Intemperie de Jesús Carrasco

Intemperie de Jesús Carrasco

   Así de entrada uno de los detalles que más llama la atención de la novela Intemperie, opera prima de Jesús Carrasco, es el revuelo que ha levantado en el mundillo literario, incluso antes de ser editado en España. El libro fue presentado en la pasada edición de la Feria de Fráncfort e inmediatamente los derechos fueron vendidos a países de dentro y fuera de Europa. Vaya por delante que, según ha admitido su propio autor en alguna entrevista, uno de los componentes que parece haber influido en el éxito del libro ha sido la importante campaña de marketing que ha hecho la editorial. Pero eso no desmerece el éxito rotundo, que viene en forma de una de esas alegres coincidencias de crítica y de público ‒en estos momentos va por la octava edición, y subiendo‒. De la Intemperie de Jesús Carrasco se ha dicho que nos arrima a Delibes y a McCarthy, que no es precisamente decir poco.

   Intemperie forma parte de esa larga tradición de novelas de aprendizaje en las que jóvenes empreden viajes iniciáticos para convertirse en adultos. Novelas que van desde el Lazarillo hasta El guardián entre el centeno, pasando por La isla del tesoro. Holden, por cierto, planea escaparse, que es precisamente el punto de arranque de la historia de Jesús Carrasco. El niño que protagoniza la novela tendrá que pasar por diferentes rituales en el tránsito a la edad adulta, simbolizados en el sacrificio de una cabra, y tendrá que aprender de «la sabiduría perenne y universal» del cabrero, que le enseña el antiguo oficio. Un viaje que es un verdadero descenso a los infiernos. En algún momento el muchacho llega a pensar que «el infierno que le esperaba al final de sus días no debía ser muy diferente del sufrimiento en que vivía».

   Un infierno convertido en llano desolador, caldeado por el bochorno de un sol impasible, esa intemperie a la que alude el título y que no da el menor resquicio donde guarecerse. Seguramente sea ese llano uno de los detalles que haga pensar en La carretera. Pero aquí no hay caminos. Más que McCarthy, el ambiente no puede ser más Rulfo: el niño huye de un pueblo fantasmal, asolado por la sequía ‒la búsqueda del agua será una constante‒, una Comala con forma de aldea medieval, y se refugia en un llano en llamas. Como la Comala, el pueblo de Intemperie también es un espacio mítico, aislado del resto del mundo, que parece existir en mitad de la nada más desoladora.

   Para colmo de males es un espacio habitado por seres despiadados, personajes que simbolizan la maldad o semihombres deformados, casi bestias, como el tullido. Concretamente el alguacil hace las veces de Satán, por lo menos en la imaginación del niño, y seguramente en la de muchos de sus vecinos. Aquí Jesús Carrasco trata a sus personajes con una técnica que tiene mucho de Quevedo, de Valle-Inclán y de José Donoso, o sea, deformando y deshumanizando. Un granito en mitad de la frente del cabrero puede convertirse en «un grano sebáceo planteado como un hito fronterizo entre una ceja y otra».

   Y a pesar de todo son arquetipos. Toda la trama se sustenta sobre tres personajes, el niño, el cabrero y el alguacil, de los que ni siquiera conocemos los nombres, lo que no impide que estén bien caracterizados. El héroe, el oponente y el ayudante. Pero eso sí, no derrochan psicología. Solo en el niño hay introspección. El cabrero se define casi exclusivamente por lo que hace, por sus escasos y ralentizados movimientos, y por lo poco que dice. El alguacil, en cambio, se dibuja con unos trazos rápidos pero llenos de sugerencias, unas pinceladas que nos dan una clara idea de cuáles son sus motivaciones. Este último debería haber sido la figura de autoridad, pero en el mundo de Intemperie gobierna la «ley del llano», que es la no ley o la supervivencia del más fuerte.

