Caricatura de Gabriel García Márquez

Caricatura de Gabriel García Márquez

   Gabriel García Márquez, uno de los más grandes escritores del siglo XX, para muchos el más grande de los que quedaban con vida, ha muerto. Todos los medios ‒Internet, televisiones y prensa‒ se han volcado en la noticia protagonizada por el que fuera Premio Nobel de Literatura en 1982. Por todas partes proliferan sentidos homenajes, semblanzas, análisis de sus ciertos y logros, cronologías, valoraciones del escritor en todas sus facetas, etc. Por eso, en lugar de repetir lo que otros sabrán decir infinitamente mejor, he preferido acercarme a algunos aspectos menos conocidos del escritor colombiano. A poco que se profundice en García Márquez uno se da cuenta de que, además de un grandísimo escritor, fue todo un personaje. He aquí 11 curiosidades que quizá no sabías de él.

   Antes de ser escritor dirigió un cortometraje surrealista. La relación de García Márquez con el cine ha sido siempre muy intensa. Aunque oficialmente nunca ha dirigido una película, sí llegó a estudiar cine en el Centro Sperimentale Di Cinematogradia di Roma y ejerció como guionista ‒por ejemplo en El gallo de oro, escrita junto a Carlos Fuentes y Roberto Gavaldón‒. Sin embargo, en 1954, un año antes de publicar su primera novela, García Márquez dirigió un cortometraje surrealista titulado La langosta azul, filmado en Barranquilla en colaboración con el pintor Enrique Grau, el escritor Álvaro Cepeda Samudio y el fotógrafo Nereo López.

   Tuvo un fugaz encuentro con Ernest Hemingway. Se encontraron una lluviosa mañana de primavera de 1957, mientras el escritor norteamericano paseaba con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París. García Márquez, que en ese momento tenía 28 años y solo había publicado una novela ‒La hojarasca‒, sentía una profunda admiración por Hemingway, pero como no estaba seguro de que la conversación fuera a resultar fluida por el idioma prefirió no estropear el momento y se limitó a gritarle desde la acera de enfrente un «Maestro», a lo que Hemingway respondió con un «Adiós, amigo».

   Tenía miedo a los aviones. «La vida me enseñó que el verdadero temeroso del avión no es el que se niega a volar, sino el que aprende a volar con miedo», escribió en una ocasión. Esta fobia no le ha impedido tomar aviones a lo largo de los años, pero el escritor ha tenido que usar algunos trucos para superar ese miedo. Por ejemplo, tiene toda una lista de canciones para volar en función de la ruta, la duración del viaje y la clase en la que vuele. Otra de sus fórmulas la tomó prestada del también aerofóbico Luis Buñuel: tomarse un Martini seco antes de salir de casa, otro en el aeropuerto y uno más antes de despegar. El mismo método que siguió Ray Bradbury cuando voló por primera vez a los 62 años.

   No tenía dinero suficiente para mandar por correo los originales de Cien años de soledad. A principios de agosto de 1966 García Márquez y su esposa trataron de enviar el manuscrito de la Ciudad de México a Buenos Aires, dirigido a Francisco Porrúa, director de la editorial Sudamericana. Como no les llegaba el dinero dividieron el manuscrito por la mitad y enviaron solo una parte, esperando reunir más dinero para mandar la segunda parte. Sin embargo, un despiste hizo que enviaran la parte final de la novela en lugar de la primera parte. Para conseguir el dinero restante tuvieron que empeñar el calentador del estudio y una batidora. El primer lector de ese manuscrito, el original, fue Alvaro Mutis. Cuando García Márquez recibió el primer ejemplar del libro impreso destruyó el manuscrito que tenía en su poder, según dijo «para que nadie pudiera descubrir los trucos de mi carpintería secreta».

   Su relación con algunos de sus personajes fue muy intensa. A lo largo de sus novelas y cuentos ha conseguido crear algunos de los personajes más inolvidables de la literatura. Uno de ellos fue Aureliano Buendía, inspirado en la figura del militar y político colombiano Rafael Uribe Uribe, quien, como el héroe literario, «perdió todas la batallas que emprendió». Es el personaje con quien Gabo se sentía más identificado y el más citado en sus obras ‒aparece en La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba, La mala hora y en Crónica de una muerte anunciada‒. En una entrevista García Márquez admitió que fue el personaje al que más le costó dar muerte. Mientras escribía ese episodio pasó varias semanas de mal humor, encerrado en su estudio, solo salía para comer. Un día salió de su estudio y le dijo a su mujer «ya lo maté», y estuvo llorando durante horas.

