Matar la literatura

Matar la literatura

   Vamos a dejarnos de romanticismos. Enseñar literatura no parece que sea romper las páginas de un mediocre libro de texto, ni subirse a la mesa de un aula a gritar «¡Oh capitán, mi capitán!». La mayoría de las veces Walt Whitman ni siquiera está de por medio ‒y es una pena, porque una de las pocas cosas dignas de ser «enseñadas», en el sentido de mostradas, es la felicidad de sus versos‒. Antes bien, enseñar literatura se parece más a esa broma que Hemingway titula «Cómo condensar a los clásicos», a saber, «reducir la literatura mundial a bocados comestibles para consumición» del respetable, hombres de negocios o quienquiera que sea. Repetir una y otra vez los mismos textos de siempre, con sus caducos y aburridos esquemas de análisis, convirtiendo lo maravilloso en el flagelo que marque de por vida la historia de un desamor por las letras.

   En uno de los ensayos de La imaginación liberal, Lionel Trilling se cuestiona la enseñanza de la literatura. Cualquier intento de acercamiento académico a la literatura, a la manera de las ciencias exactas, como si fuera un objeto de estudio que hubiera que diseccionar, medir y pesar está condenado a un estrepitoso fracaso. Mario Vargas Llosa recuerda en La civilización del espectáculo las palabras de Trilling al respecto en una anécdota que lo resume bien: «Les he pedido a mis estudiantes que “miren el abismo” (las obras de un Eliot, un Yeats, un Joyce, un Proust) y ellos, obedientes, lo han hecho, tomando sus notas, y luego comentando: muy interesante, ¿no?». No deja de ser otra forma de condensar clásicos a lo Hemingway. Y si esto es enseñar literatura apaga y vámonos.

   Por volver a la imagen del abismo, Dámaso Alonso también considera a la literatura como un abismo al que asomarnos: podemos llegar al borde, pero no más allá. La tarea del crítico ‒y por extensión la del profesor‒ es acercarse al borde y contar qué ha visto. Yo añadiría: podemos saltar, pero esa experiencia es incomunicable. Sólo se tiene experiencia viva de la literatura cuando se entra de lleno en ella y lo demás es palabrería barata.

   Cuando en una ocasión dije que hablar de un libro es destruirlo me refiería a una frase del teórico norteamericano Eliseo Vivas, que comenta que «el objeto de la obra de arte sólo puede ser expresado adecuadamente dentro y a través de la propia obra, y cualquier paráfrasis o traducción de este objeto fuera de la propia obra implica una pérdida para el objeto, y en este sentido, la destrucción total de la obra». En resumen, si hablar de un libro es destruirlo, los profesores de literatura son los grandes genocidas de la literatura. Y para evitar este trágico genocidio la única posibilidad es entender la enseñanza de la literatura como el empujón final ante el abismo. Ni que decir tiene que ese empujón no se consigue haciendo lo mismo que se ha venido haciendo hasta ahora.