Ilustración de Doré para el Quijote

Ilustración de Doré para el Quijote

   En el siglo XIV en su libro Sophismata el filósofo y sacerdote francés Jean Buridan relata el siguiente encuentro entre Sócrates y Platón. Sócrates quería cruzar un río y llega a un puente que está custodiado por Platón. Este último dice al primero: «Si en la siguiente frase que pronuncies dices la verdad te permitiré cruzar, pero si mientes te arrojaré al río». A lo que Sócrates contesta: «Vas a tirarme al agua». El maestro seguramente quería darle una lección al discípulo poniéndole en un aprieto filosófico, ya que si Platón le arrojaba al agua entonces Sócrates habría dicho la verdad y Platón habría roto su promesa, mientras que si Sócrates cruzaba indemne el puente habría mentido y Platón no habría podido cumplir su amenaza.

   Buridan trata de encontrar una solución a esta paradoja. De entrada es imposible determinar si Sócrates miente o dice la verdad puesto que está referido al futuro y depende de lo que Platón haga. La solución de Buridan pasa por establecer un tercer valor, indeterminado, distinto al de verdad y mentira. A continuación razona que Platón formuló mal su promesa condicional, porque debería haberse asegurado de que no produciría contradicciones, de modo que no está obligado a cumplirla.

   Otros filósofos han tratado de dar respuesta a la paradoja de Buridan con más o menos acierto. Dale Jacquette se pregunta qué hubiera hecho Platón si Sócrates hubiera permanecido en silencio o si hubiera hecho una afirmación de la que no se pudiera comprobar su falsedad o veracidad. La conclusión a la que llega es que Platón puede hacer lo que quiera, arrojar a Sócrates al río o dejarle pasar, sin violar su juramento, porque la frase de Sócrates por sí misma no es ni verdad ni mentira. Joseph W. Ulatowski es partidario de que Platón permita cruzar a Sócrates, pero también ofrece un par de soluciones alternativas: que Platón deje cruzar a Sócrates y luego vaya a por él para tirarlo al río o que ambos combinen sus fuerzas para echar a Buridan del puente.

   Pero la solución más convincente a la paradoja de Buridan la ofrece alguien que no solo no es filósofo sino que además suele ser considerado injustamente como corto de entendederas: Sancho Panza. Siendo el escudero gobernador de la ínsula de Barataria un forastero le plantea una versión de la paradoja del puente de Buridan: un hombre quiere pasar por un puente sobre el que había una horca y cuatro jueces le hacen una pregunta a la manera de Platón, tras lo cual el hombre responde que va a morir en la horca. La solución que Sancho propone a la paradoja es puramente moral: «este pasajero que decís, o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar el puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos señores que a mí os enviaron que, pues están en un filo las razones de condenarle o absolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es más alabado el hacer bien que mal».

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