Naked Came the Strange

Naked Came the Strange

   Mike McGrady, columnista del Newsday, tenía la teoría de que una novela pésimamente escrita podía llegar a triunfar en el mundo editorial siempre y cuando tuviera grandes dosis de sexo. Para demostrarlo, y de paso poner en evidencia lo decadente y falso de la cultura norteamericana contemporánea, decidió hacer un experimento en 1966. McGrady se propuso sacar al mercado una novela que no solo no tuviera nada destacable sino que fuera inconsistente y mediocre, aunque, eso sí, aderezada con muchas escenas de sexo, al menos un par de ellas por cada capítulo. Si el libro se convertía en un éxito de ventas su tesis se confirmaría.

   Convencido de la dificultad de escribir especialmente mal de forma consciente, McGrady echó mano de un equipo de veinticuatro compañeros, entre los que había varios Premios Pulitzer. Le entregó a cada uno un esbozo con el argumento general del libro y les dio dos premisas: que escribieran lo peor que pudieran y que usaran mucho sexo. Cada colaborador redactó un capítulo sin tener en cuenta el trabajo del resto, lo que dio como resultado una extraña mezcolanza tremendamente deslavazada. Dos años más tarde el libro ya estaba listo, aunque todavía hubo que revisar algunos capítulos porque no eran lo suficientemente malos. La historia básicamente trataba sobre un matrimonio, Gillian y William Blake, donde él le es infiel a ella y ella decide engañarlo con el mayor número posible de vecinos. El libro no es más que la sucesión de las aventuras amorosas de Gillian con distintos tipos.

Autores del engaño

Autores del engaño

   La novela, titulada Naked Came the Strange, salió a la venta en 1969 en Lyle Stuart, una editorial independiente conocida sobre todo por publicar libros polémicos, muchos de ellos de contenido sexual. La supuesta autora sería una tal Penépole Ashe, una escritora apócrifa interpretada por la cuñada de McGrady y que más tarde aparecería posando en la solapa del libro y participaría en algunas entrevistas, con un discurso que entremezclaba una especie de liberación sexual feminista con un romanticismo de escritor trasnochado.

   Como cabía esperar, fue un auténtico éxito, superando los 20.000 ejemplares vendidos. El engaño no tardó en filtrarse y los autores tuvieron que confesar, pero, paradójicamente, eso no hizo sino aumentar las ventas, superando en cuestión de meses las 90.000 copias. A finales de año el libro permaneció trece semanas en la lista de libros más vendidos del New York Times. Además, dio lugar a una serie de novelas en colaboración que copiaban descaradamente el original. Hasta 2012 se calculan que se han podido vender unos 400.000 ejemplares.

   Llegados a este punto, con paralelismos más que evidentes, creo que más de uno ya se habrá imaginado por dónde voy. No es que pretenda desenmascarar a la señora E. L. James con un artículo, aunque ganas no me faltan. Simplemente dejo constancia de mi sospecha. Y si algún día se descubre que es una actriz y que Cincuenta sombras de Grey es el engaño de un intelectual bromista ‒o varios‒, recordad que fui el primero en apuntarlo. Aunque, bromas aparte, todo sea dicho: el experimento de McGrady explica mejor que ninguna otra cosa el éxito imparable de esta novela. Que cada uno saque sus conclusiones.

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