Ensayo de Benjamin Franklin sobre el pedo

Ensayo de Benjamin Franklin sobre el pedo

   Uno de los más grandes triunfos al que puede aspirar un escritor es la construcción de una voz personal, de un estilo propio, inconfundible, que te permita reconocer con facilidad, leyendo unas pocas páginas, el autor que se esconde detrás de ellas. Pero esto también puede convertirse en una condena: a fuerza de repetirse el escritor corre el riesgo de encasillarse en un determinado registro y si intenta explorar otros campos o no lo hace con soltura o no siempre es algo aceptado por los lectores. Pasó, por ejemplo, con J. K. Rowling, que después de terminar con la saga de Harry Potter publicó la novela policíaca El canto del cuco bajo el seudónimo de Robert Galbraith con un entusiasmo desigual por parte de los seguidores de las aventuras del joven mago. Años atrás le pasó a Anne Rice, que pasó de escribir sobre brujas y vampiros a temas religiosos.

   A los autores que mencionaré a continuación también se les ha encasillado, en mayor o menor medida, en un tipo de escritura, pero eso no significa que no lo intentaran en otros registros. Puede sorprender, por ejemplo, saber que Nostradamus escribiera, además de sus profecías, un libro de recetas de cocina, o que Benjamin Franklin, uno de los autores de la Declaración de Independencia, elaborara un ensayo en elogio de los pedos. Por eso, cuando descubra algunas de las obras menos conocidas de los siguientes literatos seguramente habrá alguna que otra sorpresa.

La mandrágora

La mandrágora

   Uno de los autores a los que la historia ha tratado quizá más injustamente es Nicolás Maquiavelo, tanto que el adjetivo «maquiavélico», derivado de su nombre, ha pasado al lenguaje cotidiano como sinónimo de astuto y taimado. Pero además de sus discursos y tratados filosóficos y políticos, entre los que destaca El príncipe, conviene recordar que este autor italiano también se dedicó a escribir comedias teatrales. La más importante de ellas fue La mandrágora de 1518, que está considerada como uno de los grandes hitos del teatro occidental. Esta pieza satírica, en la que un personaje llamado Calímaco trata de conquistar a una mujer casada con un patán, no tiene nada que envidiar a las obras que un siglo y medio después escribirá Molière.

Notas de América

Notas de América

   Aunque la crítica social está muy presente en las novelas de Charles Dickens, esta nunca fue tan sangrante como en su diario titulado Notas de América. Entre enero y junio de 1842 Dickens visitó los Estados Unidos y dejó por escrito sus impresiones sobre la sociedad norteamericana en este diario de viajes. El escritor inglés se mostró bastante crítico con la prensa estadounidense, a la que acusaba de querer enriquecerse con sus obras, y con las condiciones sanitarias de las ciudades. También escribió parodias sin piedad sobre todo tipo de costumbres y vicios, como por ejemplo el hábito de escupir tabaco en público. Posteriormente Dickens utilizará parte de esos materiales como base de alguno de los episodios de su novela Martin Chuzzlewit, un libro que curiosamente el autor consideraba como su mejor trabajo y que ha pasado a la historia de la literatura como una de sus obras menores.

El príncipe feliz y otros cuentos

El príncipe feliz y otros cuentos

   Oscar Wilde es uno de los más grandes dramaturgos del Londres victoriano tardío, pero es recordado sobre todo a raíz de su única novela El retrato de Dorian Gray. Además de por su indiscutible talento literario obtuvo una enorme celebridad por tu aguzado ingenio y por las polémicas que protagonizaba a menudo y que terminaron, tras su affair con lord Alfred Douglas, en una condena de dos años a trabajos forzados. Pero a pesar de esa imagen de extravagante y licencioso Wilde tenía una esposa y dos hijos. Dedicado a ellos escribió en 1888 los relatos infantiles recogidos en El príncipe feliz y otros cuentos. De entre todas las historias recogidas en el volumen destaca el cuento de hadas «El gigante egoísta», una alegoría cristiana sobre el amor y la caridad protagonizada por el mismísimo Jesucristo.

