por la curiosidad. Así describe Slater el momento: «Estaban de traviesos brincando alrededor de mi cámara y parecía como si estuviesen posando cuando uno activó el disparador. El sonido llamó su atención y continuó oprimiéndolo. Al principio el resto se alejó, asustados, pero luego regresaron. Fue increíble observar la escena. Debió de haber tomado cientos de fotografías para cuando pude recuperar mi cámara».

    Hasta aquí todo podría haber pasado como la anécdota de un mono artista y egocéntrico que quiso inmortalizar su fechoría. Sin embargo, parece mentira que tiempo después ocurriera con esas fotografías un episodio que puso en cuestión la legislación de EEUU sobre el copyright. Días después que ocurriera este suceso muchas páginas se hicieron eco de él publicando las famosas fotografías del mono. Una de esas páginas, Techdirt, recibió una carta de Carter New, la agencia de David Slater, pidiéndoles que quitasen la foto de su página. Techdirt, en lugar de quitarla y punto, envió una carta a Carter New preguntándoles de quién era el copyright de las fotografías, a lo que la agencia contestó que aquel dato era irrelevante. Pero sí era relevante, porque solo el dueño del copyright de una obra o sus representantes legales pueden exigir remuneración en derechos de autor o pedir que se retire la obra. Evidentemente, ni el macaco ni los abogados del macaco enviaron la carta a Techdirt.

    A pesar de todo, la legislación en derechos de autor de EEUU es clara en este sentido: un animal no puede ser el autor de una obra. Si el animal tuviera dueño hubiera sido más fácil designar al propietario de los derechos de autor. Por ejemplo, los dueños del elefante Ruby llegaron a embolsarse hasta 25.000 dólares por la venta de cuadros pintados por el animal. Pero el mono vivía en un parque natural y por tanto no es propiedad de nadie. Además, Slater no tuvo ningún tipo de participación en estas fotografías, que más bien fueron producto del azar. Y que Slater sea el propietario de la cámara tampoco significa que las fotos, una vez que salgan del aparato y circulen por la red, le pertenezcan.

    Así, el hecho aparentemente inocente y juguetón de un mono abre un debate que nada tiene de inocente habida cuenta del potencial comercial que tiene todo lo bizarro en la red. Sino que se lo digan a la señora que restauró el Cristo de Borja.

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