Quevedo usando quevedos

Quevedo usando quevedos

   Un epónimo es un nombre propio, de una persona o de un lugar, que se llega a asociar con alguna de sus características con tanta fuerza que pasa al lenguaje cotidiano designando esa realidad y quedando olvidado en muchos casos su origen. En literatura es un fenómeno muy habitual, sobre todo a partir de nombres de escritores o de personajes. ¿Quién, por desgracia, no ha pasado en algún momento por una situación «dantesca» o «kafkiana»? ¿A quién no le suena que una persona sea un «quijote», una «celestina», un «tenorio» o un «donjuán» ‒que así es como recoge el diccionario esta palabra‒?

   En algunos casos, como en los señalados, el origen es evidente, aunque en otros no lo es tanto. Es más o menos sabido que las palabras «sádico» y «sadismo» provienen del Marqués de Sade, porque sus novelas están llenas de crueldad humana, pero no es tan conocido el origen de las palabras «masoquista» y «masoquismo», usadas por primera vez por Krafft-Ebing en honor al escritor austríaco Leopold von Sacher-Masoch y a algunos de sus personajes. Tampoco se suele pensar en la palabra «anfitrión» como en un epónimo, pero lo es. Anfitrión es un personaje mitológico, pero no pasó al lenguaje cotidiano con el significado que tiene hoy en día hasta que Molière hizo una obra de teatro con ese mismo nombre. El dramaturgo francés tenía facilidad para los epónimos, porque también lo consiguió con «tartufo», que hoy en día designa a una persona falsa e hipócrita. Por cierto, otra palabra que deriva del mito de Anfitrión es «sosias», que designa a una persona que tiene gran parecido con otra hasta el punto de poder ser confundidos.

   Aunque la más desconocida de todas quizá sea «pantalón». Tenemos ya tan asumida esta palabra que no somos conscientes de que proviene de un personaje de la Comedia del Arte italiana, Pantaleón, que tenía como una de sus características usar este tipo de prensa de vestir.

   Una de mis palabras favoritas del idioma también es un epónimo: «rocambolesco». Proviene de Rocambole, un personaje del escritor francés Ponson du Terrail que pasa por situaciones muy extrañas o inverosímiles. Tampoco está de más recordar que cuando hablamos de un perro «lazarillo» estamos haciendo una referencia a Lázaro de Tormes o que cuando decimos que hemos pasado por una «odisea» hacemos lo mismo con una de las obras de Homero.

   Hay epónimos que van por parejas, como «liliputiense» y «pantagruélico», que están muy relacionados en su origen y que designan lo diminuto y lo gigantesco respectivamente. En otros casos la formación del epónimo es sorprendente y misteriosa. Quevedo era un escritor con un carácter muy determinado y su nombre podría haber pasado al lenguaje cotidiano significando muchas características, pero en cambio pasó a designar un tipo de gafas, los «quevedos», circulares y sin patillas, que eran las que usaba el escritor. ¿Y qué decir de «maquiavélico»? En este artículo planteaba la relación entre esta palabra y Maquiavelo.

   El lenguaje de la psicología también ha adoptado numerosos epónimos, seguramente por lo fácil que es identificar algunos rasgos psicológicos con determinados personajes. Freud recurría a la mitología con frecuencia. Describió el «narcisismo» en alusión a Narciso y se basó en la tragedia de Sófocles para elaborar su «complejo de Edipo». De forma análoga, Jung describió su inverso, el «complejo de Electra». Algo que, en menor medida, también ha ocurrido con el personaje de Casandra, que designa a alguien que vaticina una desgracia pero no puede hacer nada por evitarla. Varios síndromes también obtienen sus nombres a raíz de personajes: el de Peter Pan, el de Sthendal o el de Munchausen. Y si nos salimos del terreno de la psicología bien podríamos mencionar el «tendón de Aquiles».

   En fin, el lenguaje está lleno de este tipo de palabras. Otras que se me van ocurriendo sobre la marcha son «lolita», «mefistofélico» o «fígaro», esta última con el significado de barbero por un personaje de Beaumarchais. Sin embargo, estoy seguro de que me dejo muchísimas en el tintero. ¿Se te ocurre a ti alguna palabra que no haya dicho y que provenga de la literatura y haya pasado al lenguaje cotidiano? No sé si existe un diccionario de epónimos exclusivamente literario, pero si no existe alguien debería elaborarlo.

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