Materialismo de Wang guangyi

Materialismo de Wang guangyi

   En algunas ocasiones la discusión sobre la legitimidad de una obra de arte se acaba convirtiendo en un debate más económico que estético. Parece que lo que molesta no es que una cama deshecha o un montón de escombros se consideren arte o no sino que se lleguen a pagar cantidades astronómicas por ellos. Hasta el siglo XIX el mercado del arte tenía un funcionamiento ‒por decirlo de alguna manera‒ razonable, pero con el arte moderno y la sociedad de consumo esos parámetros se vuelven casi inservibles. De todos modos, antes de responder a la pregunta inicial, aquí trato de explicarte por qué el arte es tan caro.

   Para el crítico John Ruskin el artista debía preservar su inocencia manteniéndose al margen del mercado y le correspondía a otros, al Estado o a coleccionistas privados, determinar el precio de las obras en función de la destreza del artista y de la cantidad del esfuerzo invertido, como si fuera un trabajo asalariado más. En 1878 Ruskin escribe una crítica en la que acusa al pintor James Abbott McNeill Whistler de haber cobrado un precio demasiado elevado por una pintura que parecía haber sido hecha con precipitación y cierto descuido. Whistler, enfurecido, puso una demanda a Ruskin alegando que el precio del cuadro no se correspondía a los dos días que tardó en pintarlo sino al conocimiento que había empleado para hacerlo, resultado del trabajo de toda una vida. Whistler ganó el juicio, aunque la cantidad que recibió fue simbólica: un cuarto de centavo.

   Sin embargo, esa lógica del mercado que defiende Ruskin se dinamita por completo con obras como las de Marcel Duchamp y sus ready-mades. Cuando Duchamp coge cualquier objeto cotidiano y desechable, objetos que se fabrican en serie y que pueden encontrarse en cualquier parte, como pueden ser la rueda de una bicicleta o un urinario, y los convierte en obras de arte nada puede seguir siendo igual. Duchamp consiguió poner en evidencia el mercantilismo del arte y su concepción como objeto de consumo, pero como le preocupaba el abuso de esta nueva forma de crear arte hizo los ready-mades muy poco a poco. Casi al mismo tiempo el mercado del arte, siguiendo la ley de la oferta y la demanda, empezó a incorporar este tipo de piezas, que rápidamente aumentaron su cotización y se acabaron institucionalizando hasta terminar por figurar en salas de exposiciones, galerías y museos.

   De ahí a Piero Manzoni hay solo un paso. El artista italiano es conocido sobre todo por envasar en latas sus propios excrementos con una etiqueta, Mierda de Artista, y venderlas al mismo precio que costarían si estuvieran llenas de oro ‒en el 2007 se llegó a subastar un ejemplar en 124.000€‒. Todo un escándalo que parece indicar que algo anda mal en el sistema. Aunque Manzoni, muy consciente del funcionamiento del circuito comercial del arte, también cometió otras excentricidades artísticas menos conocidas y casi imposibles de ser incorporadas al mercado artístico, como convertir en arte su propio aliento o designar a personas como obras de arte vivientes.

   A pesar de todo, el mercado del arte es voraz y ha demostrado a lo largo del siglo XX que es capaz de incorporar y consumir casi cualquier cosa. Para ilustrar esta voracidad me gusta recordar una anécdota de Adam Neate. ¿Qué hubiera pasado si a Picasso le hubiera dado por abandonar en cualquier sitio miles de sus lienzos, dejándolos al alcance del primero que pasara por delante? ¿Hubiera esto afectado de alguna manera a la cotización de su obra? Por supuesto que Picasso nunca hubiera hecho tal cosa, porque tenía muy claro el lugar que ocupaba su obra dentro del mercado, pero Adam Neate, en cambio, sí decidió hacerlo. En determinadas épocas Neate llegó a producir 20 cuadros por noche y alrededor de 1.000 al año. Ante semejante volumen de trabajo y como protesta contra lo que él consideraba desmanes del mercado artístico optó, durante varios años, por abandonar sus pinturas por las calles de Londres para que las recogiera quien las quisiera. Sus obras están valoradas en cantidades que oscilan entre 1.500 y 7.500 dólares, lo que significa que el valor total de toda la obra abandonada puede superar fácilmente varios millones de dólares. Solo la noche del 14 de noviembre de 2008 abandonó unos 1.000 cuadros por valor de un millón de libras. Muchos de sus trabajos no tardaron en aparecer en Ebay con precios que superaban fácilmente las 1.000 libras. Este ejemplo demuestra que ni siquiera actos como el de Neate no pueden frenar la cotización de una obra a la alza.

   Por suerte o por desgracia el artista moderno siempre ha tenido unas relaciones muy conflictivas con el mercado del arte. No es extraña la figura del artista bohemio, marginal o que muere en la más absoluta miseria, como ocurre, entre otros, con Van Gogh, Gauguin, Mondrian o Rodchenko; pero tampoco es inusual lo contrario, como un Dalí convertido en un «Avida Dollars», una verdadera máquina de hacer dinero, o un Andy Warhol, que es todavía un caso más extraño y paradigmático.

   Warhol representa la contradicción pura del mercado del arte. Por una parte hace de las obras artísticas objetos hechos en serie, indistinguibles de objetos cotidianos. Por otra, encarnó la figura del dandy bohemio y del hombre de negocios, con una industria que no tenía límites y que incluía revistas comerciales, producción de películas o programas de televisión. En definitiva, Warhol supo alcanzar un grado de profesionalización del arte que le concedió no solo una independencia económica absoluta sino que le permitió tener una cómoda vida llena de lujos. Una vez más, de Warhol al artista multimillonario, encarnado por Damien Hirst, hay un paso.

   Pero la idea del mercado del arte como un montón de ricachones fumando puros y comerciando con objetos excéntricos o exquisitos a puerta cerrada es una simplificación que raya el error. Ese mercado del arte como institución está formado por un complejo entramado de actividades que incluyen formación, investigación, producción, exhibición, documentación, crítica, promoción, comercialización, financiación, etc. Del mismo modo, tampoco hay que identificar automáticamente al artista moderno con un astuto estratega que busca enriquecerse a costa de su obra. De hecho, para muchos artistas el desafío es precisamente salir del circuito comercial, algo que como ilustra el ejemplo de Neate no es precisamente sencillo.

   El camino más recurrente para conseguirlo parece ser el de las obras que no pueden venderse y ni siquiera conservarse. Es ahí donde entran en juego las performances, un tipo de arte caduco por definición, pensado para evitar pasar a formar parte de ese mercado artistico. El único rastro que deja este tipo de arte es, en muchos casos, meramente testimonial. Pienso, por ejemplo, en Orlán, que convierte su propio cuerpo en un lienzo sobre el que esculpe a su antojo y que, como es natural, no puede ser vendido ni comprado. Cualquier objeto que perdure parece ser susceptible de interesar a alguien y, por tanto, de ser comprado y vendido y de entrar a formar parte del mercado del arte.

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