Dulce Ermengarde

Dulce Ermengarde

   Es muy probable que la sola pronunciación del nombre de H.P. Lovecraft haga estremecer a más de uno. Sus míticas pesadillas, en las que es imposible escapar al horror, han contribuido a enriquecer el género de terror a lo largo del siglo XX. Con esos antecedentes cuesta pensar que Lovecraft diera el salto a la literatura romántica y, sin embargo, lo hizo con su relato corto «Dulce Ermengarde». La historia, escrita probablemente entre 1919 y 1921 y firmada bajo el seudónimo de Percy Simple, parece una sátira de las novelas de Fred Jackson. Tan encasillado estaba Lovecraft que el relato fue publicado por la editorial Arkham House en la colección de terror «Más allá del muro del sueño», junto a algunos de sus relatos más escalofriantes, un contexto desde luego muy poco accesible para lo que podrían haber sido sus lectores potenciales.

 

El misterio de las hadas

El misterio de las hadas

A pesar de que Arthur Conan Doyle sea reconocido casi exclusivamente por haber creado a Sherlock Holmes, lo cierto es que fue un escritor muy prolífico y se atrevió con géneros tan dispares como la ciencia ficción, la novela histórica, el teatro y la poesía. La fama de su inteligencia ‒debía tenerla para crear un personaje como Sherlock Holmes‒ le precedía, tanto que se atrevió a poner en práctica sus dotes detectivescas y ayudó a resolver un par de casos. Como es sabido, Conan Doyle compaginaba su gusto por la lógica con un interés por lo sobrenatural. Cuando las fotografías de las hadas de Cottingley cayeron en sus manos no tuvo ninguna duda sobre la veracidad de aquellas imágenes. Tanto llegó a obsesionarse con esas pequeñas criaturas imaginarias que en 1921 escribió El misterio de las hadas, un libro en el que defendía la existencia real de estos seres.

 

Los herederos

Los herederos

   A William Golding se le concedió el Premio Nobel de Literatura en 1983, pero aunque tiene una larga trayectoria como novelista se le recuerda fundamentalmente por su primer libro, El señor de las moscas. En su siguiente obra, Los herederos, Golding cambia radicalmente de tercio y se traslada al Paleolítico Superior para reconstruir libremente las aventuras vitales de un grupo de Neanderthales y su encuentro con una nueva raza, el Homo sapiens. Los seres humanos, capaces de dominar el fuego y de comunicarse de manera casi telepática, son retratados como extrañas divinidades cuya crueldad viene a ser una variante de la del grupo de niños de El señor de las moscas. Una vez más, Golding describe la barbarie inherente a la llamada civilización. Por cierto, de todas sus novelas era la preferida del autor.

El gato y el diablo

El gato y el diablo

   Joyce tiene fama de ser un escritor difícil de leer, tanto por su estilo experimental como como su tendencia exagerada al uso de neologismos. Novelas como Ulises o Finnegans Wake le avalan. Sin embargo, como en el caso de Oscar Wilde, el enrevesado escritor irlandés también escribió, en 1965, un cuentecillo para su nieto titulado «El gato y el diablo». El relato es la típica historia donde se hace un trato con el diablo. En ella los habitantes de un pequeño pueblo francés llamado Beaugency se ven obligados a tomar un barco cada vez que quieren cruzar el río porque no tienen puente. El diablo se compromete a construir un puente en una noche si se le permite quedarse con la primera alma que cruce el puente. Por la mañana aparece el puente pero nadie se atreve a ser el primero en cruzarlo, así que los ciudadanos de Beaugency planean engañar el diablo. Por supuesto, el cuento está aderezado con algunas de las típicas bromas joyceanas. Se puntualiza que el diablo habla muy mal el francés, con un fuerte acento de Dublín. Especialmente recomendable es la edición de Lumen con ilustraciones de Mabel Piérola.

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