Fernando Beltrán

Fernando Beltrán

   ¿Sabes qué tienen en común empresas, instituciones o marcas aparentemente tan distintas como Amena, Opencor, Faunia, Rastreator, el vino Solaz o el espacio cultural La Casa Encendida? Que todos sus nombres fueron inventados por la misma persona, alguien que, como no podía ser de otra manera, es un poeta. ¿Quién sino podría ser más adecuado para ejercer el peculiar oficio de nombrar cosas? Al fin y al cabo, fue el también poeta Czeslaw Milosz quien escribió aquello de que «lo que se nombra adquiere fuerza y lo que no se nombra deja de existir».

   Este nombrador es Fernando Beltrán, entre otras cosas autor de más de quince poemarios, accésit del Premio Adonáis en 1982 por Aquelarre en Madrid, creador de la biblioteca poética Aula de Metáforas y director de la revista El hombre de la calle. Así mismo, es el fundador de El Nombre de las Cosas, el estudio creativo a través del cual se gana la vida poniendo nombres, algo con lo que sueñan todos los poetas pero que muy pocos pueden llegar a conseguir. Para Beltrán, como para Platón, todos los objetos tienen un nombre natural, que es el que él trata de descubrir, con el convencimiento pleno de que el nombre siempre dormita en lo más profundo de aquello que se quiere nombrar.

   Con más de quinientos nombres a sus espaldas, Beltrán publicó en 2011 en la editorial Conecta su libro El nombre de las cosas, donde explica cómo es el proceso creativo de un nombrador y cuáles son las claves de su trabajo. Según Beltrán, para nombrar algo lo más importante es conocer en profundidad eso que se quiere nombrar, apropiarse un poco de su esencia. Como él afirma: «Hay que mancharse los dedos en la tierra de esas viñas de donde saldrá el vino al que vas a nombrar, o dormir al raso en las obras al costado del mar de ese nuevo museo insular al que darás nombre, o leer de nuevo a Homero para recordar a los primeros viajeros antes de ponerte siquiera a crear el nombre de esa nueva cadena de hoteles. Hay que volver siempre al principio, al origen, a la raíz de las cosas». Así es como consigue poner en pie aquello que escribió Ángel González de que «solo a veces son como luz los nombres».

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