Viñeta de Erlich

Viñeta de Erlich

   Después de los horrores del siglo XX, después de Albert Camus ‒que dice en Calígula que los hombres mueren y no son felices‒, de T. Adorno o de Cioran, el hombre moderno ha tenido que reinventar el concepto de felicidad para no hundirse en los abismos de la desesperación. Así se explica, por ejemplo, que a finales de los años 60 surgiera en Montreal el Movimiento Jovialista, de la mano del filósofo André Moreau, basándose en George Berkeley y en la antigua metafísica hinduista. El Jovialismo es una línea filosófica que no tiene ningún pudor en celebrar la felicidad conciente a través de la fiesta y del gozo. Vivir el presente, ser feliz y aplicarlo en la vida cotidiana son algunos de sus presupuestos.

   Algo así como lo que Sarah Ban Breathnach propone en su libro El encanto cotidiano. Para Sarah los hechos no tienen un valor por sí mismos, sino que tienen el valor que nosotros queramos darles. Las tareas cotidianas ‒trabajar, ir a la compra, limpiar la casa, cocinar, jugar con los hijos, conversar con los amigos, etc.‒ pueden convertirse en actos triviales porque nosotros les adjudicamos ese valor. Un cambio de mentalidad puede convertir esas actividades rutinarias en momentos únicos, imprescindibles en nuestras vidas. Basta con disfrutar de lo que hacemos. Y poco más. Así es como opera el encanto cotidiano. Un modo de vida que ya muchas personas están aplicando desde el movimiento slow. El modo de vida slow consiste en tomarse las cosas con calma, evitar las prisas, tener tiempo para parar un rato a observar y valorar los pequeños detalles, disfrutar de la vida. Incluso un trago de cerveza puede convertirse en una fiesta para los sentidos, como desmuestra Philippe Delerm en su libro de relatos titulado El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida.

   A Ángel González también le preocupaba ese encanto cotidiano, por lo visto. En Prosemas o menos dedica un apartado entero sobre las maravillas de la tarde que va pasando como el que no quiere la cosa, sin que seamos capaces de ver lo bello y ‒¿por qué no?‒ lo terrible de ese tiempo que se nos escapa de las manos sin que hayamos sido capaces de valorarlo. Pero en este caso prefiero recurrir a su poema original, el primero en el que trata este tema y que de alguna manera inspira a los otros (que también recomiendo leer). Se trata de «Ayer», recogido en Sin esperanza con convencimiento. En este poema Ángel González elige un miércoles (¿habrá un día más feo en la semana?) que de triste se pone casi lunes (sí, quizá el lunes) y va enumerando hechos triviales, señalando que «todo el día / fue igual». Una avioneta pasa por el cielo, gente paseando por las calles, merienda con pan y café con leche, faroles que se encienden. ¿A quién no le resulta familiar un día así? Lo terrible del poema se manifiesta en ese tiempo cíclico, ese eterno retorno, ese «ayer y siempre ayer y así hasta ahora».

   Pero en los tres últimos versos Ángel González vuelve a hacerlo. Da un vuelco y en tres escasos versos consigue apretar más significado que en toda la filosofía de la felicidad que se haya escrito nunca. Para mí es como un chute en vena de ese encanto cotidiano, una de esas subidas de adrenalina que solo un puñado de poemas pueden provocar. Las palabras perfectas en el orden perfecto para decir lo justo. Alguien debería hacer santo a Ángel González porque estos últimos versos son un milagro demostrado:

Por eso mismo,

porque es como os digo

dejadme que os hable

de ayer, una vez más

de ayer: el día

incomparable que ya nadie nunca

volverá a ver jamás sobre la tierra.