Rosie the Riveter o cómo definir a la mujer desde parámetros masculinos

Rosie the Riveter o cómo definir a la mujer desde parámetros masculinos

   En una ocasión Jean-Paul Sartre le preguntó a Simone de Beauvoir qué significaba para ella ser mujer y ella le contestó escribiendo, en 1949, El segundo sexo, un largo ensayo filosófico de enfoque existencialista en el que hace un repaso por el pasado, el presente y el futuro de la mujer. La filósofa francesa parte de un presupuesto simple: a lo largo de la historia se ha definido la humanidad en base al hombre, o por decirlo de otra manera, a la masculinidad, por lo que ese «yo» del conocimiento filosófico hace referencia exclusivamente a lo masculino, mientras que lo femenino se define por oposición como «el otro», siempre desde una perspectiva inferiorizada.

   Beauvoir separa la idea de mujer como ser biológico del concepto de feminidad, que es una construcción cultural arquetípica que la sociedad ha ido elaborando a lo largo de la historia con rasgos que la definen como coqueta, frívola, caprichosa, obediente o cariñosa, entre otros. Así mismo, se le ha asignado siempre una identidad no por sí misma sino con respecto a un «otro»: esposa, madre, hija, hermana, etc. De ahí que llegue a afirmar aquello de que «no se nace mujer, sino que se llega a serlo». Incluso cuando se ha tratado de alcanzar un estatus específico se ha hecho en relación a un «otro», el hombre. De manera que hombre y mujer se han igualado solo en la medida en que la mujer es capaz de ser como el hombre, de asumir sus funciones. Esto, afirma Beauvoir, es un error, porque hombres y mujeres no solo son distintos, sino que además el sexo determina la visión que tenemos del mundo, de nosotros mismos y de la propia filosofía.

   Por su parte, la filósofa feminista Luce Irigaray profundiza en esa oposición en su ensayo de 1974 El espejo de la otra mujer. Para Irigaray la mujer ha funcionado a lo largo de la historia como un espejo del hombre, pero ofreciendo siempre la imagen inversa desde un punto de vista falocéntrico: superioridad frente a inferioridad, falo frente a vagina, plenitud frente a vacío, actividad frente a pasividad, afirmación frente a negación. Solo un año después la filósofa Hélène Cixous publica Sorties, donde se refiere a la tendencia histórica de estructurar el mundo en pares opuestos, normalmente uno superior masculino y otro inferior femenino.

   Llegados a este punto parece que la mayor conquista que puede alcanzar la mujer es romper con ese mito cultural y redefinir la feminidad por sí misma, partiendo de cero, y no por oposición al hombre, evitando en la medida de lo posible el juego de vencedores y perdedores que lo único que hace, según Cixous, es perpetuar una forma simplista de ver el mundo que no responde a su verdadera riqueza. En fin, como dice Irigaray, más que la lucha por la igualdad, solo la comprensión de las diferencias entre hombres y mujeres puede llevar finalmente a la aceptación del otro.

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