Autorretrato laberíntico de Borges

Autorretrato laberíntico de Borges

   Hace unos días veía un artículo de Flavorwire donde se recopilaban 20 autorretratos de grandes escritores. Si es verdad eso que dicen de que una imagen vale más que mil palabras estos documentos tal vez digan sobre sus autores más que cientos de sus páginas. En la recopilación encontramos autorretratos de todos los estilos y para todos los gustos y colores: desde elaboradas pinturas a óleo hasta garabatos hechos a vuela pluma, e incluso alguna que otra fotografía.

   Uno de los más sorprendentes es el de Borges, un verdadero laberinto de líneas temblorosas que dice mucho del autor argentino. Este retrato, y algunos más de los que forman la recopilación, guardan detrás una curiosa historia. Todo comenzó a mediados de los sesenta en el Vanguard, un local neoyorkino de moda, cuando Burt Britton, uno de los camareros, pidió a un cliente un autorretrato. El cliente en cuestión resultó ser Norman Mailer. A partir de ese momento el avezado Britton fue a la caza y captura de autorretratos de celebridades, sobre todo escritores, aunque también consiguió algunos de actores, músicos o deportistas. Con el tiempo llegó a reunir cientos de autorretratos, dos centenares de los cuales fueron subastados en 2009 por Bloomsbury por cantidades nada despreciables. Cada uno de ellos se ha llegado a cotizar por una cantidad que oscila entre los 2000 y los 4000 dólares de media. Borges conoció a Britton cuando ya prácticamente estaba ciego, lo que en cierto modo explica por qué su autorretrato es como es. Un autorretrato, por cierto, que en la subasta llegó a los 5000 dólares.

   He visto que Mangas Verdes también ha comentado la recopilación y ha añadido el autorretrato de Federico García Lorca que apareció en la primera edición de Poeta en Nueva York. Como también he querido aportar mi granito de arena, añado unos cuantos autorretratos más: uno más de Baudelaire -acompañado de su musa-, uno de André Breton -en una carta y bajo la letra-, uno de Unamuno, otro de Blas Infante, un par de retratos de Sábato -que como pintor es tan bueno como escritor-, unos cuantos más de la colección de Britton -incluyendo el de Norman Mailer- y uno de Kafka.

   Este último es el que más me ha llamado la atención porque el escritor también ha dibujado a su madre, y el esbozo, lleno de expresividad, no puede ser más representativo de la conflictiva relación que había entre ambos. La madre aparece sobre de su cabeza, como una especie de pesadilla, mirándole con gesto de reprobación. En este último dibujo, desde luego, sí se confirma eso de que una imagen vale más que mil palabras.

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