La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa

La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa

   Si este libro hubiera caído en mis manos hace diez años seguramente me habría deslumbrado. Por aquel entonces yo apenas empezaba a entrar en contacto con un mundo académico del que acabé desengañado. Un yo que tenía un concepto idealizado de la cultura y que acabó por demonizar la modernidad y la posmodernidad celebrando imposturas como las de Alan Sokal. Mucho ha llovido desde entonces y mis posturas se han templado. Es lo que tiene leer antropología, sociología y ensayos sobre arte contemporáneo. Que te abre el ángulo de visión, aunque Vargas Llosa sea de la opinión de que la antropología y la sociología han hecho más mal que bien a la cultura, desde las buenas intenciones, eso sí. Estoy lejos de compartir completamente la visión de Vargas Llosa, aunque hay muchos puntos de su ensayo La civilización del espectáculo con los que sí estoy de acuerdo. Pero para empezar no estoy de acuerdo con el tono de su discurso que nace desde el tremendismo apocalíptico que anuncia el final de una era, la muerte definitiva de la cultura y el inicio de algo distinto, la civilización del espectáculo, un engendro que nada tiene que ver con un esplendor pasado que se ha ido apagando poco a poco a lo largo del siglo XX y en lo que llevamos de XXI, si es que no está muerto ya.

   Lo primero, antes que nada, es saber de qué estamos hablando cuando hablamos de cultura, porque dependiendo de cómo se entienda este concepto habrá que darle o no la razón a Vargas Llosa. La definición de la que él parte arranca de T. S. Eliot, que hace una especie de paralelismo entre cultura y clases sociales, entiendiendo la primera como alta cultura, ese patrimonio propio de una minoría selecta, una elite intelectual preparada para salvaguardarla de las zarpas del vulgo. En esta definición transmitir la cultura a la totalidad de la sociedad equivale cuanto menos a destruirla. Democratizar universalmente la cultura es empobrecerla. El concepto de cultura de Eliot tiene además un fuerte componente religioso porque casi todo su contenido se basa en el legado cristiano que se ha perpetuado durante siglos. La vía de transmisión principal de esta cultura no ha sido ningún sistema educativo, antes bien ha sido la Iglesia y en segundo lugar la familia; es por eso que la formación de Europa es fundamentalmente cristiana: independientemente de sus creencias, un europeo no puede darle la espalda al cristianismo, puede apoyarse en él u opornerse, pero no ignorarlo. Una idea que también parece compartir Steiner, que consideraba que la cultura occidental está lastrada por el antisemitismo.

   Es una idea de la cultura que aunque no deja de tener su valor como explicación de lo que ha sido Occidente durante siglos, es una concepción desfasada y no responde al concepto actual de cultura. Las conclusiones a las que llega Vargas Llosa no son del todo correctas porque sus ideas están viciadas desde el origen. El propio Vargas Llosa es consciente de que su punto de partida es caduco y obsoleto y se autodenomina «dinosaurio» al final de su ensayo y se muestra orgulloso de serlo, como el que está orgulloso de ser distinto del resto de mortales.

   A este concepto decimonónico y rancio de cultura se opone un nuevo modelo cultural, llamado por muchos poscultura o «contracultura», un nuevo concepto que va en contra de los antiguos prejuicios elitistas que hieden a absolutismo político y que cada vez concede un mayor valor a la imagen y a la música. Cultura de la pantalla, por encima de todo. Y también cultura «de masas» o mainstream cultural, del y para el pueblo. Ahí es quizá donde Vargas Llosa ve el problema de todo este asunto. Desconfía del pueblo, y seguramente aquí hay que darle la razón. La gran masa solo quiere pasar un buen rato con algún aderezo cultural superfluo, no hay interés auténtico por profundizar en conocimientos verdaderos. Esta nueva cultura, la cultura del placer, se rige casi exclusivamente por una única norma: divertir. Una evasión fácil al alcance de todos, sin necesidad de esfuerzos, sin referentes culturales concretos ni excesos eruditos. Entreteniemiendo, y fin y al cabo. Una cultura que tiene en el cine de Hollywood se máximo referente.

   Pero no se limita al cine. Es una cultura muy híbrida y heterogénea, aunque todos los productos que la componen comparten el uso de la pantalla, de los medios de comunicación de masas y de la producción industrial masiva: la televisión, Internet, la publicidad, los videojuegos, los deportes, los mangas, los conciertos de rock, pop o rap, etc. No hay consensos estéticos ni de ningún tipo bien definidos: todo tiene cabida, todo vale. A diferencia de los clásicos de la cultura anterior, que pretendían engañar a la muerte e inmortalizar su obra a través de generaciones, estos nuevos productos culturales, concebidos en cadena, deben ser consumidos al instante y desechados rápidamente. No hay tiempo que perder y el mercado es exigente. Una vez que hayan desaparecido nuevos productos ocuparán su lugar. La cantidad a expensas de la calidad. Y su hegemonía, en cualquier caso, está marcada por su éxito comercial, porque precio y valor de una obra han acabado por asimilarse. Parece de lógica: algo es más valioso cuanto mayor es su precio. El problema es que el precio es la causa y el valor el efecto y no al contrario, que es como debería ser.

