Máquina de hablar de Joseph Faber

Máquina de hablar de Joseph Faber

   Uno de los episodios que más curiosos y más desapercibidos del Quijote se encuentra en el capítulo titulado «Que trata de la aventura de la cabeza encantada». En él don Quijote queda admirado de un mágico prodigio: una cabeza de bronce sobre una mesa que, según se dice, ha sido fabricada por un poderoso hechicero y que tiene la propiedad de responder a cualquier pregunta que se le haga al oído. En realidad solo se trata de una broma más: un tubo conecta la cabeza con una habitación que hay debajo de ella donde se encuentra la persona que responde a las preguntas. Pero Cervantes añade que este artificio fue elaborado a imitación de otro que su creador, don Antonio Moreno, había visto en Madrid. Porque aunque fuera engaño, las cabezas parlantes ya existían en el siglo XVI.

   De hecho, la historia parece demostrar que el ser humano siempre ha estado interesado en construir este tipo de artefactos. Ya a comienzos del siglo XI se dice que Silvestre II, el misterioso Papa del Año Mil, inventó una cabeza parlante capaz de responder a las preguntas aleatoriamente «sí» o «no». En el siglo XII el franciscano Robert Grosseteste construyó una nueva cabeza parlante en bronce. Y en el XIII encontramos dos conocidos ejemplos: Roger Bacon, que construyó una cabeza de latón que podía responder a preguntas sobre el futuro, y Alberto el Grande, cuyo artefacto andaba, hablaba y tenía los rasgos de una mujer. Más que inventores todos ellos fueron considerados hechiceros. Santo Tomás de Aquino, discípulo y amigo de Alberto, destruyó su artefacto para que no se le pudiera acusar de hechicero.

   En el siglo XVII Atanasio Kircher, que decía tener una de esas cabezas parlantes, describe en su libro Misurgia Universalis la creación de mecanismos con figura humana que pueden mover los ojos y la boca y emitir sonidos humanos. En el siglo XVIII Valentín Merbitz, rector del Colegio Krenz Schule de Dresden, tardó cinco años en construir para la reina Cristina de Suecia una cabeza parlante que podía hablar varios idiomas y que según parece usaba un ventrílocuo. A partir del siglo XVIII las cabezas parlantes empiezan a dejar de ser consideradas objetos mágicos y se consideran desde un punto de vista más científico. La Academia de Ciencias de San Petersburgo convoca en 1779 un premio para el creador de un aparato que consiga pronunciar las cinco vocales. Lo consigue el danés Kratzentein con un sistema de tubos que efectivamente reproduce las vocales.

   Entre las cabezas parlantes del siglo XVIII llaman la atención las del Abate Mical, que después de 30 años de trabajo logró construir dos cabezas y consiguió que mantuvieran una rudimentaria conversación frente a la Academia de Ciencias de París. En un primer momento Mical logró bastante reconocimiento. Conoció al rey y expuso sus cabezas en un local de la rue tu Temple en Marais. Sin embargo, su éxito no duró mucho tiempo: Mical tuvo que verse obligado a venderlas y murió en la miseria.

   Otra de las máquinas parlantes más conocidas del siglo XVIII fue la de Wolfgang von Kempelen, un consejero de la corte de Viena que se hizo famoso sobre todo por inventar El Turco, un autómata capaz de jugar al ajedrez. Kempelen no estaba demasiado interesado en que su invento tuviera aspecto humano y se conformó con una especie de cajón con un tubo y varias palancas. Escribió un libro donde explicaba que su ingenio funcionaba con una especie de fuelle por el que pasaba el aire modulando los sonidos. Además, decía que con cierta práctica se podía conseguir que la máquina hablara con distintos acentos o simulara varios idiomas.

   Hubo que esperar hasta mediados del siglo XIX para que el británico Joseph Faber creara la máquina de hablar más perfecta de cuantas se habían fabricado hasta el momento. Su artilugio, llamado Euphonia, era un aparato de gran tamaño manipulado por un experto, que lo tocaba como si de un órgano se tratara, con la ayuda de un teclado y varios pedales, La máquina era capaz de reproducir dieciséis sonidos parecidos a los de la voz humana, y con ellos era posible montar casi cualquier palabra que se quisiera. Las palabras salían por una parte del aparato que tenía la ‒siniestra‒ forma de una cabeza humana. Pero lo cierto es que las máquinas de fuelles no daban más de sí. Hubo que esperar a que la electricidad entrara en escena para encontrar los primeros sintetizadores de voz humana.

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