Herón de Alejandría, el inventor

Herón de Alejandría, el inventor

   Si pensáramos en un inventor de la era preindustrial seguramente muchos no dudarían en señalar a Leonardo da Vinci como el más prodigioso de todos. Sin embargo, sin menoscabo del indiscutible genio del Renacimiento, quisiera hoy reivindicar una figura injustamente relegada a un segundo plano de la historia, la de Herón de Alejandría, también conocido con el nombre de Michanikos, el hombre mecánico, que puede ser considerado, sin exagerar, el mayor inventor del mundo antiguo. A lo largo de su vida, este ingeniero y matemático helenístico, que trabajó en el Musaeum, el museo anexo a la Biblioteca de Alejandría, llegó a idear tales inventos ‒una colección de unos 80 aparatos mecánicos que funcionan con aire, vapor o presión hidráulica‒ que es difícil creer que viviera en el siglo I d. C.

   Uno de sus inventos más famosos fue la primera máquina de vapor, conocida como eolípila. Basado en una idea de Vitruvius, La eolípila consistía en una esfera hueca llena de agua a la que se adaptaban dos tubos curvos. El mecanismo tenía debajo un caldero con llamas, de forma que cuando el agua de la esfera llegaba a hervir los tubos expulsaban el vapor, haciendo girar el conjunto a gran velocidad. Herón demostró que su modelo podía tener aplicaciones prácticas y diseñó una versión que servía de puertas automáticas para templos. Como se ve en este vídeo, para ponerlo en marcha el sacerdote encendía un fuego en el altar, el aire se calentaba dentro del mecanismo y se expandía. Esta expansión obligaba al agua a salir de la esfera y a pasar al cubo, lo que producía un movimiento hacia abajo por el peso extra. Este cubo estaba conectado a una cuerda enrollada alrededor de un eje de forma que al moverse hacia abajo el eje gira y las puertas se abren. Este invento hizo que Herón fuera conocido como El Mago.

La eolípila, la primera máquina de vapor

La eolípila, la primera máquina de vapor

   Herón también inventó la primera máquina expendedora del mundo. El dispositivo, pensado para dispensar agua bendita, se ponía en funcionamiento cuando un devoto introducía una moneda por una ranura. Esta cae sobre una bandeja que está conectada a una palanca. Cuando la palanca se acciona se abre una válvula que deja correr el agua y la bandeja continúa inclinándose por el peso de la moneda hasta que esta cae y se cierra la válvula. Listo para el siguiente devoto.

   Aunque quizá sorprenda más saber que Herón ideó los primeros autómatas autorregulados, capaces de tomar decisiones basadas en su diseño, sin necesidad de que fueran supervisadas por un ser humano. Algo así como los antepasados de los robots programables. Un primer prototipo era el carro programable, que se impulsaba por un peso que caía a partir de varias cuerdas envueltas alrededor del eje motriz. El movimiento se podía controlar dependiendo de cómo se enrollara la cuerda, permitiendo que el carro cambie de dirección dependiendo de cómo se haya programado. El culmen de este concepto fue su teatro de marionetas, desarrollado a partir de las ideas de Filón de Bizancio. El mecanismo permitía que sobre el escenario se desarrollara de forma automática una historia de diez minutos de duración con pequeños muñecos de seres humanos, dioses, barcos, delfines y hasta efectos de sonido y llamas.

Bomba para apagar incendios

Bomba para apagar incendios

   Estos son solo algunos de los inventos de Herón. También habría que sumarle, entre otros, una bomba para apagar incendios, un cuenco de vino que se llenaba solo ‒con un mecanismo parecido al de nuestras cisternas de baño‒ o una jeringa que es el antecedente de nuestras modernas jeringuillas. Por no hablar de sus aportaciones en matemáticas y en geometría. En el campo de la geodesia trató los problemas de las mediciones terrestres con mucho más acierto que cualquier otro de su época.

   Por desgracia, aunque muchos de sus trabajos se han preservado a través de manuscritos árabes, lo que ha permitido reconstruirlos, gran parte de sus escritos y diseños originales se han terminado perdiendo. Ahora bien, lo que queda, poco o mucho, es suficiente para hacer replantearnos lo que presuponemos sobre los conocimientos que se tenían en la Antigüedad y el avance tecnológico hasta el que se consiguió llegar.

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