   Pensaba que moriría después de recibir el Premio Nobel de Literatura. Siete años era para García Márquez la media de duración después de la entrega del Nobel. Siete años más después del galardón vivieron Ernest Hemingway, Miguel Ángel Asturias, John Steinbeck o Eugenio Montale. Otros como Luigi Pirandello, Juan Ramón Jiménez, Pablo Neruda o Albert Camus no pasaron de dos. García Márquez recibió el premio a los 55 años y tenía miedo de morir después de recibirlo. De cualquier modo, fue el Premio Nobel de Literatura más joven desde que la Academia otorgara el galardón a Albert Camus.

   Se le ocurrió un título para un cuento pero le pareció tan bueno que no se atrevió a escribirlo. El título en cuestión era, según García Márquez le dijo a su amigo el también escritor Alvaro Cepeda Sumudio, «El ahogado que nos traía caracoles». Según el colombiano, «la imagen del hombre inmenso y empapado que debía de llegar en la noche con un puñado de caracoles para los niños se quedó para siempre en el desván de los cuentos sin escribir». Tampoco escribió un cuento sobre un hombre que descomponía máquinas, aunque en este caso hizo muchas versiones antes de descartarlo. Al final se convenció de que era un cuento muy malo.

   Uno de sus talismanes favoritos eran las flores amarillas. «Mientras haya flores amarillas nada malo puede ocurrirme», dijo en una ocasión. De hecho, no podía escribir sin tener un ramo de flores amarilla sobre la mesa de su escritorio. Cuando José Arcadio Buendía fallece en Cien años de soledad García Márquez describe el momento diciendo que «vieron a través de la ventana que estaba cayendo una llovizna de minúsculas flores amarillas. Cayeron toda la noche sobre el pueblo en una tormenta silenciosa, y cubrieron los techos y atascaron las puertas […] Tantas flores cayeron del cielo, que las calles amanecieron tapizadas de una colcha compacta, y tuvieron que despejarlas con palas y rastrillos para que pudiera pasar el entierro». Es por eso que esta flor siempre quedará unida al escritor.

   Se dice que nunca utiliza adverbios acabados en ‒mente. Esto solo es cierto a medias. Es verdad que en una entrevista afirmó que le parecen «feos, largos y fáciles, y casi siempre que se eluden se encuentran formas bellas y originales», y también es cierto que en sus últimas novelas los ha evitado, pero no es verdad que no haya adverbios acabados en ‒mente en ninguna de sus obras. Basta con leer unas cuantas páginas de Cien años de soledad para comprobar que hay tantos adverbios acabados en ‒mente como en cualquier otro escritor. Más tarde renegaría de ellos, aunque paradójicamente también afirmó: «Simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros».

   Ha muerto el mismo día que uno de sus personajes. Concretamente Úrsula Iguarán, prima y esposa de José Arcadio Buendía en Cien años de soledad. Así es como el escritor describe el momento de su muerte en la novela: «Amaneció muerta el Jueves Santo. La última vez que le habían ayudado a sacar la cuenta de su edad, por los tiempos de la compañía bananera, la había calculado entre los ciento quince y los ciento veintidós años».

   Describió su propia muerte en la década de los 70, cuando vivía en Barcelona. Fue a propósito de un sueño y lo dejó escrito en el prólogo de Doce cuentos peregrinos. Dice García Márquez: «Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos dichosos de estar juntos. Y yo más que nadie, por aquella grata oportunidad que me daba la muerte para estar con mis amigos de América Latina, los más antiguos, los más queridos, los que no veía desde hacía más tiempo. Al final de la ceremonia, cuando empezaron a irse, yo intenté acompañarlos, pero uno de ellos me hizo ver con una severidad terminante que para mí se había acabado la fiesta. “Eres el único que no puede irse” me dijo. Sólo entonces comprendí que morir es no estar nunca más con los amigos».

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