Herman Hesse

Herman Hesse

   Si echamos un vistazo a la historia de la literatura veremos que no pocas veces el escritor ha recurrido a su condición de artista e intelectual como arma para sus conquistas amorosas. Daniel Balmaceda, por ejemplo, ofrece una crónica bastante pormenorizada en su último libro Romances argentinos de escritores turbulentos, donde analiza las estrategias amatorias de autores como Quiroga, Roberto Arlt, Bioy Casares o incluso el propio Borges.

   Hay que admitir que en torno a la figura del escritor existe un halo de magnetismo, en gran parte herencia del Romanticismo y del malditismo bohemio y canallesco de sus postrimerías. Aunque otra posible explicación es pensar que el escritor se rodea de discípulos o, como en el caso de Juan Ramón Jiménez, de discípulas, y entre ellos pueda haber algún espíritu sapiosexual, de esos que se dejan cautivar más por el conocimiento o por el nivel intelectual que por el físico. Porque la mayor parte de las veces los escritores, como animales de costumbres que son, se pasan largas temporadas encerrados y sentados frente a una máquina de escribir o un ordenador, lo que hace que no se caractericen precisamente por sus cuerpos esculturales ‒con excepciones como la de Yukio Mishima‒.

   Doy fe de ello: con motivo de una travesura en los últimos días he estado haciendo algunas búsquedas de escritores en paños menores. Al final no he encontrado la fotografía que buscaba exactamente, pero sí me he topado con algunas que me han dejado boquiabierto. Uno espera encontrarse en este tipo de búsquedas fotos de Hemingway, Truman Capote, Ginsberg, Burroughs, Bukowski o como mucho Tennessee Williams o Faulkner trabajando a máquina. Gente poco formal. Pero encontrar fotografías de este tipo con Kafka, Imre Kertész, Ray Bradbury o Hermann Hesse ‒como Dios lo trajo al mundo‒ era algo que no me esperaba. Mención aparte para el estiloso bañador de Virginia Woolf.

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