   Para Vargas Llosa esta es la cultura de la banalización y de la frivolidad, la cultura del facilismo formal y de la superficialidad del contenido. Es, por ejemplo, lo que acaba ocurriendo con la literatura, convertida con el bestseller en una especie de literatura light, como la música o el cine, ligeros, leves, fáciles, de divertimento. El escritor peruano contempla horrorizado cómo los libros de cocina o de moda han ido sustituyendo a los estudios científicos y a los tratados filosóficos de las secciones culturales, cómo la buena crítica ha ido dejando un vacío que finalmente ha sido ocupado por la publicidad, y cómo las opiniones de las estrellas de televisión y de los grandes futbolistas han ido usurpando el lugar de influencia social que antes era ocupado por teólogos, profesores y pensadores. Esos son los nuevos directores de conciencia pública que firman manifiestos o que predican sobre la bondad o la maldad en cuestiones diversas y fundamentales que van de la economía a la moral. El intelectual, el de antaño, si es que todavía existe, a nadie parece interesar ya.

   Una vez que ha planteado su teoría de la civilización del espectáculo y de la muerte de la cultura, Vargas Llosa va haciendo un repaso de esta nueva poscultura a través de las distintas parcelas culturales. En el cine, por ejemplo, lamenta el paso a un segundo plano del guión, del director y de los actores, la hegemonía de los efectos especiales por encima de todo. En arte tolera a Duchamp en virtud al espíritu provocador que más adelante ya no tendrá ningún sentido ‒porque después de Duchamp la provocación fue entrando en una espiral absurda que llegó a justificar auténticas barbaridades‒, pero es tremendamente duro con un mercado, el del arte, y unos críticos, los de arte, que se han confabulado para coronar falsos prestigios. Lo que se espera del artista dentro de la civilización del espectáculo no es la calidad, el talento o la destreza, sino el escándalo por el escándalo, que no es sino una especie de máscara de conformismo hacia un sistema que se perpetúa porque da dinero. El gesto, el desplante del artista, como representación dramática, es casi más importante que la propia obra.

   En este contexto es difícil situar una obra de arte en la jerarquía de una escala de valores porque ya no existen criterios claros que permitan hacerlo. Y aunque esto pueda servir para una buena parte del arte contemporáneo, no es ni mucho menos la norma general. Evidentemente el pop art de Warhol representa para Vargas Llosa lo peor de la esencia de esa civilización del espectáculo que eclosiona en los años 60 no sin la ayuda del mayo del 68 y su denostado «prohibido prohibir». Pero no deja de llamar la atención que Vargas Llosa teorice sobre arte moderno y no mencione a Greenberg ni hable del arte contemporáneo sin referirse a Arthur C. Danto. Antes bien, parece que habla del arte de la segunda mitad del siglo XX según gustos o disgustos personales. Pero el arte contemporáneo es demasiado complejo para ser resumido y valorado de un plumazo en escasas veinte páginas.

   El periodismo, por supuesto, no podía ser una excepción. En nuestros días el mandato imperante es también divertir y entretener, lo que ha dado como resultado una prensa light, ligera, amena y superficial. Es un periodismo amarillista, de chismorreos, porque no hay mejor forma de divertir y entretener que alimentando las bajas pasiones del pueblo. El periodismo, ahora más que nunca, tiene que debatirse entre dos extremos: por una parte tiene que cumplir con su función de informar, asesorar y educar, pero por otra tiene que coumlgar en el altar del espectáculo porque un periódico no deja de ser un negocio y al no hacerlo corre el riesgo de perder su público. Pero una cosa es reservar esta opinión para la mal llamada prensa rosa ‒por aquello de prensa‒ y otra bien distinta es meter a Wikileaks en el mismo saco. Tal vez peco de inocente, pero no parece que el debate de Wikileaks se cierre diciendo que no pretendía informar, que solo quería divertir por divertir. Por no hablar del rancio concepto de educación que dan ganas de decirle a Vargas Llosa aquello de zapatero a tus zapatos. No es que la autoridad haya quedado relegada ni mucho menos del sistema educativo, pero si algo ha quedado demostrado en los tiempos que corren es que solo con autoridad vacía ya no se hacen grandes progresos en materia educativa. Por último, su confianza casi ciega en los políticos no deja de ser paradigmática con la situación que viven actualmente muchos Estados ‒no solo en España‒.

   En fin, La civilización del espectáculo es un ensayo lleno de claroscuros. Parece que Vargas Llosa busque el efectismo a fuerza de ser catastrofista anunciando la muerte de la cultura, de la misma forma que Danto anunciaba la muerte del arte. Quizá, si no se hubiera situado en un punto tan extremista, si hubiera mostrado una actitud menos elitista y propia de dinosaurios y más consciente de los tiempos en que vivimos y condescendiente con la cultura pop. Una cultura que, para bien o para mal, no deja de ser cultura. El libro de Vargas Llosa es un menosprecio continuado de esa cultura. La cultura en la que se ha criado mi generación, en la que me he criado yo y a la que tanto debo al fin y al cabo.

   Libro en busca del autor desconocido