   No se dan referencias temporales precisas, más allá de un par de detalles: se habla, por ejemplo, de la moto con sidecar del alguacil, que es casi un objeto mágico, o del caciquismo milenario. De hecho, el tiempo de la historia parece volverse en ocasiones cíclico, y el niño tendrá la sensación de que en su trayecto acabará recorriendo el mundo entero y volviendo al pueblo. Sin embargo, al hablar de una fecha exacta no cuesta pensar rápidamente en los años 40. Quizá porque es difícil no relacionar la novela con el tremendismo de esta década, y sobre todo con La familia de Pascual Duarte. La violencia, presente en la historia en muchos niveles, parece ser la moneda de cambio más habitual. El alguacil no solo no duda en pegarle una paliza al cabrero sino que además contempla la posibilidad de asesinarle y desmembrarle. Todo parece teñirse de esa violencia: el estilo se asalvaja y Jesús no duda en recrearse en esta violencia. En un momento determinado se describen así las moscas sobre las heridas de las cabras muertas: «recorrían amontonadas unas sobre otras, las aberturas en el pellejo, suturándolas a base de infecciones y poniendo huevos».

   Estas moscas recuerdan también a una escena muy significativa de El señor de las moscas, otra de esas novelas que cuestiona la inocencia infantil y que desconfía de la bondad natural del hombre. Como los niños perdidos a su suerte en la isla deshabitada, el protagonista de Intemperie va entrando con la violencia de por medio en el mundo de los adultos, que es el mundo de la brutalidad. Guiado por esa violencia, el niño se ve obligado a tomar una serie de decisiones que corresponden ya a un adulto y acaba por relativizar el valor de la vida humana. Se dice que «el llano le había erosionado de una manera que ni tan siquiera concebía cuando vivía bajo techo». Pero ahí está el cabrero, que representa lo poco de humanidad que queda en el mundo del niño. Sus enseñanzas son la única esperanza que queda en ese mundo.

   ¿Qué decir sobre el final del libro? El último capítulo se abre con una frase que vuelve a recordar a La carretera. En realidad el final de Intemperie es como una reescritura del final de La carretera. A pesar del infierno vivido en ambas novelas, queda un poso de esperanza al final. En el caso de Intemperie, una lluvia que limpia ‒una vez más ese agua bendita que salva‒ y con la que parece que «Dios aflojaba por un rato las tuercas de su tormento». Es la fe en el futuro.

   ¿Y qué decir sobre el estilo de Jesús Carrasco? El uso que hace del lenguaje no me parece precisamente sobrio, como he leído en alguna parte. Sí es sobrio en sus diálogos. Sobrio y conciso, a lo McCarthy. Pero en las descripciones es exhuberante, lleno de un lirismo salvaje, de esos que te de bruces en la cara y aún te dejan con ganas de más. Un lirismo de esos que describe unos perros colgados como «sacos de pellejo cargados de huesos descoyuntados como crisálidas gigantes». En este sentido más cerca del Alfanhui que de El Jarama.

   Pero un lirismo que también peca muchas veces ‒todo hay que decirlo‒ de excesiva e innecesariamente folclorista. Por las páginas de Intemperie desfilan tal cantidad de arcaísmos rurales que hay que andar con el diccionario en la mano cada dos por tres y uno se acaba cansando. Aunque el libro también deja leerse sin tocar el diccionario ni una sola vez, sin que eso haga que lo entendamos peor. Pero sobre todo porque sospecha que hay truco, que no escribe mejor quien mete más palabras desconocidas, ni así se construye un estilo en condiciones. Quede dicho esto sin intención de desmerecer para nada la prosa de Jesús Carrasco. Moby Dick agota por completo el vocabulario marino y sus descripciones en ocasiones rayan en lo farragoso y no por eso deja de ser una de las grandes novelas de la literatura universal. Lo que más me llama la atención de ese estilo es precisamente que, recreando lo más profundamente ibérico como lo recrea, haya arrasado fuera de las fronteras de nuestra patria, seguramente poniéndole las cosas difíciles a más de un traductor. Quizá este detalle, en la estela de Lorca, sea lo que haga sospechar que dentro de algunas generaciones estemos hablando de la literatura de Jesús Carrasco como clásica.

   Ahora bien, parece que con ese estilo el escritor extremeño se ha metido voluntariamente es un callejón sin salida. La próxima novela que saque tendré que leerla, aunque solo sea por curiosidad, por ver cómo sale del aprieto de su propia prosa. Cuando haces un estilo tan marcado o triunfas, como Neruda, o corres el riesgo de encasillarte. Estoy deseando leer una novela de Jesús Carrasco ambientada en un entorno urbano y ver cómo exprime el lenguaje. Tal vez, si le da por escribir una historia de ciencia ficción, invente su propia neolengua, a lo Burgess. Quién sabe.