Platos ficticios

Platos ficticios

   Hace algunos meses comentaba el proyecto de la fotógrafa y diseñadora gráfica Dinah Fried en el que recreaba las comidas de 10 personajes de obras literarias clásicas y contemporáneas y nos las muestra sentándonos a la mesa como si fuéramos nosotros mismos esos personajes. El trabajo comenzó con una serie de cinco fotografías que hizo cuando era estudiante en la Escuela de Diseño de Rhode Island ‒El guardián entre el centeno, Moby Dick, Alicia en el País de las Maravillas, Oliver Twist y Los hombres que no amaban a las mujeres‒ y poco a poco le fue cogiendo el gusto a eso de fotografiar comida y fue aumentando la serie.

   Pues bien, después de reunir 50 reinterpretaciones fotográficas culinarias Fried ha conseguido publicarlas en la editorial HarperCollins en un apetitoso libro titulado Platos ficticios. En las páginas pares encontraremos la fotografía con la comida mientras que en las páginas impares se encuentra el texto que inspiró a Fried para diseñar el montaje. El libro cuenta además con algunas anécdotas sobre los autores, sus obras y sus predilecciones culinarias.

   Lo que más sorprende de las fotografías de Fried es su capacidad para captar la esencia de una obra literaria a través de su comida, sobre todo teniendo en cuenta que en ocasiones la información que ofrece la propia obra es mínima o está muy dispersa. A lo largo de sus páginas podremos recrearnos con comidas que van desde la alocada fiesta del té de Alicia en el País de las Maravillas hasta la papilla aguada de Oliver Twist, pasando por la ensalada de aguacate y cangrejo de La campana de cristal, las pastas de En busca del tiempo perdido, el sándwich de queso de Holden Caulfield o el perrito caliente de La conjura de los necios. Sin palabras ante la comida de La metamorfosis de Kafka.

   Una de las comidas que más trabajo le costó recrear fue la del Ulises de Joyce. Y es que el texto en el que se basó dice: «El señor Leopold Bloom comía con deleite los órganos interiores de bestias y aves. Le gustaba la sopa espesa de menudillos, las mollejas, de sabor a nuez, el corazón relleno asado, las tajadas de hígado rebozadas con migas de corteza, las huevas de bacalao fritas. Sobre todo, le gustaban los riñones de cordero a la parrilla, que daban a su paladar un sutil sabor de orina levemente olorosa». Fried dice que en lugar de utilizar riñones de cordero lo usó de cerdo y que preparando el plato se le revolvió el estómago.

   Vuelvo a recoger las comidas literarias que mostraba en su día y le añado algunas más. Si eres un lector que disfruta con la comida no tengo duda de que este libro te hará la boca agua.

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