Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres

Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres

   Muchos de los grandes filósofos de la Antigüedad son más conocidos por lo que se ha dicho de ellos que por lo que ha quedado de lo que ellos mismos han dicho. No es completamente extraño que se haya perdido todo rastro de sus obras o que, en el mejor de los casos, hayan sobrevivido unos cuantos fragmentos aislados, con frecuencia aforísticos. Si se les conoce es, sobre todo, por referencias y testimonios posteriores, generalmente poco rigurosos, que los describen como unos bichos raros aunque, eso sí, llenos de carisma. Basta con echarle un vistazo a las muertes tan originales que se les atribuye a algunos de ellos.

   Una de esas principales fuentes de información es el biógrafo e historiador griego Diógenes Laecio, que en su magna obra del siglo III Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres ‒conservado casi completo‒ recoge en diez tomos la vida, anécdotas, opiniones, teorías y fragmentos de los grandes filósofos antiguos desde los presocráticos hasta Sexto Empíricode. A pesar de que su obra contiene muchas informaciones inciertas y poco contrastadas se considera un valiosísimo documento sobre la filosofía de la época clásica porque recoge una gran cantidad de testimonios de diversos filósofos, historiadores y pensadores. A continuación recopilo algunas de las muertes filosóficas más curiosas según recoge Diógenes Laecio en su obra.

Zenón de Elea

Zenón de Elea

Zenón: Apuñalado tras morder una oreja

   Zenón de Elea, bautizado por Aristóteles como «inventor de la dialéctica», es conocido sobre todo por sus paradojas, especialmente por aquellas que niegan la existencia del movimiento. Diógenes Laecio nos informa de que, como otros filósofos antiguos, tuvo una intensa vida política. Concretamente apoyaba, bajo pena de muerte, el derrocamiento del tirano eleata que gobernaba en ese momento ‒quizá Nearco o Diomedón‒. Tras ser arrestado se le llevó ante el tirano para ser interrogado. Zenón prometió importantes revelaciones, así que se acercó al tirano para hacer la confesión en secreto. Sin embargo, en lugar de confesar Zenón aprovechó para moderle la oreja al tirano y acto seguido se arrancó su lengua a mordiscos y se la tiró al infame a la cara. A continuación fue apuñalado.

Empédocles de Agrigento

Empédocles de Agrigento

Empédocles: Se arrojó a un volcán

 

En Selino Empédocles desvió un río pestilente para que las aguas frescas no se mezclaran con las viciadas, salvando así a sus habitantes de la peste. Después de esta hazaña y de alguna que otra curación milagrosa, la gente de la ciudad, impresionada por sus facultades, comenzó a adorarlo como a un dios. Parece que se le terminó subiendo a la cabeza y, convencido de su naturaleza divina, decidió arrojarse al volcán Etna para renacer convertido en un dios. Sin embargo, Pausanias, uno de sus admiradores, fue a rendirle culto y descubrió una de sus zapatilla doradas al borde del volcán, lo que le llevó a la conclusión de que Empédocles era mortal. Incluso Diógenes Laercio, cuestiona la veracidad de esta historia y existen versiones que sitúan la muerte del filósofo en el destierro en el Peloponeso.

Heráclito de Éfeso

Heráclito de Éfeso

Heráclito de Éfeso: Se enterró en estiércol

   Según Diógenes Laercio Heráclito se retiró a vivir al monte a causa de su misantropía. Sus condiciones de vida, sustentado únicamente a base de hierbas, le produjeron hidropesía, así que decidió regresar a la ciudad y consultar a los médicos acerca de su mal. Como no encontraba ninguna solución Heráclito razonó que debía encontrar la manera de calentar su cuerpo para deshacerse del agua que le sobraba. En este punto los relatos acerca de su muerte difieren. Una de las versiones dice que murió enterrado en el estiércol de un establo para que el calor absorbiera las humedades. Otra versión dice que se puso al sol y ordenó a sus siervos que lo cubriesen y emplastasen con estiércol. Una última versión relata que, no pudiendo quitarse el estiércol, permaneció inmóvil y fue devorado por unos perros.

Diógenes de Sinope

Diógenes de Sinope

Diógenes de Sinope: Aguantar la respiración

 

Pocos filósofos antiguos están tan envueltos en la leyenda como Diógenes de Sinope, también conocido como el Cínico, cuyas anécdotas vitales superan con creces al conocimiento de su verdadera doctrina. Sin entrar en muchos detalles, la imagen que se tiene de él es la de un vagabundo demente que vivía en un barril, que rechazaba las normas sociales y que, en última instancia, se salía siempre con la suya pues era considerado como alguien completamente inofensivo. En uno de los episodios más conocidos se cuenta que Alejandro Magno se colocó frente a él y le dijo que le pidiera cualquier cosa, lo que quisiera, a lo que Diógenes respondió que solo quería que se quitara de delante, que le tapaba el sol. Su muerte, de la que hay varias versiones, tampoco está libre de la leyenda. Se dice que murió de un cólico provocado por la ingestión de un pulpo vivo, que murió después de haber sido mordido en un tendón por un perro cuando intentaba darle de comer pulpo y que murió por voluntad propia, después de haber decidido aguantar la respiración. De cualquier modo, vivió como un perro en la calle y murió como tal.

Crisipo de Solos

Crisipo de Solos

Crisipo de Solos: Tuvo un ataque de risa

   A pesar de no ser muy conocido, Crisipo de Solos es uno de los máximos representantes de la escuela estoica. Se dice que no pasaba ni un día sin escribir como mínimo 500 líneas y que llegó a componer más de 700 obras. Pero aunque fue un escritor muy prolífico hoy en día solo se conservan algunos fragmentos aislados. «Si los dioses usaran dialéctica, utilizarían la de Crisipo», escribió de él Diógenes Laecio. Este nos da dos explicaciones acerca de su muerte. La más normal nos dice que murió después de haberse embriagado con vino sin diluir durante una fiesta. La otra, sin embargo, afirma que vio un burro comiendo higos, a lo que exclamó «¡Que alguien le dé una copa de vino puro para regar los higos!», lo que le produjo un ataque de risa tan fuerte que le provocó la muerte.

Anaxarco de Abdera: Fue machacado en un mortero gigante

   Muy poco se sabe sobre Anaxarco de Abdera. Como amigo y consejero de Alejandro Magno, se ganó la enemistad de unos cuantos hombres poderosos, entre ellos Nicocreonte, tirano de Chipre. En un banquete Anaxarco ofendió a Nicocreonte y este no dudó en apresarle y en mandar que se le diera la más horrible de las muertes. Entonces se colocó a Anaxarco en un mortero gigante y fue machacado con mazas de hierro hasta morir. Sus últimas palabras fueron el tipo de cosas que diría un filósofo antes de morir al ser molido a golpes en un mortero gigante: «Machacad, machacad la bolsa que contiene a Anaxarco, pero a Anaxarco no lo machacáis». Indignado, Nicocreonte ordenó que le arrancaran la lengua, pero antes se la cortó a mordiscos y se la escupió al tirano. Una muerte digna de un mártir en el siglo IV a.C.

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