Joseph Bell

Joseph Bell

   En 1887 Arthur Conan Doyle publicó Estudio en escarlata, la primera novela protagonizada por Sherlock Holmes y el Dr. Watson. Ni ese primer libro ni el siguiente, El signo de los cuatro, llamaron especialmente la atención del público, pero a partir de 1891 el detective comienza a ganar popularidad con mucha rapidez. La mezcla de brillantez y de excentricidad hacía que el personaje fuera tremendamente carismático para los lectores. Sin embargo, ¿fue el ingenioso detective un producto original, nacido por completo de la imaginación de Conan Doyle, o, por el contrario, se basó en alguien real? Por lo que respecta al nombre se cree que lo ideó uniendo el de su colega el médico Oliver Wendell Holmes y el de Sherlock Alfred, un virtuoso del violín por el que Doyle sentía admiración, pero ¿qué hay del personaje en sí?

   En primer lugar, en su época de estudiante de medicina en la Universidad de Edimburgo Doyle se vio deslumbrado por la personalidad de uno de sus profesores, el doctor Joseph Bell, cuyas habilidades deductivas solía poner en práctica con sus pacientes, no solo para averiguar sus enfermedades sino incluso para sacar conclusiones sobre sus oficios y personalidades. Durante su segundo año Bell llegó a tomar a Doyle como su ayudante, lo que implicaba hacer anotaciones sobre los pacientes. De esta manera Dolye se convirtió en el Dr. Watson de Bell. En una entrevista el propio Doyle admitió que Sherlock Holmes era «la encarnación literaria, si se me permite expresarlo así, del recuerdo de un profesor de medicina de la Universidad de Edimburgo». Y en una carta a Bell escribió: «Está claro que a usted le debo Sherlock Holmes».

Henry Littlejohn

Henry Littlejohn

  Pero Bell no fue su única inspiración. Parte de la personalidad de Sherlock Holmes está también basada en un conocido médico forense de Edimburgo llamado Henry Littlejohn. Debido a su profesión, Littlejohn participó en las investigaciones de todos los accidentes, muertes trágicas y asesinatos del Edimburgo de la época, justo en el momento en que Doyle empezó a concebir a Sherlock Holmes. Mientras Doyle se encontraba escribiendo El problema final, en 1893, Littlejohn testificó en un famoso juicio en el que aportó una serie de pruebas ‒la posición y el tipo de herida o las marcas de quemadura de la bala‒ que demostraban que se trataba de un asesinato.

   Una última inspiración para el personaje de Sherlock Holmes podría ser el propio Conan Doyle. En una carta Bell le comentaba: «Tú mismo eres Sherlock Holmes y bien lo sabes». Doyle ejerció, al menos en dos ocasiones, sus dotes detectivescas y realizó una serie de pesquisas que demostraron la inocencia de los acusados. Aquí lo explico con más detalle.

Simon Newcomb

Simon Newcomb

   Pero si Conan Doyle consiguió con Sherlock Holmes crear una de las mentes más brillantes de la literatura en 1893 volvería a conseguirlo, aunque esta vez con un genio del mal, el profesor Moriarty, némesis de Holmes, o como Doyle lo llamaría en El problema final, el «Napoleón del crimen». ¿Ocurriría también con este personaje lo mismo que con Sherlock Holmes y Doyle se basaría, por lo menos parcialmente, en alguien real para crearlo? También en el caso del profesor Moriarty Doyle pudo manejar varias fuentes.

   Por una parte, hay que empezar diciendo que, como advierte el doctor Watson en El valle del miedo, Moriarty es un eminente matemático, un apreciado profesor universitario y un miembro respetado de la sociedad. La persona que más parece acercarse a ese perfil es el profesor Simon Newcomb. Ambos, personaje literario e histórico, fueron profesores universitarios de matemáticas y escribieron siendo muy jóvenes tratados sobre el teorema del binomio. Newcomb se interesó además por la astronomía, que era un tema que también apasionaba a Doyle. No hay constancia de que se conocieran en persona, pero ambos pertenecían a la Royal Astronomical Society, por lo que es muy probable que coincidieran en algún momento.

Adam Worth

Adam Worth

   Por otra parte, al hablar del profesor Moriarty es imposible no mencionar a Adam Worth, a quien Robert Anderson, agente de Scotland Yard, apodó no por casualidad como el «Napoleón del crimen». Worth empezó su carrera delictiva como carterista en Nueva York y con el tiempo llegó a fundar su propia banda de carteristas y fue organizando robos y atracos cada vez mayores. Más tarde se traslada a Londres, donde, después de organizar una red criminal, consigue hacer fortuna y se hace miembro de la alta sociedad. Durante muchos años Scotland Yard le sigue la pista sin poder demostrar nada y el inspector John Shore convirtió la captura de Worth en una misión personal. Uno de sus más grandes robos fue el robó de un cuadro, Georgiana, duquesa de Devonshire de Thomas Gainsborough, de la londinense galería Thomas Agnew & Sons. Gracias a sus delitos Worth llegó a amasar una pequeña fortuna hasta que en 1892 fue apresado y encarcelado en Bélgica. En 1897 fue puesto en libertad por su buen comportamiento y regresó a Londres, donde vivió hasta su muerte. Como puede verse, los paralelismos con el profesor Moriarty son más que evidentes.

   Lo más probable es que al crear sus personajes Doyle no estuviera pensando en ninguna persona en concreto y que fuera tomando distintos elementos según le interesaban, uniéndolos y recreándolos con absoluta libertad. De esta manera consiguió crear a dos de los personajes más inolvidables de la literatura.

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