Electrones mal dibujados

Electrones mal dibujados

   Joseph John Gordon descubre esta partícula en 1897. ¡De eso hace ya casi ciento veinte años! Y, como veréis, hemos aprendido ‒por suerte‒ bastante desde su descubrimiento. Hacia 1897 ya se llevaban unos treinta años de investigaciones sobre la naturaleza de la materia y el modo de proceder era el siguiente: «Coges algo y lo lanzas todo lo fuerte que puedas contra otro algo, de la manera más bruta y energética que se te ocurra».

   Va en serio, es totalmente cierto, es el procedimiento estándar para: descubrir la naturaleza de la materia, jugar a despejar en la petanca y eliminar las manchas de la ropa. A golpes. Una vez lanzado algo contra otro algo se mira a ver qué ha ocurrido. Durante esos treinta años pasaron muchas cosas diferentes, aunque ninguno de los científicos implicados se dio cuenta que al lanzar una serie de átomos contra otros los primeros se desviaban porque entre unos átomos y otros había algo desconocido. Simplemente apuntaban los datos y cavilaban teoría.

   Ese algo fue, por supuesto, el electrón, que fue catalogado ese mismo año 1897 por sir Arthur Eddington en un alarde de imaginación y resentimiento como: «Algo desconocido que hace no sabemos qué». Y así esperó el electrón hasta 1911 en que se inventó la cámara de niebla, momento en el cual la comunidad científica entera ya podía sentirse orgullosa de poder completar la definición existente a: «Es algo que existe, que pesa, que tiene carga y que puede moverse en el espacio». Quizá no fuera demasiado, pero sin duda este gran salto de ese algo a un algo más definido fue lo que impulsó nuestro conocimiento un poco más, hasta el siguiente paso.

   Ese paso por supuesto fue un descubrimiento asombroso: ¡el electrón estaba a la vez en todas partes!, y hasta que nadie lo miraba, no tomaba forma en un punto del espacio. Nadie se hubiese imaginado algo tan absurdo en nuestra realidad. Resulta que una gran parte de la materia está tanto aquí como en el otro extremo del universo, y hasta que no se la observa no se fija a un pedazo de espacio. Imaginaos uno de esos cochecitos de juguete a cuerda e incrementadle la velocidad lo suficiente como para que el ojo solo vea un borrón por el suelo de la habitación. En presencia de las paredes el cochecito chocará, dará la vuelta, y seguirá su camino, pero si ponéis el pie en el suelo y el cochecito choca, parará.

   El electrón se comporta, en esencia, así. Salvo, por supuesto, con las siguientes excepciones: el cochecito se mueve rápido, y el electrón no tiene por qué estar moviéndose para estar en todas partes; el cochecito deja una estela visible, y el electrón solo será visible hasta que cambie su velocidad contra nuestro pie. Como dijo Bill Bryson: «los electrones no se parecen en nada a planetas que orbitan, sino más bien a las aspas de un ventilador que gira, logrando llenar cada pedacito de espacio […] simultáneamente, pero con la diferencia crucial de que las aspas de un ventilador sólo parecen estar en todas partes a la vez y los electrones están».

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