Gabinete de curiosidades de Johann Georg Hainz, 1666

Gabinete de curiosidades de Johann Georg Hainz, 1666

   Entre los siglos XVI y XVII, época de los grandes descubrimientos, el hombre europeo comienza a descubrir que existen otros mundos más allá de las fronteras de su limitada realidad. En sus lejanos viajes, los exploradores recopilaban todo tipo de objetos raros o extraños y los traían al viejo continente para asombro y admiración de eruditos y curiosos en general. Muchos de esos hallazgos fueron almacenados y expuestos en salas que acabaron convirtiéndose en abigarrados murales repletos de prodigios. Así fue como nacieron los llamados Cuartos de Maravillas o Gabinetes de Curiosidades, que no son sino el antepasado de los actuales museos. La heterogénea mezcla combinaba sin ton ni son fósiles con sangre de dragón, insectos reales con esqueletos de seres míticos, plumas y armas de tribus nativas junto a una espina de la corona de Cristo, objetos de importancia histórica o artística al lado de baratijas sin valor alguno.

   No era extraño para manejarse entre semejante caos de contenidos la edición de catálogos, generalmente ilustrados, más como divertimento o parodia que como un ejercicio serio. De hecho, Rabelais incluyó uno de ellos en Gargantúa y Pantagruel. Aunque uno de los más admirables es quizá el Museum Clausum, también conocido como Bibliotheca Abscondita, elaborado por Sir Thomas Browne. Se trata de un inventario más imaginario que real de libros, antigüedades, artefactos y curiosidades que o nunca existieron o se perdieron para siempre.

   Entre los documentos que Browne menciona encontramos obras inéditas de Aristóteles, Ovidio y Cicerón, cartas de Séneca a San Pablo, o incluso un relato sobre la expedición de Aníbal a los Alpes mucho más exacto que el de Tito Livio, tanto que se detalla el tipo de vinagre que usó para partir las piedras. Pero lo que más llama la atención son sus rarezas: un huevo de avestruz sobre el que se ha grabado una imagen bélica, una piedra que tiene la propiedad de curar la fiebre o una mandíbula de lucio con una descripción completa de la Batracomiomaquia, la batalla homérica entre ranas y ratones.

Musei Wormiani Historia mostrando el cuarto de maravillas de Worm

Musei Wormiani Historia mostrando el cuarto de maravillas de Worm

   Algunos objetos son tan absurdos que incluso el propio Browne reconoce su falsedad. Aunque aparentemente su objetivo sea cómico, el trasfondo está en realidad lleno de nostalgia y melancolía: lo que Browne quiere evocar es una especie de conocimiento que persiste a los estragos del tiempo y del olvido, lo que podría haber sido una colección como la de la Biblioteca de Alejandría antes de ser quemada por los romanos en el siglo I d. C.

   No es de extrañar que Browne despertara la admiración de Borges, que llegó a llamarlo el «mayor prosista de la lengua inglesa». Ambos compartían ese aire de erudito de vuelta de todo, el amor por los laberintos y por los documentos impostados y la obsesión por el conocimiento, mejor si está escondido en vastas bibliotecas, a veces inexistentes y a veces pobladas por fabulosos monstruos nacidos de la imaginación.

   Por cierto, el inventario más famoso del siglo XVIII, en este caso puramente bibliográfico, es el catálogo Fortsas, la broma más grande que se haya gastado nunca a bibliófilos de todo el mundo.

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