Hijo del hombre de Rene Magritte

Hijo del hombre de Rene Magritte

    En su blog Nerea Nieto se plantea la importancia que tiene el nombre y apellidos que van en la portada de un libro, debajo de su título. A lo largo de la historia de la literatura muchos autores han optado por ocultar su nombre detrás de un seudónimo. Los motivos son de lo más variados: usar un nombre menos habitual, por timidez, evitar censuras, persecuciones u otro tipo de presiones, para poder publicar libremente siendo una mujer, para mantener el anonimato de la familia y evitar la vergüenza de unos padres incomprensivos, o simplemente como una estrategia de ventas. Muchas veces el motivo del cambio del nombre es simplemente desconocido. En cualquier caso, los autores suelen echar mano de la imaginación porque este nombre ficticio ya les acompañará toda la vida. Pueden plantearlo como un homenaje a uno o varios escritores, tomarlo de uno de sus personajes con el que se identifican o hacer un rebuscado juego de palabras.

 
Jean-Baptiste Poquelin

Jean-Baptiste Poquelin

    El primero de los escritores escondidos tras un seudónimo es Jean-Baptiste Poquelin, ni más ni menos que el autor dramático más representado en Francia. Y es que detrás de este nombre ‒o delante, mejor dicho‒ se esconde Molière, que pasó a llamarse así a partir de 1643 como homenaje al también escritor François-Hugues Forget de Molière d’Essertines, en cuya obra se inspiró para elaborar varios de sus personajes, sobre todo para El misántropo. Es muy posible que Molière decidiera este cambio de nombre empujado por lo deshonroso del oficio de actor, sobre todo teniendo en cuenta que su padre estaba dentro de la corte real, aunque solo como tapicero.

 
Marie-Henry Beyle

Marie-Henry Beyle

    Marie-Henry Beyle utilizaría varios nombres para firmar sus obras, pero de todos ellos el que pasaría a la historia de la literatura fue el de Stendhal. Existen dos hipótesis sobre el origen de este seudónimo. Por una parte es posible que se basara en la ciudad alemana de Stendal, donde nació Johann Joachim Winckelmann, fundador de la arqueología moderna y muy admirado por el escritor francés; por otra, es posible que su nombre fuera un anagrama de Shetland, unas islas en el norte de Europa que le causaron gran impresión. Curiosamente, Roma, Nápoles y Florencia, de 1917, fue la primera obra que Stendhal firmaba como Stendhal, y fue precisamente esta obra la que dio su nombre al conocido «síndrome Stendhal».

 
Charles Lutwidge Dodgson

Charles Lutwidge Dodgson

    Charles Lutwidge Dodgson fue profesor y brillante matemático, además un polémico fotógrafo y un archirreconocido escritor. A partir de 1855 empezó a publicar algunos relatos cortos y poemas paródicos en una revista llamada Comic Times. Charles no tenía lo que se dice don de gentes, así que el director de la revista le propuso que usara un seudónimo. Ahí fue donde surgió Lewis Carroll. Charles, muy dado a los juegos de palabras, elaboró este seudónimo a partir de la latinización de su propio nombre y del apellido de su madre. Charles fue latinizado como Carolus y Lutwidge como Ludovicus. De Ludovicus Carolus adaptó el nombre al inglés Lewis Carroll.

 
Samuel Langhorne Clemens

Samuel Langhorne Clemens

    Samuel Langhorne Clemens se tuvo que buscar la vida desde mi joven, desempeñando toda clase de oficios: impresor, navegante, minero o periodista. Como navegante Samuel tenía la tarea de anotar ‒to mark‒ la profundidad de los ríos para comprobar si eran navegables o no. Para ello usaba la expresión «wain», que en el argot marinero sirve para indicar que el río tiene dos brazadas y por tanto es navegable. En 1865 firmó un relato corto titulado La famosa rana saltarina de Calaveras como Mark Twain. A partir de ese momento sería recordado por ese nombre.

 
Leopoldo García-Alas y Ureña

Leopoldo García-Alas y Ureña

    Quizá uno de los ejemplos de seudónimos más conocidos sea el de Leopoldo García-Alas y Ureña, más conocido como Clarín. Leopoldo empezó a usar el seudónimo a partir de 1875, año en que comienza a publicar artículos llenos de crítica ‒titulados «Azotacalles de Madrid»‒ para el periódico El solfeo. El director del periódico quiso que sus colaboradores tomaran nombres de instrumentos musicales y Clarín quizá aprovechó la coincidencia del nombre del instrumento con el nombre de un personaje cómico de La vida es sueño de Calderón. La única obra que no firmaría como Clarín fue su tesis doctoral, sobre «El derecho y la moralidad».

 
José Augusto Trinidad Martínez Ruiz

José Augusto Trinidad Martínez Ruiz

    El otro caso de seudónimo conocido de escritor español es el de José Augusto Trinidad Martínez Ruiz, que usó multitud de nombres ‒Cándido, Fray José, Juan de Lis o Charivari‒ y finalmente prefirió tomar el de uno de sus personajes. A partir de de la trilogía formada por La voluntad, Antonio Azorín y Las confesiones de un pequeño filósofo, Martínez Ruiz pasó a llamarse Azorín. Lo comenzó a usar en 1904 en una serie de trabajos titulados «Impresiones parlamentarias» que publica en el semanario España. En 1905 vuelve a usarlo en la portada de su libro Los pueblos y ya nunca lo abandonará. Con el nombre también le vino un giro hacia el conservadurismo.

 
Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga

Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga

    Si te llamas Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga seguramente optarías por utilizar un seudónimo como escritora. Eso mismo hizo Gabriela Mistral, que después de ganar unos Juegos Florales en 1914 decidió adoptar este seudónimo usando los nombres de sus dos poetas favoritos: el italiano Gabriele D´Annunzio y el francés Frédéric Mistral. A partir de 1917 nunca volvería a usar su nombre verdadero.

 
Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto

Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto

    Por cierto que en 1921 Gabriela Mistral tuvo la ocasión de conocer al que por entonces se llamada Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, un jovencísimo Pablo Neruda de diecisiete años de edad. Como Molière ‒hay cosas que no cambian con el tiempo‒ el motivo del cambio de nombre para Neruda fue evitar a su padre la vergüenza de tener un hijo poeta. Lo que Neruda nunca llegó a aclarar fue si la elección del seudónimo era o no un homenaje al escritor checo Jan Neruda. Aunque Pablo afirmó que había leído algún cuento de Jan en esas fechas, lo cierto es que la obra del Neruda original se publicó entre 1857 y 1883 y no es muy probable que Pablo accediera a esas traducciones. Otra teoría apunta a un personaje que Conan Doyle utilizara en Estudio Escarlata. En este libro Sherlock Holmes va a escuchar un concierto de violín de una mujer llamada Wilma Norman-Neruda.

 
Eric Arthur Blair

Eric Arthur Blair

    Otro caso de escritor que usa seudónimo para no incomodar a su familia es el de Eric Arthur Blair. Concretamente a partir de 1933 con su obra Sin blanca en París y Londres. Blair bajaró varios nombres como Kenneth Miles o H. Lewis Allways, pero finalmente se decidió por el de George Orwell. Orwell quiso expresar con este nombre su vinculación hacia la tradición y la geografía inglesa. George venía de Jorge, santo patrón de Inglaterra; mientras que Orwell hacía referencia a un río que atraviesa Suffolk, un condado muy querido por los ingleses. Orwell tuvo una precaución extra: que su apellido empezara por la letra O para que sus libros ocuparan una buena posición en las estanterías de las librerías.

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